El otro o el ombligo
El domingo 25 de mayo de 2014 será recordado como el día en que los santafesinos tuvimos dos imágenes contrapuestas de lo que es la política, y sus distintos usos en oportunidad de una conmemoración. La asunción de los problemas y la exposición del drama por un lado; y la fiesta bullanguera y la soberbia, por el otro. Por Coni Cherep
Costaba aceptar que estuviera ocurriendo lo que ocurría: el gobernador Bonfatti eligió como telón de fondo del protocolar izamiento de la bandera patria a las decenas de familias que sufrieron la pérdida de su familiares en hechos de violencia en Santa Fe.
Costaba creerlo porque tres semanas atrás, estos mismos grupos, alentados por pícaros dirigentes de la oposición, se habían violentado en la puerta de la Legislatura, mientras el gobernador intentaba ingresar para dar su discurso de apertura a las sesiones ordinarias.
La “infiltración” de algunos dirigentes “peronistas” había quedado clara con la confesión de algunos de los genuinos reclamantes; pero también por la obviedad de las pancartas escritas en la contracara de algunos afiches electorales de Jorge Obeid.
De aquella imagen de violencia inusitada en la Santa Fe post Vallas, a esta con los familiares y sus reclamos expuestos como centrales en la celebración del dia de la Patria, había muchas diferencias.
En el discurso del gobernador, fue prioritario el tema de la seguridad. En reiteradas ocasiones se refirió al tema que imponían las pancartas. Reclamó el compromiso de todos los actores para recuperar la paz social, y sobre todo, agradeció a los familiares por “poner sobre la mesa, los verdaderos problemas que sufrimos los santafesinos”. Bonfatti, una vez más, como en el discurso del 1º de Mayo, asumió el tema de la inseguridad y el narcotráfico, como los principales temas que adeuda su gestión a la sociedad, y reclamó la colaboración de todos los sectores para solucionarlo.“Cada tiempo tiene sus desafíos y hoy el desafío primario es recuperar la convivencia social”, dijo el mandatario.
Monseñor José María Arancedo le entregó al gobernador el documento de la Mesa de Diálogo, con más de 30 mil firmas, y el propio Bonfatti, escuchó y aceptó de boca del Arzobispo, el reclamo de mayor compromiso de la dirigencia, para combatir el flagelo.
En la Plaza de Mayo de la capital provincial, hubo algunos gritos desgarradores, hubo reclamos altisonantes; pero sobre todas las cosas, hubo un escalofriante respeto a las victimas por parte de los dirigentes y de las victimas, hacia ellos.
La otra cara fue la Plaza de Mayo de Buenos Aires, un rato más tarde.
Una multitud calculada dependiendo el medio que lo informaba, entre 100 y 300 mil personas, coparon la histórica plaza de la Revolución de 1810, y escucharon el discurso de la Presidenta.
Antes de compartir la tarde con la multitud, la presidenta, a diferencia de otros tiempos, y fundamentalmente inspirada en la figura del ahora indiscutible Francisco, asistió al Tedeum que ofreció el Primado de la Catedral Metropolitana. Escuchó sin gesticular, un reclamo de diálogo y unidad desde el púlpito, y se retiró acompañada por la nueva ministra de Cultura, Teresa Parodi.
Después vino el discurso y los conciertos de decenas de prestigiosos músicos nacionales.
Un público eufórico, en el que resaltaban las banderas de los múltiples precandidatos oficialistas a sucederla y sobre todo las notorias y los omnipresentes “trapos” de la Cámpora, aplaudían sin permitirse el silencio ni la reflexión.
“Si la tocan a Cristina, que quilombo se va a armar” cantaban los “chicos”, en el intermedio de cada frase improvisada por la presidenta. Desde la comparación de Néstor con los revolucionarios de 1810, pasando por su propia comparación con Jesucristo (“En esa cena de Pascua, Jesucristo decidió apartarse de ritos ancestrales, de ritos que llevaban miles de años para festejar las Pascuas y decide lavarle los pies a sus discípulos para expresar la vocación de servicio, la vocación de humildad, la necesidad de servir a los excluidos, a los pobres y a los que menos tienen. Se atrevió a cambiar las reglas preestablecidas y eso es lo que nosotros hemos hecho en estos años“), finalizando con una relativización de los valores de la unidad nacional , advirtiendo que “no la quiero, si es para volver hacia atrás”.
Todos aplaudían, todos. Incluyendo al vicepresidente Amado Boudou, que ostentó su condición de protegido, sentado en las primeras filas del palco oficial.
Nada dijo de la inseguridad. Nada de los agudos problemas económicos que sufre la inmensa mayoría de los argentinos a causa de las intermitentes y confusas medidas que impone casi a diario el cada día menos comprensible, Axel Kicillof.
Nada de las dificultades que atravesamos. Ninguna referencia a las víctimas de la violencia, nada del narcotráfico, nada de las deudas que su gobierno tiene con la pobreza y la marginalidad que lejos de achicarse, se agrandan cada día un poco más.
Eso sí, y no deja de ser un mérito, pidió disculpas por su estilo. No es normal que Cristina pida disculpas por nada. Algo del reclamo en la Catedral, pareció filtrarse en su oratoria.
Despúes los granaderos cantando rap, los prestigioso músicos que se suben al escenario a alabar la gestión (hubo menos gestos explícitos que en otras oportunidades) y la fiesta de fuegos artificiales y proyecciones en los edificios públicos que se han vuelto un clásico en cada festejo patrio/partidario.
Dos imágenes. Dos maneras de afrontar la realidad. Dos formas diferentes de concebir la función pública. Desde lo que refleja el otro, o lo que nos ofrece el ombligo.
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