El saber de Juan
Hay muchas cabras en este sitio, el más sinónimo de los sinónimos para explicar lo agreste. Hay cientos de cabras, algunas gallinas y unas palomas que pronto serán guiso del único habitante del puesto. Pero hay una cabra, una entre todas, pálida, con mirada de niña. La cabra parece estar durmiendo una siesta que, de no mediar la Cordillera, que apenas se distingue, podría parece santiagueña.
Pero, irrumpe con tono suave Juan –el anfitrión- la cabra no se va a levantar. Ella, como tantas otras del rebaño y, trágicamente, Juan o los que viven en los puestos de los alrededores, se van a morir de hambre o de sed. Desde enero que no llueve en la tierra huarpe. Y la sequía dejó en ramas áridas todo lo que podía servir como alimento para las cabras y se llevó el agua que tomaba Juan.
Él, flaco, enjuto, de ojos vivos, cree saber por qué suceden tantos días sin lluvias en las tierras que antes, como una ironía, eran conocidas como “los humedales mendocinos”. Juan, aunque vive en un rancho de adobe y paja en medio de un desierto gigante de muerte, sol intenso y desolación, sabe esto y muchas otras cosas que, además, está dispuesto a contar, no a los gritos, porque no es su estilo, sino con su tono bajo de huarpe.
“En la zona de Guanacache no llueve porque en la Cordillera, más al oeste, los dueños de las grandes vides manejan todo por radar. Y cuando va a venir una tormenta de granizo, ellos le salen al cruce con bombas y las revientan en la montaña, para que no les arruinen la uva. Por eso, esas nubes nunca llegan acá y se está secando todo”. Juan habla pausado, lento; pero seguro y sin tono resignado.
Como diagnóstico tiene claro quienes son los que se quedan con el agua que viene del cielo para los últimos huarpes. Sabe también que ya no alcanza con ceremonias ancestrales divinas porque el hombre –el hombre blanco más precisamente- se ha quedado con todo. Pero está indignado por los métodos recientes que se han comenzado a emplear.
En un sitio de huarpes donde muchos tenían vergüenza o miedo de reivindicar su identidad, ahora sí todos se dicen huarpes. Pero lo hacen nada más para recibir una parcela de tierra, una minúscula parte de un negocio inmobiliario occidental y sádico. Es que, antes, los huarpes no tenían límites territoriales. Cada terreno se dirimía según sea la distancia donde el ganado llegara a pastar.
Pero ahora, desde que aparecieron un cura, un abogado y una asociación de aparente reivindicación de los derechos aborígenes, los huarpes tienen parcelas y cotejan lo que nunca cotejaron porque siempre les perteneció: la tierra. Juan está en una comisión que se conformó para buscarle una solución a lo que antes era de Perogrullo; pero no alcanza. Sus hermanos –y lo dice sentido pero no claudicante- han entrado en las generales de una ley que nunca les correspondió.
“Hay que fundar la nación huarpe, como hicieron los mapuches con la nación mapuche”, reflexiona. “Los políticos tienen que saber que si no existimos para ellos, no nos tienen que venir a buscar para votar. Porque, o existimos o no; pero no tiene que ser sólo para las elecciones”, vuelve a reflexionar. “Nosotros sabemos pensar, y sólo nos falta organizarnos”, concluye.
Es que, Juan Nilo Reynoso, el huarpe que nunca quiso dejar de serlo, el que vive solo en ese rancho que vaya uno a saber si sería capaz de resistir otra sequía porque el barro se le descascara, tiene ideas claras como el día que se alza en la Mendoza que todos olvidan: “yo soy libre y lo seré porque por más que me metan preso mi libertad está aquí”, cuenta, mientras se señala la cabeza, mientras pide que “hay que volver a la raíz”.
Y la raíz de estos aborígenes es el vínculo con la tierra, el recorrido por dioses que la religión occidental no acepta o el derecho a sacar agua de un pozo o de alimentarse y curarse con los yuyos del lugar. Hoy nada de esto está. La tierra, arrasada. El agua, detenida para evitar tormentas. Los yuyos, secos. Los dioses… Los dioses, concluye Juan: “fue la iglesia católica la causante de todos nuestros males. Ni el gobierno, ni el rey de España, ni fulano ni mengano. Fue la Iglesia”. Mañana preguntaremos por qué. La cabra finalmente ha muerto de hambre y de sed y una nueva tarde cae sobre el desierto.
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