El vasco de la carretilla
La primera vez que oímos hablar del Vasco de la Carretilla fue en Misiones. La segunda se apareció en forma de libro que rememora sus epopeyas en un lugar que ni el Vasco se hubiera imaginado: Punta Arenas, en Chile. Ahora, frente a la escultura que rememora a uno de los habitantes más queridos de Piedra Buena, en la plaza que lleva su nombre, con el viento del mar rajándonos la piel, experimentamos la necesidad de transmitir esta historia; nada común, como sí lo era su protagonista.
Guillermo Isidoro Larregui, un inmigrante de Euskady, no fue un político importante, un filántropo benefactor, un fundador reconocido, un cura conquistador, un intendente destacado ni un héroe de guerra. Nada que amerite –según la vara que utilizan los pueblos para elegir a sus próceres- que la principal plazoleta de una de las avenidas centrales de este pueblito lleve su nombre. Apenas un empleado despedido de una subsidiaria de la Standar Oil ¿Y qué fue lo que hizo el vasco, entonces?
Antes que nada –y esto es más importante que su hazaña- Larregui era un hombre de palabra. Tanto que, para cumplir con una promesa-desafío hecha entre amigos que mataban el tiempo, dijo que iría empujando una carretilla desde Comandante Luis Piedra Buena hasta Buenos Aires. Nada. Nomás unos 2.500 kilómetros. Para cualquier mortal, un imposible, una locura. Para un vasco convencido, una ganga.
En los últimos días de marzo, apenas cinco jornadas después de haber empeñado su palabra, el Vasco consiguió que un amigo le adaptara la carretilla para que pudiera guardar allí unas pocas provisiones y una infraestructura mínima y salió. En rueda de amigos había puesto en duda la grandeza de algunos expedicionarios porque andaban en avión o en auto. Algo así como “de ese modo va cualquiera”. Y ahí nomás, sin una moneda de apuesta de por medio, se largó a la ruta.
14 meses después llego a San Vicente, en la provincia de Buenos Aires. Los diarios de la época. Como Crítica, le dedicaron unas cuantas páginas a la proeza y hasta algunos días, el Vasco estuvo en boca nada más y nada menos que de todos los porteños. Dicen que tenía las manos callosas y endurecidas como el cemento. Pero Larregui era Vasco, ha quedado dicho, de modo que tiempo después, preparó otros raids, por la provincia de Buenos Aires y también por el norte.
Las pertenencias del Vasco, según cuentan, están guardadas en el museo de la Basílica de Luján, y alguna vez, con una crecida del río, se perdieron elementos importantes. Pero su epopeya está guardada en el corazón de su pueblo a punto tal que, la magnitud de la fotografía de la escultura que le erigieron, es prueba cabal de ello. Además, cualquier habitante de la zona que se precie tiene que oír un día de sus mayores, por tradición oral, la cantinela del Vasco de la Carretilla.
En Piedra Buena, acaso para atribuirle condición de mito a uno de sus habitantes más queridos, dicen que “nadie supo más de él”. Sin embargo, en Puerto Iguazú, bien lejos de aquí, recuerdan que un día el Vasco de la Carretilla llegó y se hizo una casita de latas de cerveza en el Parque Nacional, cerca de las Cataratas, donde paseaba a la gente por el lugar, hasta que la privatización sacó a él y a su casilla.
En Punta Arenas, es una pena que a esto no lo vaya a saber nunca Larregui, 70 años después de su gesta, encontramos un librito de una autora porteña que narra su historia, escondido en la biblioteca poco frecuentada y menos nutrida de un hostel de viajeros casi siempre gringos, casi como una casualidad, o como una causalidad que nos condujo irremediablemente a investigar más sobre esta historia, de un modo obstinado. A la vasca.
Este contenido no está abierto a comentarios

