EL REGRESO DEL EMPERADOR
El cuello del sobretodo levantado. La cabeza erguida. La pausa larga. La mirada clavada vaya uno a saber dónde. Un halo de omnipotencia domina el ambiente. No se necesita recrear Roma. Ahí está Julio César, no hay dudas. Nadie lo duda. Impo sible no creerle a Alfredo Alcón. Imposible.
Sin embargo, apenas se apaga la cámara, la estampa se afloja y su impecable trayectoria queda bañada por la inocencia cuando tímidamente pregunta si ¿Salió bien? ¿Te gustó de verdad, Dani?. Daniel Barone, el director de Locas de amor (martes a las 23.30, por Canal 13), recurre al abrazo como mejor señal de aprobación. Sabe que con Alcón como invitado especial juega con 12 en cancha de 11.
Un boceto con la descripción del nuevo personaje dice que Tiene del César su autoridad. Su sola presencia genera respeto. El texto habla del esquizofrénico que en octubre aparecerá en pantalla. Pero bien podría hablar del actor. Del hombre que se mueve por la casa alquilada como si fuera uno más. Es uno más, pero todos lo saben distinto.
En la piel de un paciente que siente ser Julio César, Alcón empezó a grabar esta semana su participación en el unitario protagonizado por Leticia Bredice, Julieta Díaz y Soledad Villamil. Al igual que las chicas, en la ficción él pasará por la experiencia de una convivencia sugerida con otros locos, como primer paso de su reinserción en la sociedad. Por decisión del psiquiatra, Julio —así se hará llamar— compartirá por dos capítulos una casa con Víctor (Damián de Santo), un muchacho que padece “trastornos de control de los impulsos”, y con Sánchez (Patricio Contreras), un ex bibliotecario de 56 años con diagnóstico de obsesivo compulsivo.
Si bien las mujeres tienen su búnker en una de las escenografías de Pol-ka, el de los varones es un caserón de Caballito, construido en 1905, con pisos de pinotea original, arañas de cristal y un estilo neoclásico sellado en la fachada. Hace dos años que los dueños ya no viven ahí, pero la decoración quedó intacta y ahora saldrá en la tele. Con algunas modificaciones, claro: en el patio se montó el control, en un cuarto se arrinconaron los muebles y en las paredes del hall se pegaron los carteles manuscritos que reflejan las manías de Sánchez: Limpiar el piso… usar patines, Apagar la luz al salir de la habitación, La llave de gas se cierra girando hacia la izquierda.
En ese marco, con metros de cable serpenteando sobre la mayólica negra y blanca, con 23 personas circulando en tareas varias, ellos pasan letra:
De Santo: “¿Julio, necesita algo?”
Alcón: “Ver a alguien…”
De Santo: “¿Las chicas éstas?”
Alcón: “No, pará, no te apures. Esperá mis pausas, que son largas. Todavía me faltaba texto”.
Barone: “Bancate la ansiedad televisiva, De Santo”.
Hay buen clima en la esquina de Franklin y Paysandú. Adentro se graba parte del capítulo 24 y en el ambiente flota cierto espíritu evocativo, cierto volver a vivir aquellos buenos viejos tiempos de Vulnerables, ya que de pronto coincidieron Villamil, Casero, De Santo y Alcón, ex pacientes del grupo del doctor Segura, y el director de estos dos unitarios de Pol-ka. Afuera, una cinta roja y blanca intenta que los curiosos no entren en cuadro cuando las tomas son en la vereda. Igual, los fans tienen premio: cuando los actores dejan la casa para descansar en el motorhome (camarín rodante), hacen un alto y se entregan al juego del beso codiciado y el fanatismo expuesto.
Allá, en esa suerte de camas cuchetas que es estiran en los laterales del camión, Casero se suelta el pelo, se lo ata, cuenta chistes, imita a los japoneses, se hace el bailarín de comedia musical y roba carcajadas. De Santo lo chicanea con gracia. Contreras estudia el guión. Villamil y Díaz entran con bolsas de frutas. Y de golpe todo huele a naranja y mandarina. A unos metros de ahí, Bredice se viste de Simona, la chica bipolar que le tocó en suerte esta vez: botas rojas, calzas naranja, pollerita fucsia y negra, cinto plateado. Parada luego al lado de Alcón, de sobrio pantalón negro y polera gris, no pasa inadvertida. Aunque cambie de ropa, Bredice nunca pasa inadvertida. Lo sabe bien y se ríe.
En medio de esa tarde alborotada por la llegada de los nuevos, el apuntador va un paso atrás de todos, tratando de —como quien no quiere la cosa pero sí quiere— repasar la letra. Entonces, con el torso al aire y un slip en la mano, De Santo, con voz de Víctor, empieza: “Aflojá con la mala onda (a Julio). Queremos ayudarte”. Julio: “No necesito de ustedes… Mi destino está escrito”.
La última frase resuena en un eco, como si se hubiera escapado sin permiso del guión para buscar nuevos dueños. Y eso de Mi destino está escrito no tarda en ser repetido de labios de un asistente o de la maquilladora que le desdibuja al emperador, con una base beige, la huella del cansancio. Empezó a grabar bien temprano en la mañana, con exteriores y una sensación térmica que merodeaba los 6 grados. Ahora son las siete y cuarto de la tarde y aún quedan dos escenas por hacer. Nadie se queja ni deja pasar el mate cocido tibio, que a esta hora huele exquisito.
Sentado en una silla perdida, en medio del hall, con la vista clavada en la puerta, parece cómodo don Julio. Parece estar solo. Eso mostrará la TV la noche del 5 de octubre, pero sus piernas están trabadas por el travelling (el carril por el que se mueve una de las dos cámaras) que quiere quedarse con ese primer plano del César, imperturbable, aunque la voz de su conciencia dé cuenta de sus fantasías. Y de sus imaginarios encuentros con Cleopatra cuando se tope en la puerta con el personaje de Bredice: sin abrir la boca, curiosamente se lo oirá decir Hermosa Cleopatra, tus caricias calman mi agobio.
El libro marca que las chicas llegan de visita en el momento en que ellos dirimen sobre el destino. El buen destino existe. Alcón también lo sabe. No necesita creerse un emperador para comprobarlo.
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