EN LAS MONTAÑAS DE PAKISTÁN, TRAS LAS HUELLAS DE AL QAEDA
Un enviado especial de Clarín recorrió la cordillera del Hindu Kush en la frontera afgano-paquistaní. Allí se refugian Osama bin Laden y sus hombres. Y es donde se están reagrupando los talibanes.
La camioneta Isuzu del ejército paquistaní se mueve como un caballo de rodeo. Vamos avanzando por el cauce de un río seco y al frente se ven las casas de adobe que nos señalaron como “refugio de extranjeros”. En el vago lenguaje de los lugareños eso quiere decir “gente de Al Qaeda”. Cuando llegamos nos encontramos con unas construcciones en buen estado y recientemente abandonadas. Un chico de cara redonda e increíbles ojos azules, un afgano tadjico seguramente, dice que “los refugiados” se fueron esta mañana. Eran cinco hombres fuertemente armados que se perdieron por el desfiladero que aparece unos 1.000 metros más abajo. “Iban para Sha-I-Kot”, dice el chico. Se refiere al valle del lado afgano tras Spin Gar, las Montañas Blancas de Tora-Bora, la zona donde desaparecieron hace cuatro años Osama bin Laden y sus hombres tras la invasión estadounidense de Afganistán y donde hay evidencias de que permanecen desde entonces. Se ocultaban de los bombardeos, la respuesta del presidente Bush a los atentados del 11 de setiembre de 2001 ordenados por Bin Laden.
Los soldados desisten de ir a buscarlos. Tienen miedo y es imposible seguir avanzando. Habría que lanzar una expedición de alpinistas dispuestos a pasar largas temporadas en las más extremas condiciones como lo hacen los chechenos, afganos, sauditas o kashmires que protegen a Bin Laden. Esto, sin contar con que reciben el apoyo incondicional de todos los aldeanos pashtunes que viven aquí en la zona tribal de la frontera entre Pakistán y Afganistán, al pie de la mítica cordillera del Hindu Kush.
Habíamos iniciado la búsqueda el día anterior en el histórico fuerte de Bala Hisar, en la ciudad paquistaní de Peshawar. Esta fortaleza de unos 50 metros de alto con ladrillos a la vista tiene más de 2.000 años de historia. Fue levantado por los persas cuando este enclave estratégico se denominaba Begram. El fuerte fue tomado sucesivamente por los más grandes ejércitos de la historia desde el de Alejandro el Grande hasta el gran rey mongol Babur, desde Gengis Khan hasta las fuerzas del imperio británico. Hoy es el asiento de las tropas paquistaníes a cargo de la seguridad en los territorios tribales de la North West Frontier y tienen una tarea totalmente diferente. Son la fuerza que intenta sellar la frontera para que no se infiltren los terroristas de Al Qaeda y sus aliados, los talibanes afganos. “Este es el frente de la guerra antiterrorista. Aquí es donde se combate realmente. Nosotros somos los que apresamos a más de 500 terroristas de Al Qaeda antes de que cometieran nuevos atentados. Nosotros somos los que perdimos más de 400 hombres en los enfrentamientos. Nosotros estamos peleando por el resto del mundo”, dice el coronel Iqtidar Naseer Ahmad mientras tomamos un tradicional té verde.
Después de unas buenas dos horas de presentaciones de oficiales y “charlas educativas”, me dan el permiso para entrar en la zona tribal. Ningún extranjero puede ingresar sin la autorización y sin una custodia militar. Tengo que pasar todavía por otras dos unidades militares antes de adentrarnos entre las montañas del Hindu Kush en una camioneta con seis soldados armados con unas ametralladoras kalashnikov que me apuntan peligrosamente cada vez que pasamos un pozo y los militares se vadean de un lado al otro.
Avanzamos por el Khyber Pass, el paso más importante de esta cordillera que fue durante miles de años uno de los recorridos de la Ruta de la Seda por donde transportaban mercancías de China e India a Occidente. Ahora pasan cientos de estrafalarios camiones fileteados desde las ruedas hasta los parabrisas y que están revestidos de un enchapado cincelado con figuras musulmanas e hindúes. Llevan y traen mercancía desde Afganistán a Pakistán. En estos días también transportan a miles de refugiados afganos escapados de la guerra que el gobierno paquistaní obligó a volver a su país tras diez o veinte años de este lado de la frontera.
Poco después de pasar el desfiladero que marca el sitio más angosto del paso y el lugar donde los bandidos emboscaban a las caravanas, nos dirigimos hacia el norte por un camino trazado por los ingenieros británicos y que está abandonado desde hace 100 años. El camino se corta frente a una pila de enormes piedras que se desprendieron recientemente. Caminamos con dificultad por un desfiladero y encontramos un túnel cavado en la montaña. Al otro lado aparece la villa de Lenda Kothl. Tenemos la información de que acá se reagrupó un grupo de talibanes afganos. “Los combatimos en el sur y se desplazaron hacia el norte. Nunca habían estado acá, pero salen por esta zona y entran a Jalalabad, en Afganistán, desde el norte. Ahí en esa zona, Bin Laden estuvo mucho tiempo”, me explica uno de los militares. Al Qaeda tenía en Jalalabad la base de Najan al Jihad (estrella de la guerra santa).
Gul Aslam es el jefe tribal de Lenda Kothl. Tiene el pelo blanco y la barba anaranjada. Se la tiñó con henna. “Aquí no hay talibanes”, dice frente a los soldados y sin mayor convicción. Cuando nos sentamos a tomar un té solos me cuenta que un grupo de hombres afganos de turbante negro (el que usan los talibanes) estuvo parando aquí la semana pasada. “Nos pidieron refugio y no se lo negamos”, dice Gul. “Con ellos también había un hombre de Osama que conocía de cuando combatíamos a los rusos”, agrega en referencia a la guerra de los muyajaidines contra los invasores del ejército soviético a quienes obligaron a retirarse en 1989. Gul me expone una razón aún más importante en esta zona para dar protección a los talibanes y la gente de Al Qaeda. Es el Pakhtunwali, el código de ética de los pashtunes, que requiere que cada insulto sea vengado y que cada refugiado sea protegido.
Los pashtunes o patanes, como los llamaban los británicos, son un pueblo guerrero que nunca jamás pudo ser conquistado. Viven dispersos entre las montañas y desde hace miles de años mantienen disputas por el “zar, zan y zamin” (oro, mujer y tierra). “Las tribus de los patanes siempre están comprometidas en una guerra, pública o privada. Cada hombre es un guerrero, un político y un teólogo”, escribió Winston Churchill en su libro “Malakand” en 1898 cuando aún era un periodista que cubría la guerra afgana y no tenía idea de que iba a pasar a la historia como el gran primer ministro británico de la Segunda Guerra Mundial.
Hoy, los pashtunes son 16 millones y están esparcidos por un territorio de 1.100 kilómetros de largo por unos 200 de ancho. Ese es el refugio de los hombres de Al Qaeda y donde hasta el momento no han podido ser localizados ni con los más sofisticados satélites estadounidenses.
La última vez que se lo vio públicamente a Osama bin Laden fue el 11 de noviembre de 2001 cuando iba subiendo las montañas de Spin Gar, primero con una caravana de camionetas Cruiser blancas y luego a caballo. Fueron detectados y las fuerzas estadounidenses lanzaron un bombardeo con cazas F-14 y B-52. Pero el Pentágono quería minimizar al máximo las bajas y enviaron por tierra a dos jefes locales de la Alianza del Norte (ver Cómo escapó Bin Laden…). No tenían idea de que estos dos hombres estaban enfrentados entre sí y que uno de ellos había sido un jefe talibán hasta unas semanas atrás.
Un grupo de las fuerzas especiales británicas, el Special Boat Squadron, logró detectar a Bin Laden y sus hombres unos días más tarde. Setenta agentes de la SBS habían rodeado a los terroristas, pero la rival Delta Force estadounidense quiso ser la protagonista del apresamiento de Bin Laden e hizo que los británicos se replegaran. Cuando llegaron sólo encontraron restos de comida y un fuego mal apagado. Desde entonces se lanzaron varias operaciones especiales con nombres como Anaconda o Puma. Ninguna dio resultado. Osama y su segundo, Ayman al Zawahiri, siguen mandando videos desde algún lugar de estas montañas en los que reivindican los más graves atentados en el mundo, la mayoría realizados por gente que nunca tuvo contacto con ellos y que posiblemente se organizaron en forma independiente. Aunque para cualquier terrorista, Bin Laden y Zawahiri siguen siendo los máximos ideólogos y sus líderes naturales.
Osama también es el ídolo de los pashtunes. Muchos niños llevan ese nombre en las villas que recorro y también se lo puede leer escrito en las piedras. Sus posters se venden de a miles en los mercados de Rawalpindi y Karachi. Y se pueden encontrar camisetas con la cara del máximo terrorista en el Supermarket de Islamabad aunque nadie se atreve a usarlas públicamente.
Cuando comenzamos a avanzar hacia el sur, en dirección a Miram Shah, se larga una lluvia monzónica. Se supone que aquí no deben llegar los monzones, que el límite es el río Hindu, pero los desastres ecológicos afectan a toda la Tierra. Nos refugiamos en una aldea que tiene unas diez casas. El jefe tribal nos invita como siempre con un té verde. Sentados en unas alfombras rojas me da la clave de por qué los extranjeros de Al Qaeda nunca fueron denunciados. “Muchos se casaron con las viudas y se hicieron cargo de todos los niños. Y también pagaron enormes dotes por las hijas de los jefes”, me cuenta Aftabahmad Afridi, un anciano de pocos dientes y ojos vivaces. “Repartieron millones de rupias y ahora son familia, ¿quién va a denunciarlos?”, se pregunta en un pashtún arenoso.
El otro factor importante es el del conocimiento del terreno y la red de cuevas que recorren las entrañas de estas montañas cavadas por los contrabandistas de todo tipo que cruzan el Hindu Kush desde siempre. Aftabahmad me lleva hasta una de las cuevas. Tiene una entrada amplia a la que se accede subiendo por lo que desde lejos es sólo un montón de piedras y que de cerca es una cuidada escalera. El anciano trae una lámpara de aceite y camina con total seguridad. Avanzamos unos 100 metros y el lugar ya es completamente oscuro. La galería comienza a achicarse. Para seguir hay que caminar agachado. Un hilo de agua baja por entre las piedras. Es agua de un manantial que Aftabahmad dice que viene del otro lado de la montaña. “Acá un hombre puede vivir por mucho tiempo. Tiene agua. En verano baja a buscar provisiones y en invierno mata algún marjor (carnero de cuernos largos y retorcidos). Así es como viven los muyajaidines. Así es como les ganaron la guerra a los rusos y ahora se la van a ganar a los americanos”, se atreve a opinar Aftabahmad cuando los soldados están lejos.
Otro lugareño nos dice que sigamos el cauce del río hasta el próximo caserío, unos 20 kilómetros más adelante. Nos lleva casi dos horas hacer el recorrido. Cuando llegamos, las Montañas Blancas se levantan en todo su esplendor. Ahí supuestamente se refugiaron “extranjeros” en los últimos días. Sólo hay chicos acarreando unos bidones de agua. Las mujeres, como es costumbre, permanecen encerradas en sus casas. Nos dicen que el jefe del pueblo está de viaje. Aparece otro hombre joven con un gorro pashtún de verano, cortado en el frente. “Ya no vamos arriba, a las cumbres”, cuenta. “Ahí están los extranjeros. Hace unos días mataron a cuatro hombres de la aldea vecina que estaban cazando y no se dieron cuenta que se metían en un territorio peligroso”, continúa. Y nos advierte que para subir hay que venir con un ejército. Los seis soldados que nos acompañan no podrían hacer nada.
Las cumbres del Spin Gar continúan siendo un misterio. Todos saben acá que allí están los hombres de Al Qaeda y muy probablemente Osama bin Laden, el terrorista más buscado del mundo con un precio por su cabeza de 25 millones de dólares. Pero, hasta ahora, los pocos que se atrevieron a subir, nunca regresaron para contarlo.
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