EL SIGLO DE BOB HOPE.
Hay figuras que en lo suyo rompen con cierta previsibilidad de los parámetros humanos y Bob Hope es una de ellas, por el increíble número de tareas y responsabilidades que afrontó según pasaban los años.
Pero no es sólo la abundancia lo que provoca el asombro sino la interminable sucesión de triunfos y la diversidad de experiencias que supo acumular, un espectro que va desde el antiguo vodevil hasta la actualidad de Internet. Las notas que siguen tratan de reflejar esa trayectoria así como sus legendarias ocurrencias
Es el quinto de los siete hijos de un albañil y tallador de piedra y de una cantante galesa. Nacido bajo en nombre de Leslie Townes Hope el 29 de mayo de 1903 en el suburbio londinense de Eltham, tenía 4 años cuando la familia se mudó a los Estados Unidos.
Creció en Cleveland sin distinguirse en los estudios, a tal punto que en el barrio lo habían apodado Hopeless (Sin esperanzas). Así que abandonó la secundaria al año y medio de haberla iniciado — “me aburría como una ostra” — y encaró la carrera que había comenzado a los diez, cuando ganó un concurso imitando a Charles Chaplin.
Hubo desvíos, porque antes de convertirse en el astro Bob Hope, fue mandadero, mozo de cafetería, vendedor de zapatos, boxeador amateur con el seudónimo de Packy East (“la nariz no me ayudaba, me embocaban todas”), reportero callejero y empleado de una compañía de automóviles. Con lo que ya ganó lo suficiente para tomar lecciones de baile —sería un zapateador preciso y elegante— e integrarse como partiquino para un show ambulante encabezado por Roscoe “Tripitas” Arbuckle, aquel trágico pionero de la comicidad cinematográfica. Pasaría al vodevil con algún cuarteto y para 1932 aparecería en Broadway con Ballyhoo, seguido al año siguiente por Roberta, que le ganó nuevos y mejores papeles y una esposa, la cantante Dolores Reade, también madre de sus 4 hijos y su compañera de toda la vida.
Desde 1938 fue estrella de su propio programa radiofónico firmando un contrato con la NBC que proseguiría con la televisión y que —uno entre tantos récords— lo convertirían en el único entertainer de los Estados Unidos con más de 50 años bajo un solo empleador.
Al cine llegó a su manera, haciendo una prueba tan desastrosa que —gustaba decir— “cuando lo atrapen a Dillinger, ese robabancos, van a hacer que la vea dos veces como castigo”. Perseveró —la pasividad nunca fue una de sus características— y luego de dos cortos en 1934, debutó en la pantalla grande en la que brillaría en unos 69 largometrajes, siendo, en varias temporadas, el actor más taquillero.
Su filmografía es ciertamente dispar, con varios títulos que no resistieron ya el paso del tiempo sino que eran, podría decirse, fallidos en su propia época. Pero en la mayoría de sus trabajos permanece su imagen pícara de antihéroe, una suerte de hombre común con ingenio y encantadoras carencias humanas: ni muy valiente ni demasiado apuesto, capaz de salir adelante en la adversidad, de actitudes entre ridículas y deliciosas pero siempre divertidas. Y de vez en cuando hasta se quedaba con la chica, salvo en las Roads, las películas de caminos que coprotagonizó con su amigo entrañable Bing Crosby. A quien le dedicó algunas de sus alusiones y bromas más sangrientas, tal vez una revancha inconsciente porque Crosby era el que siempre se iba con la cimbreante Dorothy Lamour.
Pero Hope también podía ser melodioso como en Sorpresas 1938, donde entonando Thanks for the memory, que se convertiría en su caballito de batalla por décadas, se ganara un Oscar. Lo que él, que presentaría el galardón en 20 oportunidades permaneciendo en el recuerdo como el mejor y más ocurrente maestro de ceremonias, insistía en que nunca pudo lograr. Parcialmente cierto, lo distinguieron no una sino cinco veces con un Oscar especial.
Se lució en El cabo raso (1941), La caradura (1943), El cofre del pirata (1944), Monsieur Beaucaire (1946), Dejada en prenda (1949) y particularmente en Mis siete hijos (1955) y El alcalde de Broadway (1957), donde personificaría de manera verosímil (al margen de la verdad histórica), a Jimmie Walker, político de la corrupción y el espectáculo.
Pero donde alcanzaría rango de un acontecimiento mundial con El carapálida (1948), como Peter Potter, un ser urbano y refinado encajado en el Salvaje Oeste y en los brazos de su espectacular partenaire Jane Russell. Escenario y situaciones casi idénticas a Los nuevos ricos, que fue filmada en 1950, con otra amiga, Lucille Ball, y como un actorzuelo fracasado y mayordomo de ocasión.
Por aquellos días se presentaba en vivo en el Paramount Theatre de New York y pudo escuchar a un cantante prometedor y desconocido, Anthony Dominic Benedetto. Le gustó tanto que lo invitó a sumarse al elenco y, de paso, lo rebautizó Tony Bennett.
Con la misma generosidad contribuyó con dinero y esfuerzo para cuanta causa lo exigiera y actuó para las tropas en la Segunda Guerra, Corea, Vietnam y el Golfo, acumulando un millaje superior al de cualquier piloto de combate. Recipiente de la máxima condecoración, la Medalla de Honor del Congreso, podía exhibir cuanta distinción concediera su país, incluyendo el título de Veterano Honorario votado por unanimidad en ambas cámaras legislativas. “Sí, podría usar más medallas que un mariscal soviético pero no lo hago porque arruinarían mi increíble elegancia”.
Ganó millones que aumentó con un impecable sentido de los negocios permanentemente informado y actualizado, como que a los 97 años aún observaba la marcha de su sitio oficial en Internet. En esa página, se comercializan sus discos y los de Dolores o algunos entre la docena de libros que supo escribir con colaboradores tan valiosos como Preston Sturges, Jerome Chodorov, Melvin Frank, Norman Panama o Melville Shavelson.
Y sin embargo, nunca consiguió lo que más ansiaba, porque si bien logró en por lo menos seis oportunidades embocar un hoyo con un solo golpe, jamás ganó un torneo mayor de golf.
Hubiera sido demasiado.
Este contenido no está abierto a comentarios

