En algo nos parecemos
Desde el patio de una casa amiga se ve el río Paraná. Desde las olas más o menos calmas del río Paraná se refleja la ciudad de Encarnación. Desde la segunda ciudad del Paraguay se cuelan productos que van desde corpiños hasta filmadoras digitales, encendedores o autopartes.
Sin embargo, los que viven en Misiones saben que a veces no es necesario ir del otro lado de la frontera para comprar. Posadas tiene su propio mercado. ¨La Placita¨ se llama una porción de terreno que ocupa menos que una manzana y en la que se factura más que en un shopping. Los posadeños no quieren parecerse a los primos de Encarnación.
Son pleitos ya conocidos entre ciudades cercanas o fronterizas que, como las mellizas, íntimamente se saben tan parecidas que acaban por pelearse. Y de tanto perseguir la diferenciación terminan semejándose. Dicen que eso se ve al dedillo en el mercado La Placita. Es una romería en la que se venden cigarrillos importados de Ciudad del Este a sesenta centavos, sesenta pilas a ocho pesos y, aunque no estén en las ofertas de las vidrieras, seguramente almas de contrabandistas avalados por herramientas de un estado desertor.
Un hombrote regordete da la bienvenida ofreciendo relojes en la entrada. En los pasillos no se ve la mano de ningún Gaudí, ni siquiera un arquitecto de menor rango. Es una tierra de nadie poblada por sobrevivientes, con techos por los que desciende la mercadería, en pisos donde se levanta mercadería, de paredes en las que se cuelga mercadería. De tantos colores por poco no se ve ninguno y de tantos sonidos nada se escucha.
Almanaques, Baldes, Cueros, Dentífricos, Enaguas, Fantasía, Gorritos, Huevos pelados (sí, huevos duros, listos para consumir), Inciensos, Jabones, Kimonos, Lámparas, Llaveros, Mocasines, Nardo, Organitos, Pomadas, Quiniela, Relojes, Sandalias, Telas, Uñas de gato, Videos, Whisky, Yunques o Zapatillas dan vida al diccionario de la Real Academia de la Clandestinidad.
Los pasadisos pasadisos del circuito que no figura en las agencias de turismo huelen a comida chatarra y los vendedores cazan a los transeúntes con tenacidad. Es imposible entrar a ¨La Placita¨ y no llevarse un souvenir.
-¿Cuánto valen esas zapatillas?
-50 pesos, señor.
-Muchas gracias…
-Pero se las dejo a 30, señor…
Al mercado de la Placita le anda rebasando la impunidad y le están escaseando lugares. Será por eso que la venta llega hasta la calle. Un hombre que parece haber vivido cientos de vidas ofrece equipos musicales sin que le importe que está por cruzar un colectivo gigante. Como si nada, un parroquiano, con la cabeza debajo de un sombrero paraguayo apura una Quilmes y un policía hace la vista gorda. Mientras, como queriendo acelerar el transcurrir de su turno, el uniformado mira la hora en un reloj que bien pudo habérselo comprado al hombrote regordete de la puerta.
Habrá que darle la razón a los que dicen que -en rincones como éstos- Posadas se le parece a su vecina Encarnación. Mejor será ir a comprobarlo. Pero hoy es domingo y, si hasta Dios está descansando, ¿por qué no lo dejamos para mañana? Así será.
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