EL SELLO DE LOS NARCOS, DETRÁS DE LA MASACRE DE UNA FAMILIA
Repitieron el procedimiento tres veces, con una precisión tan dedicada que no tiene otra explicación que la del mensaje mafioso. A cada una de las víctimas le dieron una decena de puñaladas en el cuerpo —la última, en el corazón — y le abrieron el cuello de lado a lado usando una daga afilada con esmero. Primero le tocó a la madre, a quien le taparon la boca con cinta de embalar antes de dejarla tirada junto a su cama. Luego sorprendieron al padre, en la cocina. Y por último llegó el turno del hijo menor, al que atacaron mientras dormía. Escaparon sin llevarse más que su secreto.
Con estos elementos, a los ojos de los investigadores la masacre de José C. Paz ya tiene un motivo tan claro como es un ajuste de cuentas. La hipótesis principal es que esa venganza tiene que ver con drogas, con un negocio que salió mal. Es que el hermano mayor de Enrique Valenzuela, el padre de la familia asesinada, está señalado como jefe de una de las bandas de narcosecuestradores —narcotraficantes que secuestran para financiarse— más pesadas de la provincia de Buenos Aires.
Se los conoce como “Los Valenzuela”, tal como lo señaló Clarín en un informe sobre las bandas del conurbano publicado el 7 setiembre pasado. Liderado por Carlos Valenzuela, hermano del asesinado Enrique, el grupo manejaría desde la villa Corea (San Martín) entre siete y ocho bandas menores dedicadas a la distribución de drogas y los secuestros extorsivos. Tendría vínculos estrechos con un secuestrador famoso de la zona norte, el hoy detenido Felix Nicolás “Boli” Díaz.
“Es muy difícil que esto no tenga que ver con drogas. La otra explicación posible es que se haya tratado de algo pasional, pero en el mismo contexto”, señalaron a Clarín fuentes ligadas al caso. “Los asesinos marcaron a las víctimas”, agregaron. “La herida mortal en los tres casos fue una puñalada en el corazón. Y el deguello fue una señal, porque al chico le abrieron el cuello ya muerto. Además, el padre tenía tajos en el pecho formando símbolos que aún no desciframos “.
Fue Gastón Valenzuela (16), el hijo mayor de la familia, el que encontró muertos a Enrique “Quique” Valenzuela (42), su mujer, Roxana (36), y el hijo menor, Eric (14). El chico, que dormía en una pieza edificada fuera de la casa, se levantó a las 9 de la mañana del miércoles y descubrió la masacre. Una firme versión indica que cada uno de sus familiares había recibido 13 puñaladas, aunque otra dice que la cantidad fue despareja.
La casa, ubicada en Alsina 4.400 del barrio Vucetich (en San Martín), estaba toda revuelta. Pero no faltaba nada de valor: las joyas, los electrodomésticos, y hasta una costosa cámara de fotos digital estaban intactas. “Los asesinos buscaron algo que les interesaba, no sabemos qué”, contaron altas fuentes del caso.
Justamente esos objetos de valor fueron lo primero que pusieron bajo la lupa las actividades de “Quique” Valenzuela. Aunque se presentaba como desocupado, el hombre tenía un chalé que sobresalía por su categoría en las calles de tierra del barrio, tenía muchas comodidades y mandaba a sus hijos en remís al colegio. “Y la zona, en el límite con el barrio Frino, está llena de punteros de la droga”, señalaron los voceros.
Luego aparecieron los informes de inteligencia policial que identificaban a “Los Valenzuela” y las sospechas se subrayaron. “El motivo de la visita fue matarlos”, dijo un investigador.
La visita habría sido a las dos de la madrugada. Y habría sido protagonizada por al menos dos conocidos de la familia: ninguna puerta fue violentada y los tres doberman jamás ladraron.
La primera en ser atacada habría sido Roxana, la madre. La mujer, que se dedicaba a hacer y vender tortas, apareció muerta en su habitación. Estaba en pijama, descalza y amordazada. Le pegaron unas 16 puñaladas y la degollaron con una daga.
A Enrique lo sorprendieron en la cocina. El hombre —grandote, tatuado y con el pelo teñido de amarillo— habría sido dominado por un atacante por detrás, mientras otro lo golpeaba —se investiga si además lo torturaron— y lo apuñalaba. Al menos ocho cortes, algunos en forma de símbolos, y el degüello. Eric, el hijo menor, jamás se despertó: le dieron entre ocho y trece puñaladas y después le abrieron el cuello. Se cree que Gastón se salvó por un solo motivo: no lo vieron.
Este contenido no está abierto a comentarios

