EN LOS HORNOS, LOS VECINOS QUIEREN RECUPERAR SU PLAZA
“Esto es un desierto con yuyos”, dijo Alejo de cinco años, uno de los tantos afectados del barrio. Y, como dice el dicho, los chicos no mienten.
Se trata de la plaza Leandro Abreu, ubicada en el barrio Los Hornos, más precisamente, entre las calles 1° de Mayo, 9 de Julio, Llerena y Gorostiaga, donde tiempo atrás estuvo la cava Calcagno.
Los vecinos que la rodean saben mucho de su historia y, sobre todo, de los sacrificios que costó conseguirla. Por ello, el estado “deplorable” que presenta los une aún más en el reclamo para solicitarles a las autoridades las acciones concretas que se necesitan para recuperarla.
De lo contado por uno de ellos, la historia de este espacio se remonta a la intendencia de Enrique Muttis, cuando decidió sacar la cava de allí, tras los pedidos incesantes de la gente del lugar.
“Conocí lo que fue la cava. Me crié en este barrio y recuerdo que llegaba hasta los bordes de las casas. Sin embargo, hubo tres personas que no se quedaron de brazos cruzados y que lucharon para que se cerrara: Leandro Abreu, el señor Vayal y Francisco Puntillo, mi papá”, recuerda Marcelo.
“En aquel entonces fueron ellos los que empezaron con los pedidos para que se tapara la cava y no se tirara más basura”, agregó.
Después de eso y de que el lugar, tras una resolución, empezara a dar los primeros pasos como una plaza -que en aquel entonces se llamó Calcagno-, se la fue dejando de lado. El paso del tiempo se hizo eco de ello y, gestión tras gestión, la fueron olvidando, a tal punto que muchos desconocen que en la ciudad existe la plaza Abreu, nombre que recibió en el 2004 en homenaje a uno de sus impulsores.
Alejo y Facundo tienen cinco y seis años. Viven al lado de este espacio y, según cuentan, les encantaría poder jugar todos los días en ella. Pero los yuyos -altos hasta sus rodillas-, los pozos ocultos, los hormigueros, el arenal ausente y los juegos rotos imposibilitan que la puedan disfrutar y utilizar para el fin que fue creado o, al menos, soñado, por sus mentores.
“La veo fea. No podemos jugar porque los yuyos nos llegan hasta la mitad de las piernas y nos pican los mosquitos. Antes, teníamos una calesita pero hace mucho que se la llevaron y no la trajeron más”, contó Facundo.
En definitiva, los vecinos no saben qué más hacer para que alguien escuche su pedido y puedan recuperar el espacio que consideran perdido. A la vez, sueñan con que el lugar vuelva a tener vida y que en él puedan jugar los chicos del barrio.
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