ELENA HIGHTON, UNA MUJER DE BAJO PERFIL QUE SIEMPRE SOÑÓ CON LLEGAR A LA CORTE
Elena Highton tiene la pinta de chica aplicada. A los 61 años llegó a la Corte, y si todo marcha bien se jubilará en ese puesto, el más alto al que podía aspirar. Pasará a la historia como la primera mujer en arribar al máximo tribunal en democracia. Elegida por el Presidente y aprobada por el Senado.
Highton ocupará el despacho de un juez menemista destituido, Eduardo Moliné O’Connor, aunque reducido en sus ambientes. Nuevos tiempos corren en la Corte. Llevará pocas cosas. Apenas las fotos de sus seres más queridos —su esposo y sus dos hijos de treintaypico—, los cuadros que le regalaron amigos pintores no famosos, una planta y los libros que mantiene en su despacho de camarista. El grueso de su biblioteca está en casa, a salvo de eventuales derrumbes como el que amenazó el viejo edificio del fuero civil en la calle Paraguay hace unos años. Siempre los libros. Los libros de Derecho, su pasión.
Ella es capaz de ir a la cama a las 4de la mañana, mal que le pese a su marido de toda la vida, Alberto “el Negro” Nolasco. ¿Por qué? Porque se queda hasta esas horas escribiendo en la computadora artículos que después entregará en revistas especializadas. Porque puede empezar o terminar de redactar una sentencia en su casa. O porque puede navegar por Internet para buscar jurisprudencia.
Viaja todos los días a Tribunales en remís desde Palermo. Vive a una cuadra del Botánico y a dos del Zoológico. Llega a las 9. Y se va a las 8. El auto es cosa de su marido, el médico. Ella no sabe manejar. Casi doce horas por día pasa, entonces, esta mujer resolviendo juicios civiles o atendiendo cuestiones de su agitada vida extra—tribunalicia, también vinculada al Derecho. Desde reuniones en la Asociación de Magistrados hasta encuentros de la Asociación de Mujeres Jueces.
Casi todo para ella es el Derecho. Curioso en una mujer sin antecedentes familiares en el aburrido arte de las leyes. El abuelo que le dio el apellido inglés había llegado al país atraído por las vacas. Venía de administrar aserraderos en Canadá y ahora le tocaba un frigorífico en Argentina, que se mostraba orgullosa a fines del siglo XIX.
Ella también eligió el frío, pero no el de los frigoríficos sino el que adquieren los oscuros pasillos tribunalicios cuando nadie más los camina, cuando sólo queda el juez abnegado que llega tarde a su casa. Sabe que no está sola, que son varios, y que son la mayoría. Pero una de las aspiraciones que tiene para su nuevo cargo en la Corte es la de contribuir a revertir la mala imagen de la Justicia. De su abuelo aprendió el inglés. Y hoy casi lee tantos libros en inglés como en español.
Ella dice que no la sorprendió la elección del presidente Néstor Kirchner porque su nombre daba vueltas hacía rato. Pero jamás se imaginó que la propondría un peronista y de las características de Kirchner, a quien vio una vez: el día que le ofreció el cargo. Una de sus amigas fue en pijama esa noche hasta su casa para celebrar la buena nueva. En la intimidad festejó sobriamente lo que siempre le pareció imposible, pero por lo que había trabajado toda su vida. Ser juez de la Corte.
Highton no sabe por qué se inclinó por la Justicia. Como todo juez, sospecha que hay en su naturaleza un don para resolver conflictos, para tender al equilibrio. No es de Libra, aunque así se llame la Fundación en la que trabajó para impulsar la mediación en el fuero civil, un proyecto tan imposible como el de llegar a la Corte, pero que hace años ya es una realidad. Es de Sagitario.
Casi todos sus amigos son de Tribunales, o del mundo del Derecho, el suyo, o del de la medicina, el de su marido. Una de esas amistades es su colega Gladys Alvarez, también jueza en lo civil y con quien a veces —menos de lo que quisiera— comparte el deporte que la desenchufa y la mantiene en forma, la natación. Es capaz de nadar 50 largos en GEBA, a unas 10 cuadras de Tribunales.
Pero los fines de semana son sagrados. Sábados y domingos, siempre y cuando el tiempo lo permita, nada religiosamente sus 50 largos en la pileta del Club Ciudad de Buenos Aires, el ex Muni, en Núñez. Mientras ella bracea y toma el aire para el siguiente impulso, su marido le pega a la pelotita con una raqueta. Más que el tenis le gusta compartir un partido con sus amistades. Ella, en cambio, nada en la pileta, sola. No fuma, sino sería imposible. Pero no le molestan los fumadores.
Cosa curiosa: no es juez penal, pero le gustan los libros y las películas de misterio o, mejor dicho, de suspenso. De vez en cuando un drama en el cine. Pero la TV sólo existe para ver películas. Nada de novelas o unitarios. En los últimos meses hizo un poco de zapping. Le interesaba chusmear qué decían los noticieros sobre su candidatura. Escuchó que la definían como “conservadora”. Y que la criticaban porque dicen que dijo que estaba a favor del aborto. Cuando entró a la Justicia en 1973, como defensora oficial, había algunas empleadas mujeres, pero muy pocas juezas: 31 años después, está más repartido, sobre todo en su fuero, el civil. Está ante la posibilidad de su vida: la de ayudar a cambiar las cosas desde un lugar de poder. Pero eso pasará a un segundo plano si llega a ser abuela, el deseo de toda madre.
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