EL PASTOR QUE INTENTÓ FRENAR LA MASACRE
Era malo, muy malo. Había afilado dos facas para pelearse con quien se le pusiera enfrente. Hirió y lo hirieron. Se fugó dos veces y dos más lo atraparon. Estuvo en Sierra Chica y en Olmos. Fue considerado uno de los doce reclusos más peligrosos de Coronda, en medio de casi 1500. Robó, lastimó, “chuceó”, ¿mató? A los 34 años, Juan Chávez Castro se convirtió en un pastor evangelista que, según cuentan otros reclusos, evitó que la masacre del lunes contara muchos más muertos.
“Lo del lunes fue una locura, algo sangriento. Mire que yo estuve preso en varios lugares, eh, pero nunca vi algo así. Estaban todos locos, drogados, muy duros. Les decía que pararan, pero nadie escuchaba. Eran puros gritos”, confió Chávez Castro a LA NACION.
-¿Por qué ocurrió?
-Pasaron muchas cosas. Algunos de los asesinos y de los que resultaron muertos se conocían de máxima seguridad y ya tenían problemas. Había rencores de muchos años. Igual, acá hay peleas todo el tiempo. Hasta por una lapicera.
-¿Vivió de cerca la masacre?
-Sí. Yo estoy en el pabellón IX, al lado del XI, donde hubo nueve muertos. Los santafecinos quisieron entrar también. Rompieron los candados y tenían pensado matar a muchos de los de ahí, que son rosarinos. Me agarré de los barrotes y les impedí el ingreso. Si no, hubiera sido terrible. El Señor nos salvó. Les pedí que se tranquilizaran, que tuvieran fe en Dios, pero uno me contestó que lo perdonara, que ese día estaba poseído por el diablo. Tenía una faca.
-¿Todos tienen facas?
-Y… el que no se la hace, pierde. En este lugar sobrevive el más fuerte. Rompés una ventana, agarrás el borde y lo afilás contra el piso. O rompés un barrote. O una cama.
-¿Usted tiene facas?
-No, ahora no. Antes andaba con dos. Tuve un montón de enemigos; digo que Dios me salvó. Si hubiera pasado hace un año, a mí me habrían matado. Pero pedí perdón y me perdonaron.
-¿Tuvo que ver el que usted haya sido porteño y no rosarino?
-Puede ser, a los porteños nos respetan. Si estamos acá quiere decir que no robamos en nuestras casas, sino lejos. Eso cuenta. Todos pelean porque acá a nadie le importa nada.
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