EL PADRE IGNACIO CELEBRÓ 25 AÑOS RODEADO DEL AFECTO DE MILES DE FIELES
El poder de convocatoria del padre Ignacio Peries volvió a mostrarse ayer, al celebrar sus bodas de plata como sacerdote. Los 25 años que el cura cumplió desde su ordenación casi coinciden con el tiempo que lleva ya en Rosario, un destino al que arribó por poco tiempo con 29 años, pero donde ya se ha transformado en una de las figuras religiosas con mayor carisma de su historia. Más bien callado, poco proclive a los pronunciamientos políticos, pero a gusto frente a las cámaras, el padre Ignacio tuvo su verdadera fiesta al celebrar una misa en plena calle y a pocas cuadras de su parroquia Natividad del Señor, en barrio Rucci. Cerca de cuatro mil personas se concentraron ante un escenario convertido en altar para vivar y aplaudir al sacerdote, que no paró de agradecer al Cielo, a sus fieles y los rosarinos en general. La ceremonia tuvo un clima muy afectivo y a su término, por supuesto, no faltaron los asaltos al cura para que impartiera su ansiada bendición.
Eran apenas las 10 cuando por las ocho cuadras del barrio que separaban la parroquia del escenario empezó a avanzar una nutrida columna en procesión. Al frente, de brazos cruzados, iba el padre Ignacio, flanqueado por sus colaboradores y la emblemática imagen del Cristo en madera. Un poco más atrás, la Virgen marcaba otro hito de fe en la marcha.
Estratégicos altoparlantes por el barrio permitían seguir el rezo del rosario e ir sumando fieles a medida que la procesión avanzaba. Entre la multitud intentaban ganarse unos pesos los vendedores ambulantes. Turcas, chipá, estampitas, rosarios, bidones para agua bendita, bijouterie, sahumerios, mates: la misma mercadería heterodoxa que suele encontrarse en cualquier peregrinación.
La ilusión de conseguir buen lugar para la misa aceleró el paso y la columna llegó a la esquina de Kennedy y el Camino de los Granaderos antes de lo previsto. Allí, un alto escenario transformado en altar mostraba que se esperaba gran cantidad de público. No era para menos, en el último vía crucis de Semana Santa se congregaron unos 150 mil fieles. Esta vez, sin embargo, no fueron tantos: los cálculos rondaron entre las 4 mil y 5 mil personas, pero el calor popular hacia la figura del cura pareció multiplicar ese número.
Palabras agradecidas
Con un fuerte dispositivo de seguridad (policial y de la Guardia Urbana sobre todo) y la tradicional valla humana que se organiza desde la parroquia, el padre Ignacio llegó finalmente al escenario, donde vistió una casulla verde y dorada para la ceremonia. A las 11, escoltado por monaguillos, seminaristas y diáconos, empezó la misa y las primeras palabras del cura fueron de agradecimiento por acompañarlo en su día.
En su homilía, delante del altar, Ignacio volvió a dar gracias a Dios por haberle dado la vocación sacerdotal y poder “hacer felices a muchas almas”. También exhortó a despreocuparse por el futuro. “El mañana no está en manos de los seres humanos, sino en las de Dios”, afirmó.
El tema de sus propias manos fue otra reflexión: recordó que su primer trabajo en el seminario consistió en lavar baños, con las mismas manos que después usaría para “transmitir esperanza a los enfermos”, en clara alusión al don o carisma de la sanación que sus fieles le atribuyen como intercesor ante Dios.
Cada tramo de la ceremonia fue planeado: una suelta de globos, las ofrendas (entre ellas, un vuelo de palomas), la música, los cantos, la eucaristía acercada a la multitud. Al final llegó la lectura de telegramas al padre Ignacio (por ejemplo, del arzobispo Eduardo Mirás, que estuvo ausente) y la entrega de regalos, entre ellos una placa del intendente Miguel Lifschitz y otra del jefe de la Unidad Regional II de la policía, José Maldonado. La gente lo despidió agitando sus pañuelos, mientras el coro entonó un clásico: “Color Esperanza”.
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