El papa Francisco llama a la Iglesia italiana a no obsesionarse por el poder
En medio del nuevo escándalo de Vatielaks, el pontífice habló ante el Congreso Nacional Eclesial en Florencia y llamó a una renovación.
“Que Dios proteja a la Iglesia italiana del poder, de la imagen y del dinero. La pobreza evangélica es creativa, acoje, sostiene y es rica de esperanza”.
En medio del escándalo Vatielaks 2 y de sus revelaciones de despilfarros y gastos exhorbitantes de la alta jerarquía eclesiástica, el papa Francisco condenó hoy con fuerza “la obsesión del poder” y llamó a una renovación, teniendo presente la opción preferencial por los pobres, implícita en el Evangelio de Jesús.
Lo hizo desde la catedral de Santa María del Fiore de Florencia, ciudad a la que viajó en visita pastoral, en un discurso muy duro y largo -49 minutos, diez carillas-, interrumpido por aplausos, ante más de 2500 personas, obispos y delegados de la Conferencia Episcopal Italiana de 22 diócesis italianas, reunidos en el V Congreso Nacional Eclesial. Se trata de una cita clave para la Iglesia italiana, en la que el Papa suele dar indicaciones para el futuro, este año convocada bajo el tema “en Jesús el nuevo humanismo”.
Hablando bajo la espectacular cúpula de Brunelleschi y de sus frescos del “Ecce Homo”, Francisco recomendó tres actitudes: humildad, desinterés, bienaventuranzas. Y fustigó “la obsesión de preservar la propia gloria, la propia dignidad, la propia influencia”. Si bien fue un discurso programático, dirigido especialmente a la Iglesia italiana, también representó un mensaje claro para todo el mundo, ya que reiteró su visión de Iglesia atenta a los últimos y alejada del poder, que debe reformarse.
“Evitemos, por favor, encerrarnos en estructuras que nos dan una falsa protección, en las normas que nos transforman en jueces implacables, en las comodidades en las que nos sentimos tranquilos. Nuestro deber es trabajar para hacer este mundo un lugar mejor y luchar. Nuestra fe es revolucionaria por un impulso que viene del Espíritu Santo. Debemos seguir este impulso para salir de nosotros mismos”, dijo, citando varias veces la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, la Alegría del Evangelio, el documento programático de su pontificado.
Al reiterar la importancia de la humildad, el desinterés y las bienaventuranzas, Francisco explicó que estas actitudes “nos dicen que no debemos estar obsesionados por el poder, aún cuando éste toma el rostro de un poder útil y funcional a la imagen social de la Iglesia”. “Si la Iglesia no asume los sentimientos de Jesús, se desorienta, pierde el sentido. Si los asume, en cambio, sabe estar a la altura de su misión. Los sentimientos de Jesús nos dicen que una Iglesia que piensa en sí misma y en sus propios intereses sería triste”, disparó. “Ya lo dije, prefiero una Iglesia accidentada, herida, sucia por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias comodidades”, agregó, desatando aplausos en el “duomo” de Florencia, ciudad cuna del Renacimiento, que queda a 300 kilómetros al norte de Roma.
El ex arzobispo de Buenos Aires advirtió de dos tentaciones que pueden obstaculizar el camino de renovación. “No quince como la curia”, agregó, bromeando, al aludir al discurso que hizo a fin del año pasado, cuando reconoció quince enfermedades en la administración central del poder del Vaticano.
La primera tentación es el pelagianismo, que “a menudo nos lleva a asumir un estilo de control, dureza, normatividad”. “Ante los males y problemas de la Iglesia, es inútil buscar soluciones en conservadurismos y fundamentalismos, en la restauración de conductas y formas superadas que ni siquiera culturalmente tienen capacidad de ser signficativas”, indicó.
“La doctrina cristiana no es un sistema cerrado, incapaz de generar preguntas, dudas, interrogativos, sino que es viva, sabe inquietar, animar. La doctrina cristiana tiene un rostro no rígido, tiene un cuerpo que se mueve y se desarrolla, tiene carne tierna. La doctrina cristiana se llama Jesúcristo”, sentenció.
Tras recordar que la Iglesia es “semper reformanda” (siempre debe reformarse) y que “todo será posible con genio y creatividad”, llamó a la Iglesia italiana a dejarse llevar por el espíritu de sus grandes exploradores “que sobre las naves fueron apasionados de la navegación en mar abierto, sin asustarse de las fronteras y tempestades”. “Que sea una Iglesia libre y abierta a los desafíos del presente, nunca a la defensiva por temor de perder algo”, pidió.
La segunda tentación que identificó es la del “gnosticismo”: “no poner en práctica, no conducir la Palabra a la realidad, significa construir sobre la arena, quedarse en la pura idea y degenerar en intimismos que no dan fruto, que hacen estéril su dinamismo”.
Tras llamar a seguir el ejemplo de grandes santos italianos, desde San Francisco de Asís a Felipe Neri, también recordó a don Camilo del cuento de Guareschi, un párroco cercano a la gente. “Cercanía a la gente y oración son la clave de un humanismo popular, humilde, generoso y alegre. Si perdemos el contacto con el pueblo fiel de Dios, perdemos la humanidad, no vamos a ninguna parte”, subrayó.
“Pero entonces ¿qué debemos hacer? Dirán ustedes. ¿Qué nos está pidiendo el Papa? Les toca a ustedes decidir: pueblo y pastores juntos”, desafíó, al concluir destacando la sinodalidad, el caminar juntos, de la que también habló en el último sínodo de la familia.
“A los obispos, les pido que sean pastores, nadá más que eso, pastores”, recomendó, al reclamar asimismo que “como pastores, no sean predicadores de complejas doctrinas, sino anunciadores de Cristo”. “Apunten a lo esencial”, insistió. También recomendó, finalmente, la urgencia de dialogar, de ir al encuentro, “que es buscar el bien común de todos”. “Dialogar no es negociar. Negociar es tratar de sacar la propia tajada de la torta común”, precisó.
“No debemos tener miedo del diálogo. Es más, es justamente la confrontación y la crítica que nos ayuda a preservar la teología de transformarse en ideología. Recuerden, además, que el modo mejor para dialogar no es el de hablar y discutir, sino el de hacer algo juntos, construir juntos, hacer proyectos: no solos, entre católicos, sino junto a todos los que tienen buena voluntad”, afirmó.
“Me gusta una Iglesia italiana inquieta, siempre más cercana a los abandonados, a los olvidados,a los imperfectos. Deseo una Iglesia mansa con el rostro de mamá, que comprende, acompaña, acaricia. Sueñen ustedes también esta Iglesia, crean en ella, innoven con libertad”, exhortó. Tras pedir a la Iglesia italiana que profundice la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, escrita hace dos años, Francisco concluyó: “sean creativos en expresar ese genio que vuestros grandes, desde Dante a Miguel Angel, han expresado de manera inegualable. Crean en el genio del cristianismo italiano, que no es patrimonio de una élite, sino de la comunidad, del pueblo de este extraordinario país”.
Fuente: La Nación Digital
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