EL TANGO, SIN BANDONEÓN
Desde su pionero inicio, en 1996, el Tangosommer Festival -un ciclo de conciertos y milonga al aire libre organizado por Raimund Schlie, uno de los más activos referentes tangueros de Berlín con el auspicio de la embajada argentina en Alemania- ha llegado a instalarse como un verdadero punto de encuentro para los berlineses amantes del ritmo porteño, quienes, con los atuendos más emblemáticos de la mitología arrabalera y sus lustrosos zapatos de baile en mano, acuden puntualmente cada año durante julio y agosto a este popular evento del palacio Podewil. “Por un lado -comentó Schlie a LA NACION acerca de ese furor rayano con el fanatismo con que los alemanes se acercan al género-, el tango es la forma artística sudamericana más impregnada del espíritu europeo y, por ello, la más fácilmente adaptable a nosotros. Por otro lado, el tango satisface el anhelo de eso que carece nuestra cultura: la emoción y la sensibilidad. Una mezcla que a los alemanes nos gusta llamar exótica.”
En el balance de la última temporada, especialmente se destacó el Trioplatense, agrupación dedicada al repertorio de Piazzolla e integrada por el pianista Hugo Aisemberg (fundador del Centro Astor Piazzolla en Italia), su hijo Juan Lucas en la viola y el uruguayo Diego Zecharies en el contrabajo. Curiosamente, con la ausencia del típico color del bandoneón -una voz irrenunciable para los alemanes más estrictos si de verdadero tango argentino se trata- pero con el aterciopelado lirismo de la viola, más una distribución de partes protagónicas y de virtuosismos instrumentales propia de un auténtico ensemble de cámara, el trío exhibió la solidez y la materia prima hecha del sonido que distingue a una formación académica. Sincronización, ataques limpios, profesionalismo sin sobreactuaciones y ninguno de los amaneramientos con que suele abordarse, al menos cuando se lo hace bajo la fórmula de clichés, la cada vez más presente música del genial bandoneonista. Nada de vicios en el catálogo de efectos de este ensemble bautizado con el representativo nombre del Río de la Plata, aunque, en realidad (aclara Juan Lucas), él haya nacido por uno de esos azares del destino a orillas del romántico Danubio. Al finalizar el ciclo, el violista argentino -nacido en Budapest, crecido en Italia y desde hace 10 años miembro de la Orquesta de la Deutsche Oper de Berlín- dialogó con LA NACION.
-¿Qué prejuicios hay respecto del tango sin bandoneón y su garantía de autenticidad?
-¡En Berlín nos señalan como a “¡esos que tocan Piazzolla sin bandoneón!” Para nosotros, existen varias direcciones en esa idea. Primero: comenzamos nuestro trabajo en Italia, donde (a diferencia de Alemania, que es el país que inventó el instrumento) no hay buenos bandoneonistas. Segundo: queremos universalizar el género y mostrar que sin bandoneón el tango también existe. La tercera idea es que, dado que Piazzolla grabó todas sus obras, la imitación y la comparación son casi inevitables. Al entregarle su parte a otro instrumento -en el caso del trío casi siempre a la viola- evitamos eso y aunque toque la misma línea, estoy más libre porque mi instrumento tiene otro sonido. Muchos grupos se lanzan exactamente con la misma conformación del quinteto de Piazzolla y aun con los mismos arreglos. Eso es mortal, porque es como haber nacido perdiendo. Nuestra decisión, en parte, es una ventaja.
-Como ventajas más inmediatas aparecen quizás el lirismo y el legato de la cuerda…
-La viola jamás podría lograr la fuerza rítmica del bandoneón, ni su ataque, ni su capacidad armónica (él puede tocar varias notas al mismo tiempo, en tanto que la viola sólo permite dos). Sí en cambio consigue resaltar lo “cantabile”, por eso trato de valorizar ese aspecto. Menos ritmo pero mayor lirismo, creo que es eso lo que mejor impacta de nuestro grupo.
-Viniendo de una orquesta sinfónica, ¿este repertorio te plantea alguna particularidad técnica específica?
-Quizás hay que tocar más “glissandos” (resbalando) y hacer cosas del violín que son difíciles para la viola, pero lo más desafiante es que al tomar las líneas del bandoneón y del violín, me tocan partes virtuosas para las cuales debo prepararme muy bien.
-¿Cómo trabajaste el estilo para evitar sonar demasiado “clásico” (como a veces se critica)?
-Cuando empecé a tocar tango, tocaba lo que estaba escrito sin cambiar nada… todo muy lindo, pero demasiado preciso. Con los años sentí la necesidad de liberarme de esa cuadratura clásica y empecé a estudiar improvisación y ese trabajo logró liberarme de los compases. Ahora, si bien también toco lo que está escrito, puedo agregar algunas cosas, seguir la melodía poniendo mis propias “fiorituras” (ornamentos) o haciendo “rubatos” (libertad en el tempo), alargando en algunos compases y recuperando en los próximos, cantando con mayor comodidad sobre la base armónica, etc… Pero hay algo definitivo en la cuestión del estilo y es que es obvio que hoy hay mucha gente que hace Piazzolla, pero nosotros lo hacemos desde hace décadas. Yo nací y crecí escuchando esto. Mi padre fue el primer pianista argentino que, ya en los 60, integraba a Piazzolla en sus programas de conciertos clásicos, algo inusual para lo que se necesitaba coraje y convicción. Para mí, esta música es algo que viene muy de adentro y siento que con Trioplatense hemos logrado, sin traicionar a nadie, tener nuestro lenguaje propio. Esto es Piazzolla, pero también somos nosotros.
Luego de quince años sin regresar al país, recién en los 90 los Aisemberg, con su grupo Novitango, retomaron el contacto con la Argentina por iniciativa de Juan Lucas, quien, no obstante haber crecido con su amor a la distancia, dice bastarle cualquier excusa para volver. “Para mí, tocar en la Argentina es siempre una fiesta.” Mientras tanto, está en camino la segunda edición de su cuarto disco, “Vayamos al diablo”, grabado con el sello berlinés Oriente-Musik y presentado recientemente en esta capital con el auspicio de la embajada argentina, en el complejo Dussmann, el mayor centro cultural-comercial de la ciudad.
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