EL PRECIO DE LA CARNE, UNA HISTORIA QUE SE REPITE
Será el de hoy el último asadito? Antes de encender las brasas con esta página de Clarín, sepa que los argentinos estamos en alerta rojo: es que ¡subió la carne!
De pronto, la carne se escapó del freezer. Y al descongelarse amenazó con pudrir, en la visión oficial, a toda la economía. Entonces vino una parafernalia de medidas, unas aconsejadas por la Secretaría de Agricultura, la dependencia del Ministerio de Economía que se ocupa de las cosas del campo. Y otras horneadas en la propia cocina del Palacio de Hacienda. El ministro había dado la orden: ¡paren a la carne!
El precio de los cortes más usados en el mercado interno se había mantenido a raya desde el otoño último. En ese momento, se advertía una creciente presión del consumo interno, pero se sentía también una mayor demanda de la exportación. La difícil armonía presagiaba un partido bravo.
Durante el invierno, el horno fue tomando temperatura. El “efecto ingreso” —como denominan los economistas a la mayor propensión al consumo derivada de la mejora económica— despertó la inexorable vocación carnívora de los argentinos, algo sofrenada tras la crisis del 2002.
Pero esto también ocurría en otros países, incluídos los desarrollados. La bonanza económica en los Estados Unidos había llevado el precio del ganado a 2 dólares el kilo, un 50 por ciento de aumento en un año. El triple que en la Argentina.
En Alemania, un kilo de lomo argentino se cotiza a 30 euros. “¡Lo mismo que un kilo de Audi”, dice Héctor Ordóñez, experto en Agronegocios de la Facultad de Agronomía de la UBA. Pero si acá el kilo de milanesa se va arriba de 10 pesos, (la décima parte) el gobierno puede caer…
Por suerte para el gobierno, y por desgracia para los ganaderos y los frigoríficos exportadores, la Unión Europea sólo permite la entrada de carne argentina con cuentagotas: apenas 28.000 toneladas sin aranceles. Es el 1 por ciento de la oferta total de carne en el país, fruto de la faena de 12 millones de cabezas anuales. Para exportar por encima de esta cuota hay que pagar aranceles de más del 100 por ciento. Pero la brecha de precios es tan alta, que los números “cierran” igual.
El gobierno estaba atrapado entre dos fuegos: el interno y el externo. Y le jugaba a su favor que Estados Unidos todavía no había liberado el ingreso de la carne argentina, porque no se completaron los trámites para ser declarado como país libre de fiebre aftosa. En la Secretaría de Agricultura y el SENASA (el organismo responsable de la sanidad animal y vegetal) aseguran que se están dando los pasos para lograrlo, pero muchos ganaderos sospechan que el gobierno no hace muchos esfuerzos por hacerlo. Es que el precio de la carne incide fuerte en el costo de la canasta básica de alimentos y, en menor medida, en el costo de vida: si los bifes suben un 10 por ciento, provocan un 0,45 por ciento de inflación. Por mantener el índice a raya, el gobierno asume el riesgo de que los ganaderos le bajen el pulgar.
No es la primera vez que la economía argentina se menea al compás del “patrón bife”. Desde los tiempos de “El Matadero” de Estaban Echeverría se advierte la insaciable “carnedependencia” de los argentinos.
Los economistas definen técnicamente a la carne como un producto de “baja elasticidad de demanda”: si los precios suben un 10 por ciento, el consumidor argentino no va a comer un 10 por ciento menos, sino que quizá sólo reduzca su consumo un 3 por ciento. Por eso es que tiene tanto efecto inflacionario.
Sin embargo, muchos especialistas opinan que ahora hay mayor oferta de alimentos sustitutivos, por lo que el índice de elasticidad podría ser mucho mayor. Si esto fuera cierto, el impacto inflacionario de los aumentos se reduciría, porque el consumidor se pasaría, por ejemplo, de la carne vacuna al pollo, el pescado o incluso a una milanesa de soja.
Pero en esta coyuntura lo que importa no son los tecnicismos sino las percepciones. Y el gobierno tuvo la percepción de que la carne se le escaparía rumbo a Chile. Pasó que en Brasil, que abastecía el 70 por ciento de las necesidades chilenas de carne, aparecieron varios casos de fiebra aftosa. Chile, un país con un status sanitario superior, prohibió de inmediato el ingreso de ganado brasileño y desató otra percepción al este de los Andes: la Argentina podría llenar ese vacío.
Los ganaderos pampeanos reaccionaron con la lógica de cualquier empresario. Frente a la perspectiva de una suba de la demanda, postergaron los envíos: más presión en la caldera.
El gobierno imaginó que podía faltar carne. Entonces, la secretaría de Agricultura encontró una fórmula que parecía mágica: la prohibición de faenar animales livianos (de menos de 250 kilos). La idea era que un animal en plena etapa de engorde, era la pieza ideal para aumentar la oferta a mediano plazo (tres a seis meses) con el simple expediente de evitar una matanza temprana.
Pero la consecuencia fue que en el corto plazo desapareció hacienda del mercado. Y encima, lo que faltó fue la pieza más codiciada, que es la ternera livianita. Como la demanda seguía firme, se pagó lo mismo que antes, pero por un animal más pesado. Esto significó un aumento del índice de precios del mercado de Liniers.
Los frigoríficos exportadores son los primeros interesados en que no suba el ganado en pie, ya en abril se habían comprometido a no convalidar aumentos de precios. Pero la realidad siempre se subleva. No están solos en el mercado: hoy el 80 por ciento de la carne se destina al mercado interno. Durante los últimos meses había funcionado bien una ecuación que armonizaba consumo con exportación: se enviaban al exterior, para capturar precios máximos, los cortes finos como el lomo y los bifes anchos. Otros cortes intermedios iban al consumo local o se exportaban a mercados menos sofisticados. Y los asados y otros cortes baratos quedaban para el consumo interno.
Así se intentaba subsidiar con las ventas al exterior el mantenimiento de los precios de la carne en el mercado interno.
Para cerrar el círculo, los frigoríficos reclamaron un mejor precio por el cuero, un subproducto fundamental para la rentabilidad de la operación. Resulta que los cueros están sometidos a un régimen especial para favorecer su elaboración en el país. Pero esto significa que los frigoríficos dejan de percibir un 35 por ciento del valor que obtendrían si pudieran exportarlos ellos mismos. Así, los productores le prometieron a Economía que si les “mejoraban esta situación” en el mercado de cueros, podrían mantener los precios de la carne a pesar de las subas en Liniers.
Así, una semana atrás Economía lanzó un paquete de medidas, que incluyen la eliminación de los reintegros (iban del 1,5 al 6 por ciento) de impuestos a la exportación, el aumento de las retenciones a la exportación de carne (del 5 pasaron al 15 por ciento) y una compensación al reducir los derechos de exportación del cuero al 8 por ciento.
Las medidas aún no impactaron en los precios del ganado en Liniers ni en los mostradores de las carnicerías. Los frigoríficos exportadores anunciaron que anticiparían las vacaciones del personal, porque no pueden operar. Y auguran que no podrán mantener el mecanismo anterior de “subsidio” al mercado interno con los buenos ingresos por la exportación. Los curtidores están que trinan, porque se les encareció el cuero. Los ganaderos amenazan con medidas de fuerza, cansados de que se les capture otra porción de la renta. Es que cuando se quejaban por las retenciones a los granos, que alcanzan al 20 por ciento, el secretario de Agricultura Miguel Campos les había recomendado “aprovechar para convertir los granos en carne”. Muchos lo hicieron, y cuando tenían la hacienda gorda, se encuentran con que le triplicaron las retenciones a la carne.
Y del otro lado del mostrador, los consumidores. Que se sienten estafados porque “alguien subió el precio”. No importa que sea aún hoy la más barata del mundo y uno de los alimentos más acomodados para el bolsillo nacional. Después de todo, inflación no es que las cosas son caras, sino que las cosas suben.
Pero la carne vacuna es una de esas tribulaciones de los argentinos que, por su recurrencia, genera una amarga imagen de inmovilismo, de incapacidad para resolver problemas o para zafar de las encerronas.
Una situación paradojal, porque este país encontró en la ganadería y la carne vacuna una razón para existir. La epopeya de las pampas fue motorizada por la voluntad de desarrollar el ganado refinado que requerían la Inglaterra de la Revolución Industrial. Vinieron los toros mejoradores, que se cruzaron con las vacas cimarronas. Se alambraron los campos, se instalaron los molinos. Los ingleses y los franceses construyeron miles de kilómetros de ferrocarriles. Se levantaron imponentes frigoríficos. Algunos, como el Liebig en Entre Ríos, sólo tenían acceso por el río. Sus 5.000 obreros viajaban en canoas por el río Uruguay.
Fue el gran negocio histórico de la Argentina. Tanto, que como subproducto de la domesticación ganadera de las pampas, el país se hizo granero del mundo. Llegamos a tener 60 millones de vacas cuando éramos 30 millones. Sí, dos vacas por cabeza. Hoy estamos con 50 millones y somos 40 millones. Poco a poco, nos fuimos comiendo las vacas.
Quizá no sepan que en este negocio es muy difícil que “alguien” pueda manejar los precios. Hay demasiados actores. Ganaderos desde Jujuy hasta Tierra del Fuego. Frigoríficos, carniceros, supermercados. Hay un mercado de concentración que transmite diariamente los remates por TV, algo único en la economía mundial.
Si hay alguien con más responsabilidad que otros, es usted, que está esperando que esta nota termine para tomar la página, hacer un bollito, prenderle un fósforo e iniciar el fuego. Un argentino más que no puede prescindir del asadito…Es esa, finalmente, la razón por la que la carne sube.
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