El por venir
El primer día entre otros trescientos por venir suele resultar nada en la ruta. Los abrazos amigos han demorado la partida más de la cuenta y la tarde se cae detrás de Alto Verde mientras el Puente Colgante ni mira el auto que me lleva con las mil dudas de lo que nace.
La ruta 168 no es nada seductora para los que somos sus habitués. Pero eso sí, gracias a ella uno se hace precavido y gambeteador de pozos. Pienso que los 20 kilómetros que unen Santa Fe con Paraná son una materia que debería llamarse “Introducción a los peligros de la ruta”. Si me espera un mínimo de otros 20 mil kilómetros no está nada mal aprobarla.
Ahora es el camino hacia la ciudad de La Paz. Este viaje también se parece a un camino a la paz. ¿Pero qué puede contar un periodista ambulante rumbo a todo por venir y con nada recorrido?
Es el tiempo de pensar lo que seguramente será de un modo opuesto. ¿Cómo serán las notas no programadas con cientos de desconocidos?.
La ansiedad de las horas previas de la partida desaparece en las ondulaciones de la ruta 12, sobre la margen izquierda del Río Paraná.
Sólo la impuntualidad de la noche nos recuerda que estamos en verano porque hace frío ahí afuera y el calor sólo se ha quedado a vivir por un rato dentro de quien hace muchos años ha soñado lo que empieza a pasarle en este instante.
Los creadores entrerrianos deberían aprovecharse del cielo de este primer rato de ruta para crear nuevas chamarras. No es posible que esté más despejado y más inspirador. De todos modos, es preferible no viajar en la oscuridad si es que se quiere mirar mejor.
¿Qué hay de la posibilidad de pasar la barrera del intento hacia la libertad de la concreción? ¿Será posible? Entre el equipaje, la mochila más cargada es la de las cavilaciones. La ruta que custodia el Gauchito Gil desde coloradas ermitas se hace cómplice de los camioneros y más rápido pasa bajo las cubiertas más invita a interrogarse. Al menos, si no aparecen las certezas, ya se divisa el primer punto elegido.
Ya estoy en la ciudad de La Paz. Por caprichos de los fundadores, La Paz en Bolivia es el techo del continente y La Paz en Entre Ríos, es el subsuelo que una vez no se levantó más y quedó sumergido bajo el agua de una represa.
La Paz, como en la vida, es apenas un lugar de paso para este viaje.
Después de tanta expectativa previa a la partida, está bien que los entrerrianos le contagien a uno el paso lento para equilibrar las pulsaciones.
En esta ciudad, y bajo un cielo ya detallado, jura el escriba que a partir de hoy será sepultado para siempre el vértigo. Por eso de que hay que saber mirar. Y aquí empezamos.
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