El programa “Lee y Crece” visitó Rosario
Jenifer, de 7 años, explica los dibujos que trazó en la hoja: un hipopótamo, una jirafa con peluca roja, un mono y un gorila. “Me hubiese gustado dibujar más, pero me mordió un perro amarillo de mi vecino y la mano me duele un poco. Ese perro es grande y malo, no como Tito, que es el perro que vive conmigo”, cuenta mientras muestra una herida profunda que, por suerte, está casi cicatrizada. Jenifer fue una de los más de 70 niños y niñas que ayer recibieron visitas en la Escuela 1090 Domingo Matheu –ubicada en Buenos Aires al 6300, en la zona sur de la ciudad– donde además funciona un comedor infantil que alimenta a 700 personas por día.Sucede que, para estas vacaciones, el Ministerio de Educación de Santa Fe programó una serie de actividades para los chicos de las escuelas de la provincia en el marco del Programa Santa Fe lee y crece. Entre ellas, ayer se lanzó el Taller Integrado “Bianfa va a la escuela”, un proyecto que pertenece al dibujante y escritor santafesino Fabián Magliano, conocido artísticamente como “Bianfa”. A través de un equipo multidisciplinario integrado por la narradora oral Joselina Martínez, el músico Juan Carlos Cabrera, la coordinadora Mercedes Meichtry y el propio Bianfa, el objetivo principal es incentivar la creatividad y la participación colectivas a través del juego. En consecuencia, este proyecto –que consta de seis talleres en escuelas de Rosario, Santa Fe y otras localidades– posibilita que alumnos de nivel inicial y del primer y segundo ciclo de la EGB que concurren a los comedores escolares durante las vacaciones de julio, participen de un encuentro en el cual se integran el dibujo, la música, la expresión oral y escrita. Esta vez, la propuesta fue escuchar cuentos escritos por Bianfa, que Martínez y Cabrera interpretaron sobre un escenario decorado con molinetes blancos donde se leía “9 de Julio, Día de la Independencia. Trabajo, justicia y dignidad”. Luego, los chicos recibieron un trozo del cuento “El pintor” que ilustraron con lápices de colores. Finalmente, la coordinadora Meichtry compuso los pedazos y rearmó el cuento, totalmente ilustrado por los chicos. Los encuentros de ayer fueron dos, uno por la mañana y otro por la tarde. En medio, los chicos almorzaron en el comedor. La primera respuesta que da Bianfa cuando se le pregunta por qué eligió trabajar con chicos es: “Porque me gusta comérmelos al horno con papas”. Luego se pone serio y explica que, para él, “el único cambio que puede acontecer en este país vendrá de la mano de los chicos”. “Entiendo que este tipo de trabajos es un pequeño aporte para que los pibes se movilicen a través del dibujo y la lectura porque, de hecho, este es un proyecto de recuperación lectora. Y lo cierto es que en muchos lugares, a los chicos nadie les lee cuentos ni tienen un contacto fluido con los libros”, indica. Aunque es época de vacaciones, María Angélica Lucarini, directora de la escuela, va desde el comedor a la dirección y de allí a repartir lápices. Muchos chicos le muestran los dibujos que van logrando y la tratan como “vos, seño Angélica”. “La escuela comienza a ser el único espacio de contención”, reflexiona Lucarini. “La disgregación del núcleo familiar es un hecho y los chicos se crían como pueden. Hasta hace un tiempo, se pensaba que sólo las mujeres se quedaban al cuidado de los hijos, pero ahora empiezan a aparecer muchos padres que asumen esa responsabilidad, por el hecho de que las madres tienen trabajo y ellos no, o porque algunas mujeres se van de sus casas”, dice. Para la docente, el principal problema de los barrios periféricos es la violencia. “Vos los ves ahora dibujando, haciendo cosas propias de cualquier chico, y resulta que después te enterás de cosas muy duras que algunos atraviesan, cosas demasiado adultas y terribles para un nene”, agrega la maestra. Isaías, de 10 años; Ricardo, de 8, y Ulises, de 10, cuentan que por la tarde se toman el 143, que los deja por Pellegrini. En el centro pasean, o piden monedas, o todo junto. Luego, por la noche, retornan al barrio. “A mí me gusta dibujar, pero no lo hago muy seguido”, reconoce uno de ellos. A través de sus ojos, es posible adivinar las marcas duras de un presente incierto. No las hace un perro amarillo, como la que lleva Jenifer en la mano, pero está claro que duelen igual.
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