En la mina; pero sin minas
Dióscoro, un griego que vivió alrededor del Siglo VII de nuestra era, no era uno de los mejores muchachos de la barra del Partenón ni de ninguna otra de la zona de Atenas. Nada de eso. El tipo tenía un carácter bastante podrido y solía descargar su ira contra Bárbara, su bella hija, que además de ser hermosa, creía en Dios, como deben hacerlo las buenas chicas y como no hacía Dióscoro, que seguramente, si hubiese sido creyente, no hubiera sido tan jodido.
Lo cierto es que Dióscoro, además de negar al Señor, quería que todos hicieran como él. Por eso, cuando se enteró que Bárbara se dejaba seducir por la Biblia, mandó a que la encerraran en un castillo donde sólo había dos ventanas hacia el exterior. Pero la niña mandó a construir por los peones una ventana más, porque tres le recordaban a las tres personas divinas de la Santísima Trinidad y eso le resultó fatal.
Dióscoro ordenó que algunos lacayos le cortaran la cabeza con una espada a su propia hija. Y no contento con ello, como buen blasfemo, presenció el acto. Eso fue lo último que hizo Dióscoro. Cuando bajaba del bosque donde dieron muerte a Bárbara, una tormenta inesperada depositó un rayo en la cabeza de este mal padre, quien cayó fulminado al piso.
El capricho de Bárbara, de no aceptar la imposición de su padre de casarse con algún pagano o un no creyente acabó con ambos muertos y con el nacimiento de una leyenda. En 1448, un holandés que se prendió fuego “por causas que se tratan de establecer” salvó milagrosamente su vida invocando a Bárbara, de modo que se corrió la bolilla y pronto empezaron todos a pedirle que los salvara del fuego.
El Vaticano no tardó en comprobar los milagros de esta víctima de la violencia doméstica y la santificó. Desde entonces, la gente le reza para liberarse de las tormentas y los que trabajan con fuego, como los mineros, o los astilleros o los bomberos, la han adoptado como su Santa predilecta y le piden que los proteja. Pero ella –mujer al fin- dicen que es bastante celosa y no quiere que nadie más que ella ingrese a la mina.
Es por eso que las mujeres no pueden ingresar jamás a esos canales subterráneos. También porque dicen que “la” mina, cosas del género, es femenina y no quiere que sus hombres anden con otras los días que bajan a sacarle el carbón. Pero los 4 de diciembre la cosa cambia: todo el pueblo celebra a Santa Bárbara y ella se pone buenita y deja que las minas bajen a la mina.
No es para menos. Le organizan procesiones, llevan su imagen hasta el monumento al minero y beben muchas copas en su homenaje. Le erigen altares y la celebran para que haga la vista gorda por ese día. Al finalizar la jornada, las mujeres deberán esperar otro año para poder ingresar si desean hacerlo. El 14 de junio del año 2004, 14 mineros murieron asfixiados por un accidente en la mina. Es que, parece que Santa Bárbara, la milagrera, no puede con los rayos de la inseguridad que dejó caer el gobierno.
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