EL PAPA BEATIFICÓ A LA MADRE TERESA
Al límite de sus fuerzas y ante 300.000 personas de todos los continentes, Juan Pablo II beatificó ayer a la Madre Teresa de Calcuta, a quien definió como “una mujer pequeñita enamorada de Dios”.
Por primera vez, el Papa no leyó ni un renglón de la homilía, lo que aumentó la preocupación por su estado de salud y la incertidumbre por el futuro, en el cual la palabra dimisión ya no es considerada un tabú.
Inmóvil y encorvado en su trono-silla de ruedas, el Pontífice, de 83 años, quiso que las celebraciones por sus 25 años de pontificado culminaran con la beatificación de la Madre Teresa. Así, otra vez hizo un esfuerzo titánico y con voz temblorosa recitó en latín las partes esenciales de la misa solemne, que duró dos horas y media y que por primera vez contó con una audiencia increíblemente internacional. Un reflejo de la atracción que suscita la figura de la denominada “santa de los pobres”.
Entre el mar de gente que llenaba no sólo la Plaza de San Pedro, sino también la via della Conciliazione, hasta el río Tíber, se destacaban banderas de todos los países del planeta: muchas de la India, de Albania (país de origen de la Madre Teresa), de México, Corea del Sur, Sierra Leona, Estados Unidos, el Líbano e incluso Vietnam, y por supuesto también muchas de la Argentina.
No extrañó entonces que la beatificación de una figura tan internacional -considerada santa en vida- se caracterizara por contar en la primera fila con 3000 pobres; por centenares de monjas con sari blanco con el borde celeste; por ser multilingüe, muy colorida, casi exótica, con música, trajes, danzas y ritos hindúes bellísimos, que conmovieron a la multitud. Además, por contar con la asistencia de musulmanes e hindúes, y de todos los cardenales del mundo, que mañana participarán en el noveno consistorio de Juan Pablo II, que creará 30 nuevos purpurados.
“Estoy personalmente agradecido a esta mujer, que siempre sentí cerca mío”, dijo el Papa en su homilía, leída por el arzobispo argentino Leonardo Sandri. “Icono del buen samaritano, ella iba a cualquier parte para servir a Cristo en los más pobres entre los pobres”, agregó.
En tiempo récord
Para explicar los aspectos esenciales de la nueva beata, la número 1315 de Karol Wojtyla, que fue elevada al honor de los altares en tiempo récord, el sermón recordó: “Contemplación y acción, evangelización y promoción humana: Madre Teresa proclama el Evangelio con su vida entera donada a los pobres, pero, al mismo tiempo, envuelta por la oración”.
La parte más sugestiva de la celebración fue cuando un grupo de mujeres indias, vestidas con saris verdes y naranjas, con música tamil de fondo, danzaron el Arati, un rito litúrgico en el que esparcían pétalos desde bandejas en las que se quemaba incienso.
A la hora de la comunión, cientos de sacerdotes abrieron paraguas blancos para que los fieles que quisieran tomarla pudieran ubicarlos, algo que se transformó en una escenografía espectacular vista desde lo alto, desde el Braccio di Carlomagno, la privilegiada posición de los periodistas.
Terminada la misa, durante el Angelus, el Papa habló en varios idiomas a la multitud, que más tarde lo aclamó cuando recorrió la Plaza en su jeep blanco, levantando el brazo para saludar.
“Ella me enseñó a vivir una vida simple”, dijo a LA NACION, emocionado, Asim Akbard, el médico personal de Madre Teresa desde 1989 hasta 1997, el año de su muerte, y que viajó especialmente desde Calcuta para la beatificación. “Era una paciente muy obediente, pero con carácter, como Juan Pablo II”, agregó este hombre, de religión hindú. Su mujer, Saba, también médica, que dijo considerarse “una hija” de la monja albanesa, porque le cambió completamente la vida, explicó que para los hindúes, que tienen otro concepto de la divinidad, la Madre Teresa siempre fue una santa.
“Me enseñó que con el amor se pueden hacer muchas cosas, me enseñó cómo rezar desde lo profundo del corazón y a sentir la felicidad de la oración”, afirmó, con lágrimas en los ojos.
Al final de un día muy emotivo, con el rostro rígido y cansado, el Papa se asomó a la ventana de su estudio para ver los espectaculares fuegos artificiales lanzados desde la colina del Gianicolo, que le regaló la comuna por su jubileo de plata. El espectáculo pirotécnico volvió a convocar a mucha gente en la Plaza de San Pedro. Vivado, el Pontífice tuvo fuerzas para agradecer y para decir: “Buenas noches a todos”.
Este contenido no está abierto a comentarios

