EL SELECCIONADO DE BASQUETBOL Y LA MAYORÍA DE LOS TENISTAS ARRIBARON A LA VILLA OLIMPÍCA
Los hombres, casi todos muy altos y todos vestidos de azul, bajan del ómnibus con idénticas expresiones de cansancio. Son las últimas horas de sol en Atenas y la calma del campamento argentino se ve sacudida por el arribo a la villa Olímpica de la selección argentina de basquetbol, que deja en su máxima figura la responsabilidad de lanzar una proclama serena pero bien firme: “Venimos por una medalla, no importa el color”, dice Emanuel Ginóbili, gorrito negro de tipo playero mientras arrastra su valija y recorre los 100 metros que separan al micro del edificio de dos pisos que ya alberga al equipo de Rubén Magnano.
—¿Te acostumbrarás a esta austeridad?, le pregunta Clarín mientras comparte la caminata.
—Y… viví mucho más así que como vivo ahora.
—¿Qué te parecen las instalaciones?
—Y… mejor de lo que esperaba.
La Selección llegó a Atenas procedente de Madrid, donde había cerrado el martes su preparación con un entrenamiento. Pero necesitó más tiempo para unir el aeropuerto con la villa que las más de tres horas que insumió el vuelo. Porque hubo tres acreditaciones que fueron rechazadas porque los responsables del tema consideraron que había fotos desactualizadas. Porque hubo tres o cuatro bultos que siguieron otra ruta en el aeropuerto. Y porque los atenienses se toman su tiempo para casi todo, sobre todo si el interesado tiene cierto apuro.
Con los del basquetbol llegaron también varios de los tenistas: Juan Ignacio Chela, Mariano Zabaleta, Agustín Calleri, los doblistas Gastón Etlis y Martín Rodríguez, Gisela Dulko y los responsables de los equipos masculino, Alberto Mancini, y femenino, Ricardo Rivera. El grupo se completará hoy con los arribos de David Nalbandian desde Miami y de Mariana Díaz Oliva desde Buenos Aires. “Perdimos en primera y en segunda en Cincinnati y en Montreal, pero estamos tranquilos porque no jugamos mal y tuvimos chances”, dijo Etlis, listo para volver a los Juegos después de debutar en Atlanta y faltar en Sydney.
Antes de la llegada de basquetbolistas y tenistas, el día transcurrió en absoluta calma en el complejo que aloja a la delegación nacional. Una sola inquietud manifestó buena parte de los atletas en el diálogo con quienes desafiaron el calor y el sol sin sombra del complejo para husmear en la intimidad ajena: “¿Saben si podremos ver a la Selección de fútbol?”, consultaban los más tímidos. “Televisan al fútbol, ¿no?”, descontaban otros. “¿Dónde mierda vamos a ver el partido?”, inquirían los más vehementes. Por la noche, la excursión al restorán resultó inútil: naturalmente, la gente del lugar eligió el canal que televisaba Grecia-Corea. Con el magro empate en 2 tendrían suficiente.
Fue también una jornada dedicada a ajustar detalles de la preparación. La Selección masculina de hockey sobre césped que dirige Jorge Ruiz le ganó 4-3 al débil Egipto con un gol de Jorge Lombi y tres de córner corto de Matías Vila. Las Leonas volvieron felices por haber practicado en la cancha principal del complejo, pero hartas del calor (“Por suerte no jugamos ningún partido en plena tarde”, dijo la goleadora Oneto) y con alguna lesión para tenerle respeto (la tendinitis en la rodilla izquierda que arrastra Mercedes Margalot). Los del voleibol, que viven en una esquina algo apartada del resto, bajaron de la siesta con claras evidencias de que habrían preferido seguir durmiendo. La excepción fue el armador Hernán Ferraro, muy activo para intentar comunicarse con su familia en la planta baja. A Daniel Brizuela, el único boxeador que integra la delegación, se lo vio feliz porque a varios días del debut apenas le falta perder un kilo y medio. La joven velista Catalina Walther pareció tan preocupada por los vientos cambiantes como por la filtración de su próximo casamiento con el también windsurfista Martín Benítez. Y todos, como en un rito, ofrecieron bebidas a los cronistas apostados en la entrada.
Falta un día menos para que arranquen los Juegos. Sólo uno para que la espera se convierta en vértigo, en cataratas de pruebas. En esfuerzos coronados por el éxito y en broncas que habrá que combatir con revanchas.
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