En el nombre del padre
Cada vez que el cuenta kilómetros da media vuelta en el azaroso recorrido de un cronista que a veces ambula y en otras deambula, se corrobora que la lógica, como quien no quiere colaborar en una patriada, se corre siempre a un costado. Ayer, bien se hubiera zanjado el día con la historia del kiosco de Pecorari, en Posadas, que jamás cambió de nombre. Sin embargo, unos kilómetros más adelante de la Ruta 12 se apareció Santa Ana.
Aun cuando su vecina San Ignacio se ha ganado toda la fama, fue ese sitio el más grande asentamiento jesuita, entre los quince que se establecieron en la Argentina.
Desde 1767, cuando los muchachos de la compañía de Jesús fueron expulsados del territorio, sobrevive la impronta religiosa en muchas casas de Misiones y resiste la ruina de Santa Ana, ahora con la ayuda de la Unesco, que en 1984 la declaró Patrimonio de la Humanidad.
Si es que la ‘la organización vence al tiempo’ a eso están abocados en Santa Ana. Ese gran campo verde, que tantas veces vio pelear a los bandeirantes con los guaraníes y a éstos obedecer a los jesuitas, tiene bien puesta a resguardo su historia, que rememoran guías bien entrenados.
Los curas se tuvieron que marchar antes y no llegaron a ver los timbó, laureles, ombúes, anchicos, cedros, ybajay, espinas coronas o inciensos que se plantaron en la zona. Sin embargo, el contraste de colores entre el ladrillo gigante puesto a bajo costo de mano de obra guaraní y el verde furibundo de las especies, crean un paisaje tan atractivo que harían tentar a cualquier sacerdote sacrificado a intentar un retorno.
Hasta los más antiguos personajes del pueblo se quisieron quedar a morir allí, porque la ruinas de Santa Ana, hasta 1910, también fueron el cementerio donde hasta hoy están sepultados los primeros pobladores gringos.
Los guaraníes viven en otras partes de Misiones, en reducciones a la nada que son menos que las reducciones de los jesuitas, pero por fortuna han cambiado una modalidad. Antes no se les permitía ir a la escuela a quienes no fueran hijos de cacique. Ellos serían los futuros gobernantes -se reflexionaba casi como en estos tiempos- y no sería conveniente gastar educación para los que nunca la iban a poder utilizar.
También se cuenta que los guaraníes no eran amigos de cosechar pero los jesuitas eran buenos para persuadir, aunque nadie revela los métodos en este paraíso.
Desde Santa Ana, porque de algo había que vivir, mandaban a Santa Fe todo el remanente de la producción con un sistema que resultaría novedoso hasta en nuestros días. Construian balsas de troncos tan grandes que no cabrían en un estadio de fútbol y, río abajo, enviaban yerba, mantas, ponchos, muebles y lienzos. Pero además, desarmaban la balsa, comercializaban los troncos y regresaban a caballo, algo que no se le hubiera ocurrido jamás ni siquiera a toda la caterva de capitalistas salvajes que estudiaron en Harvard.
Todo lo que se dice en Santa Ana entra por los oídos y llena el conocimiento. Todo lo que se respira entra por los poros y repleta el cuerpo cansado de la siesta.
Las escaleras redondas de las ruinas de Santa Ana, únicas de ese estilo entre las otras reducciones, esas que ahora sostienen a un cronista anodado, sintieron el paso de los pobladores curtidos que hacían el Abá mbaé -producción para el hogar- y el tupá mbaé (cosas de Dios), una suerte de cobro de impuestos a la antigua, que servía para sostener a las mujeres solas, como así para aportar a la educación y a la mantención de la iglesia o la cultura.
Ya es hora de que el cuenta kilómetros vuelva a marcar. Santa Ana se deja para sí su testimonio políticamente polémico y su belleza irrefutablemente única. La tarde se lleva al cronista rumbo a la costa del Uruguay, a San Javier, un sitio donde bueno sería empezar a buscar donde pasar la noche.
Oficio de vivir
Guía y artesano, Oscar pasea a los visitantes y ofrece su obra. Rostros guaraníes tallados y figuras de caburé. Misiones vive de leyendas y cuentan que hay que tener a mano una pluma del ala del caburé para que a uno le vaya bien con el dinero y otra del pecho, para gozar del amor. Aquí me llevo dos.
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