En la guerra de los Egos, habría un principio de acuerdo
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El ego, como auto- enaltecimiento del “yo”, es tan común como el miedo y la inseguridad en el ser. La estética – como “esta-ética”- devela al ego como ordinario, miserable… grasa. Nos pasa, te pasa, me pasa. Es parte de la cotidiana vida de confusiones en ese fin último que es ofrecer un bálsamo a la angustia omnipresente de la existencia.
No importa, aquí, la culpa de “quien la empezó”, sino la responsabilidad de “quien la termina”. Cualquiera de los gobernadores –en funciones o electo- decide salir del modo electoral absurdo de desear lo que ya se tiene: el Poder. Mejor dicho, el gobierno, el control administrativo del Estado, que puede ser poco relevante cuando la sociedad marcha, pero determinante si la comunidad está en un momento crítico, con urgencias y desarticulada en su cotidianidad.
El divorcio de la clase política con la realidad, resalta los egos ante la inseguridad que produce en los dirigentes su capacidad de estar a la altura de los acontecimientos. La patología es el desconcierto ante el “hacer” y el síntoma son los egos alterados para “parecer”.
Lifschitz
El Ingeniero fue el Gobernador más activo en cuanto a obras y gestión pública de los tres socialistas que accedieron a la Casa Gris. Esto se puede medir en números, aunque son esos números los que se completan con una gestión de 12 años del Frente Progresista, coronado por cortes de cintas demasiado flemáticas para los tiempos de, por ejemplo, los nuevos hospitales de la provincia.
Nadie puede alegar su propia torpeza y por eso es que el actual gobernador siquiera lo hace y descarga su mala predicción sobre la vuelta del peronismo. La derrota del socialismo fue impecable en la sucesión de errores que construyó una estrategia sin fisuras para perder. Lifschitz fue por su reelección y se encontró con fuego amigo en legislatura. El Jefe de la Cámara de Diputados, Antonio Bonfatti, quemó las velas para que el proyecto no navegara y, finalmente, fracasó. La reforma, sin reelección inmediata del actual gobernador hubiese sido cercana al bronce, pero hubiese conducido a Bonfatti al triunfo. Lifschitz devolvió gentilezas dejando que su propio ego lo traicione. No hay certezas de hizo campaña para perder, pero sí de que no existió una sincronía con el candidato para ganar. No soy yo, tampoco vos.
Los amantes del personalismo en la política definen la movida del gobernador como brillante. Se quedó con el liderazgo del Frente y de su partido. El detalle es que el Frente es una acumulación de sellos, desalineados, pegados con saliva y el socialismo va decantando hacia lo que es la lógica nacional de los hombres y mujeres de la “Rosa”. Volver a ser espectadores y críticos del cine que hacen otros en el gobierno.
Algún buen amigo podría retornar al ex intendente de Rosario a la realidad, ponerle un espejo enfrente y darle un cachetazo para que retorne a ser Miguel.
De no ser así, la oposición que practicará el sector tendrá que ver con su propia vuelta, como lo que ya esbozan algunos talibanes de su entorno que ya hablan del fracaso de Perotti aun sin haber asumido. La lógica troska de “cuanto peor mejor” amenaza con ser parte de la política por venir.
¿Todos unidos?
Lo de Perotti era de prever, llega al gobierno con un rejunte no sólo de facciones políticas sino también de grupos de poder absolutamente distintos. En el caso del rafaelino su ego feroz está sobreactuado y es hasta es funcional. Necesita mostrar que manda y comanda y para eso tiene que dividir para reinar. El Perotismo es el sector más débil del gobierno de Perotti y la cola en busca de chapas da dos vueltas a la manzana de la Casa Gris.
Los ismos ya no son sectores, solamente, nació el “banquismo” que, sobre todo en senadores, es un nuevo grupo de interés de los próceres departamentales que culminan dando su aporte, inestimable, a la mediocridad de la política egolatrizada.
El rafaelino fue conformando un gabinete celular, en el que apunta – el mismo- a ser el único vaso comunicante entre todos los niveles. Cómo era de esperar, la primer derrota política de su heterogeneidad de intereses fue de puertas adentro del peronismo, que le marcó la cancha.
El gobernador, a un mes de mudarse a la legislatura, envió el presupuesto al Senado y fue el propio peronismo más escamoso el que aprobó la ley que lo deja al propio Perotti sin poder determinar la distribución de los recursos para su primer –y decisivo- año de gobierno.
Una jugarreta de la interna peronista, pero también un coqueteo de Lifschitz con los límites de los principios republicanos. Alfredo Palacios, gran cirujano él, no se hubiese atrevido a encarar tamaña operación. Y otra vez la foto. En la era de las selfies, se juntaron los dirigentes peronistas provinciales para decir wiski, aunque el piamontés solo les garantizó un vaso de agua – semi vacío.
Lo tiene a Busatto con gran juego nacional por ser uno de los primeros comensales del Grupo Callao de Alberto. Rossi, con un Ministerio y una astilla clavada en su vértebra ancestral de no haber consolidado poder por sí mismo. El fantasma de Massa representado por un operador con gran capacidad de daño en la Justicia. El obeidismo residual que le dará su gran aporte de cuadros técnicos, pero de juego en el peronismo, poco y nada. El sindicalismo acompaña pero espera, ahora, ordenes de Buenos Aires.
Perotti está obligado a construir el perottismo para gobernar, los primeros chirlos ya se los ligó antes de asumir y siquiera pudo levantar la voz para que sea escuchada. No tiene interlocutores de peso en el Senado, menos aún en Diputados. En la Justicia sólo puede jugar con fichas ajenas y carece de cuadros jóvenes propios.
A todo esto se acerca fin de año… ya viene navidad y la mesa no está servida en los hogares santafesinos. No será un fin de año fácil para el rafaelino que no podrá ni probar su sillón ni redecorar el despacho. Ya no se trata de justicia social, ni soberanía política, mucho menos “patria o muerte”. Se trata de pagar los sueldos estatales y el aguinaldo en un contexto de recesión económica sin precedentes en el país.
El gobernador entrante tiene ahora la responsabilidad, pero debe decirse que la política está jugando con fuego. Los políticos profesionales están malversando su rol. Ocupado en “otras cosas”. No huelen el aroma a azufre que viene del otro lado de la cordillera, ni el denso aire que baja del altiplano.
Los ombligos inflamados pueden ser inocuos para quienes lo tienen, pero claro está – y la historia lo muestra y demuestra- las consecuencias la paga la masa y, poco a poco, la democracia pierde legitimidad como sistema y popularidad entre la ciudadanía. El modo electoral parece no tener fin y la idea del “futuro constante” hace perder de vista el presente. Presente oscuro y urgente que va por colectora a una velocidad mayor que la flema con la que se mueve la dirigencia por la vía principal.
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