EL SABER Y LA CULTURA DE LOS ARGENTINOS, EN ALERTA ROJA
Los chicos y jóvenes argentinos se han convertido, en los últimos meses, en el hazmerreír de una sociedad que los acusa de no saber: no entienden lo que leen, reprueban sus exámenes de ingreso a la Universidad y se muestran ignorantes (o quizás irónicos) ante una antojadiza prueba de cultura general. Sin embargo, la misma sociedad que se horroriza de estos resultados no parece estar en mejores condiciones que sus jóvenes estudiantes. Así lo revela una encuesta que realizó Clarín entre casi 500 personas (ver Seis años…). Un muestreo cuyas respuestas revelan, en primera instancia, que a aquel ciudadano argentino que, a mediados del siglo XX se sentía el más culto de todos los latinoamericanos, hoy le cuesta responder preguntas sencillas, como cuántas provincias hay en el país (el 43,2% no pudo hacerlo), nombrar un libro de Cortázar (el 83% de los encuestados no recordó ninguno) o decir qué sucedió en la “Noche de los bastones largos” (el 52% no lo sabe).
“La información no es sinónimo de conocimiento, pero sin información no hay conocimiento —analiza Juan Carlos Tedesco, titular de UNESCO-Argentina—. No saber quién escribió el Martín Fierro (31%) o qué fue el Holocausto (53%) son indicadores de carencias graves. Estar seguro de lo propio y comprender lo ajeno son condiciones básicas para el ejercicio de la ciudadanía democrática”, agrega.
“El sondeo constata que los conocimientos limitados o erróneos en términos de cultura general no son un problema particular de los jóvenes y una consecuencia exclusiva del sistema educativo de los últimos años —señala el consultor Rosendo Fraga, titular de Nueva Mayoría—. Pero la cuestión central no es sólo cuánto sabe una persona, sino cuándo tiene interés en saber. Ya decía Sarmiento que quienes más necesitan la educación —los más pobres— son quienes menos la reclamaban”.
Para los especialistas consultados, el desconocimiento del mundo, el pasado y la cultura propios revelan un dato aún más grave que los porcentajes de las encuestas. “¿Qué valor tiene hoy aprender o estudiar? —se pregunta el investigador Rafael Gagliano (UBA y APPEAL)—. En los 70 todos sabíamos algo que hoy se trata de ocultar: que el conocimiento no es una mercadería sino algo que permite iniciar procesos de emancipación personal. Y, por lo tanto, algo que crea responsabilidades. Hoy el conocimiento es presentado falsamente como un lujo prescindible”.
Otra historia de la infamia
La idea de estudiar para cumplir, para “zafar” en los exámenes o el concepto de la cultura como un hecho destinado al disfrute de las minorías ilustradas, ha sido construida (ver Arrasamos…) a través de diversos procesos históricos: un siempre magro presupuesto educativo, persecuciones políticas y hasta la masiva influencia de cierta programación televisiva que, como Goebbels (el ministro de Propaganda de Hitler), se irrita ante la palabra cultura. Más allá de la vieja tendencia escolástica a premiar la memorización de datos aislados, los encuestados por CEOP no saben (en un 85%) cuándo ocurrieron las Invasiones Inglesas.
A la influencia del medio y la historia se suma la crisis institucional de la enseñanza. “Ni hablar de la formación y los sueldos docentes —agrega Gregorio Klimovsky, profesor emérito de la UBA y ex miembro de la Conadep—. Los grandes profesores del pasado eran reconocidos, recibían la mejor formación y cobraban buenos sueldos. Hoy un docente universitario cobra $ 170, lo que llevó a la gente mejor capacitada a dedicarse a otras actividades. Y fue suplantada por docentes con buenas intenciones pero a quienes muchas veces se engaña con una formación deficiente. Y se ocuparon cátedras por mero amiguismo político”, concluye.
Por fuera de las instituciones, existe aún un profundo corte en la transmisión cultural que, antiguamente, se daba entre una generación y otra, naturalmente. “¡Cuántos adultos se empeñan en olvidar su pasado, temerosos de que sus hijos ‘repitan sus errores’! —destaca Gagliano—. No sólo están deprimidos o sin trabajo, como para ofrecerse como modelos. También, por un exceso de autocrítica, prefieren olvidar las luchas sociales, los derechos que se han ganado y las pérdidas que hemos tenido. Pero este silencio deja a los chicos sin referentes con quienes discutir, construir o pelearse siquiera”.
Una ausencia, la de la memoria colectiva, que muchos argentinos reclaman: así lo sugiere, al menos, el enorme éxito que los libros de historia nacional tuvieron en la última Feria del Libro. O el hecho de que, si bien en números exiguos, un 24,5% más de personas que en la encuesta realizada por Clarín en 1998, supo qué es el Holocausto y un 19% más que en ese momento recordó los hechos de la “Noche de los bastones largos”.
¿ Y para qué sirve saber?
Que sólo un 15% recuerde algún libro de Cortázar permitiría preguntarse, también, si los argentinos disfrutan de su propia cultura, de sus creadores, si llegan a sentirlos como esos amigos imprescindibles para construir nuestros sueños, nuestras más osadas aspiraciones.
“¿Para qué sirve estudiar?”, se preguntan —con razón— aquellos chicos a los que se aconseja estudiar en nombre del futuro, en vez de invitarlos a vivir, mientras estudian, la aventura del pensamiento. “El conocimiento, la cultura, no son algo ‘útil’ en el sentido tradicional del término, sino que intervienen en la comunidad transformándola, creando seres más libres, capaces de generar respuestas, de ser creativos y críticos frente a la realidad, animándonos a nuevas posibilidades en vez de encerrarnos en viejas certezas”, dice Marcelo Pacheco, curador en jefe del Museo Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA). Con él coincide plenamente Tedesco: “Necesitamos estrategias educativas que promuevan la pasión por el conocimiento como una prioridad absoluta en nuestra escala de valores”.
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