EL RETO DE ASISTIR UNA FRANJA QUE CONGREGA UN TERCIO DE LA CIUDAD
Definir con precisión los límites geográficos del borde oeste de la ciudad de Santa Fe es complicado. No hay una calle que marque el inicio del lejano oeste, con sectores sumidos en la pobreza y abandonados a su suerte, pero cercanos a otros que tienen calles con asfalto, tendido eléctrico, recolección de residuos, red de agua potable y cloacas.
Sin dudas es un borde difuso, y su demarcación dependerá del cristal con el que se elija dirigir la mirada. Como denominador común, salta a la vista la miseria y la ausencia de una urbanización ordenada, las viviendas precarias, la basura, las caritas sucias de niños rodeados de perros.
Una mirada hacia el pasado reciente lo muestra cubierto por el agua del Salado. Hasta dónde llegó el río, junto a la cota de máxima y los niveles de recurrencia, puede ser otra forma de fragmentarlo. Si se elige esta variable, se incluyen sectores con viviendas más consolidadas y trabajo formal.
“Según los criterios que tomemos encontramos distintas formas de fragmentar, de establecer una zona urbana; depende la problemática que se analice”, aseguró el secretario de Planeamiento Urbano de la Municipalidad, Arq. Gustavo Giobando.
A través de un convenio de asistencia técnica entre la Municipalidad y el Procife, está a punto de ser presentado el Plan Urbano para la ciudad de Santa Fe, un minucioso estudio de la situación de esta urbe que proyecta un crecimiento más ordenado, contemplando aspectos territoriales, habitacionales y de servicios, a la vez que propone ideas y posibles soluciones.
Mediante la construcción de un indicador que pondera las condiciones físico-ambientales de los barrios se estableció el nivel de vulnerabilidad de cada área. Con esos datos se pintó el mapa de la ciudad, otorgando colores claros a los sectores mejor posicionados y oscuros a los que más carencias y riesgos tienen. Un gran manchón oscuro cubre íntegramente el borde oeste. (Ver mapa). Esta herramienta es un aporte para empezar a clarificar cómo es el borde oeste y hasta dónde llega.
“Si ponemos sobre el mapa de la ciudad uno de servicios, de infraestructura, de sistemas de educación y de salud, se ve quiénes se apropian de ellos de mejor manera y quiénes no”, explicó el subsecretario del área, Arq. Aldo López Van Oyen.
Para él, esa franja está ocupada por “sectores carecientes y perdidosos -producto de una acumulación histórica- que no pudieron acceder a la propiedad de la tierra y han sufrido precariedad laboral, fruto de los vaivenes económicos del país”.
Desconocimiento
En estos barrios, todos se conocen y no es frecuente ver caras nuevas por las calles. Cada día se mueve gente en procura del pan hacia el sector más urbanizado: los cirujas salen en sus carros, las empleadas domésticas marchan en colectivo, los changarines golpean puertas más sólidas, los albañiles pedalean contra frío y calor, los niños extienden sus manos a contraturno de la escuela.
Pero nadie llega. Pocos ciudadanos que habitan en el centro y este alguna vez los recorrieron. En consecuencia, desconocen cómo vive casi un tercio de sus conciudadanos.
“A mi juicio, la inundación puso sobre el tapete una realidad que ya existía. La ciudad era pobre y la inundación mostró una cara a muchos santafesinos que no conocían: un borde de casi el 30 % de la población, 130 mil personas sumidas en la pobreza”, afirmó López Van Oyen.
Asentados sobre terrenos ganados al río, la mayoría de las familias “reproducen permanentemente el círculo de la pobreza en función de los sistemas de producción del país y la incorporan culturalmente”.
Dentro del extenso borde, las situaciones sociales son dispares debido a que no todos tienen el mismo nivel de apropiación del terreno, las redes sociales son diferentes, al igual que los niveles de indigencia que sufrieron y la manera en que entran y salen del mercado laboral.
López Van Oyen lo explica así: “Hay gente que sufre la pobreza desde el arranque y son varias generaciones las que la vienen padeciendo. Entonces tienen objetivos más instantáneos y un modelo de apropiación y de habitabilidad distinto al que tuvo la posibilidad, en determinado momento productivo, de acceder al mercado laboral formal. Cuando pierde el trabajo disminuye su capacidad pero le quedan prácticas sociales afianzadas, una vivienda más consolidada y cierto orden en la ocupación del territorio”.
Esto no sucede cuando la precariedad ha sido una constante. “El que tiene que levantar su vivienda y trasladarla porque se inundó tiene un sentido del territorio menos afianzado que aquel que posee una casa más sólida; aunque los dos tienen problemas comunes y la misma caracterización social”.
A modo de ejemplo, basta comparar Santa Rosa de Lima -mucho más afianzado a pesar de la pobreza- y Varadero Sarsotti, donde no hay una urbanización planificada, sino más bien asentamientos precarios que no respetaron trazados de calles ni espacios comunes.
Con la pobreza como denominador común, pero con modos de apropiación del territorio, redes sociales y sistemas de producción y subsistencia diferentes, para los funcionarios el desafío pasa por encontrar soluciones técnicas factibles y compatibles con la realidad social imperante para ordenar la ocupación de la tierra y alcanzar un crecimiento urbano más equilibrado y equitativo que el actual, garantizando una mejor calidad de vida a los pobladores.
Esto es sin dudas más difícil, insume más tiempo y tiene menor rédito político inmediato, pero a la larga permite cosechar los mejores frutos.
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