EN LA PLATA, EL FÚTBOL DIJO PRESENTE SOLAMENTE EN LOS PRIMEROS 25 MINUTOS DEL PRIMER TIEMPO
El día en que el viejo maestro y uno de sus alumnos predilectos se enfrentaron por primera vez como entrenadores de equipos inexpresivos y en plena búsqueda de sus estilos, pasará inadvertido en el historial. Porque salieron a jugar el segundo tiempo sin atrevimiento, exhibiendo tanta disciplina táctica como falta de ideas para generar goles y así, en medio de la nada, terminaron justificando un empate cerrado y aburrido.
Quedará para recordar que hasta allí el Estudiantes de Carlos Bilardo proseguía invicto tras cinco partidos, con cuatro empates continuados, y que el Central de Miguel Russo se conformaba con juntar otro punto más, importante para sus urgencias de entonces. Quedarán apenas datos relevantes para la estadística y nada de fútbol.
No parecía sin embargo tan mala la presentación del juego. Es que de movida los jugadores que trajinaban por la mitad de la cancha encontraron espacios libres, callejones por los que accedieron hasta las últimas líneas los laterales de uno y otro equipo generando breves pasajes atractivos. Quizá si Ezequiel Maggiolo no se asustaba cuando la pelota le quedó justita para someter a Gaona a los cinco minutos, y que terminó resolviendo sin convicción con un disparo a las manos del arquero, el pleito hubiese ofrecido otra respuesta de parte de Central que no fuera la excesiva rotación lejos del arco del rival.
A la vista, espaciadamente, los visitantes lucieron decididos a mover la rígida defensa rival con largos y altos pases a las esquinas, adonde partían a buscar Figueroa o Delgado, según el costado. Cuando el juego se insinuaba interesante —no habían transcurrido más de 25 minutos—, de pronto, imprevistamente, comenzó a cerrarse. Una de las razones de la baja de tensión en los rendimientos colectivos habría que buscarla en la falta de “sociedades”. Más lo sintió Central, porque fuera de circuito el tándem Messera-Barros Schelotto-Vitamina Sánchez, la generación de posibles llegadas quedó reducida a pases cantados o devoluciones imprecisas.
Estudiantes tuvo menos fútbol que su rival pero más voluntad, mayor decisión para llegar hasta el área de enfrente con el compromiso de forzar faltas. Con el partido en plena pendiente aparecieron los sustos, uno para Estudiantes —cabezazo involuntario de Pavone que pegó en el travesaño de su arco— y otro para Central —tiro libre de Pompei, cruzado y abajo, que devolvió el caño izquierdo sin que nadie atinara a empujarla para quebrar el cero.
Lo peor sucedió después de las cuatro y media de la tarde —encima ya hacía frío—, cuando empezó el segundo tiempo en donde, literalmente, los técnicos decidieron bajar la cortina. El desarrollo del juego se apretó en la mitad de la cancha desde donde nunca volvieron a aparecer los chispazos de la primera parte, a pesar de las muy saludables intenciones de Carrusca y del valor agregado del metro noventa de Carbonari a la hora de devolver cuanta pelota le pasara cerca. Si hasta el árbitro Roberto Ruscio prosiguió con su desacertado recital de silbato, afeando lo poco de bueno que le quedaba al partido.
Poquito y nada de aquél domingo en que el viejo maestro y su buen alumno se cruzaron con sonrisas amistosas y cero de fútbol.
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