El pueblo del molino
El primer indicio de la hecatombe que sobrevendría para la Argentina cuando Carlos Saúl Menem asumió por primera vez como presidente de la nación fue el nombramiento de un hombre del riñón de la multinacional Bunge & Born como ministro de economía. Ese día, sin decirlo, certificó el pacto con el diablo que ya había firmado y traicionó el voto popular con el que había sido elegido.
Y en Trevelin lo supieron, quizás más que en otra parte. El pueblo que fundaron los galeses pioneros a fines del Siglo XIX, nunca zozobró tanto como cuando los tentáculos de la multinacional se posaron sobre ella. Es que, Trevelin quiere decir “pueblo del molino” en galés, y el molino que hacía latir la colonia fundada por los galeses pioneros, se murió cuando los vagones del ferrocarril empezaron a traer harina a precios sin competencia, porque Bunge & Born se había hecho monopolio.
Sin embargo, Menem y sus socios pudieron con la Argentina, pero parece que no con la sangre porfiada y tesonera de los galeses. Hoy el Molino es un museo y la población, que ha visto llegar muchos otros inmigrantes de otras colectividades, vive de la actividad agropecuaria y del paisaje, ante el turismo siempre incipiente y la condición de lugar centro de todas las actividades de la zona.
Justamente en el Museo del Molino vive la historia de Trevelin. Y no es cualquiera, porque fue vital para que la Patagonia sea argentina. En 1902, un arbitraje inglés cedió esta zona a nuestro país, cuando los chilenos la cotejaban. Todo porque los galeses y los tehuelches, que siempre convivieron en armonía, esperaron al juez con una bandera celeste y blanca y le espetaron que ellos querían ser “de este lado”.
No era para menos. Los galeses guardan eterno agradecimiento a este suelo. Una nieta de inmigrantes dice que “ellos vinieron a hacer América y no a hacerse la América”. Además, comparten un folklore antibritánico bien argentino. “Los ingleses hicieron ir a nuestros ancestros porque la corona los sojuzgaba, no los dejaba practicar su religión, sus costumbres y vinieron aquí, donde sí pudieron hacerlo”, cuenta con orgullo Alberto Williams, ahora a cargo de Cultura en el municipio.
Así se armó Trevelin, el pueblo de la plaza octogonal, el del de la tradición del te y el que hoy ya no cuenta con mayoría galesa pero que sí sabe como hay que hacer para no olvidar. Es un lugar donde se puede visitar el museo Cartref Taid y la tumba del legendario caballo malacara o la Capilla Bethel pero, por sobre todas las cosas, encontrar un sesgo de tranquilidad como si el Molino siguiera funcionando y nada hubiera pasado.
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