EN LOS SECTORES MÁS POBRES DE ROSARIO, LOS CHICOS SE INICIAN EN LA DROGA A LOS 13 AÑOS
Todo cambia. Si hasta hace poco se afirmaba que la marihuana era la puerta de ingreso al mundo de las drogas, ahora todo indica que fue reemplazada por otras sustancias inhalantes, básicamente pegamentos, solventes y, en situación de encierro, hasta gas de cocina. Además, aparecieron otras formas de consumo, sobre todo por mezcla, e incluso nuevas drogas, como la pasta base, la ketamina, hongos y ciertos calmantes de uso local. Todo esto, estrechamente asociado con el consumo de alcohol.
El panorama no es Armageddon, sino el que pinta para Rosario un informe cualicuantitativo sobre 400 usuarios de droga en contextos de “pobreza crítica” que ayer presentó el Centro de Estudios Avanzados en Drogadependencias y Sida (Ceads), de la Universidad Nacional de Rosario. Del estudio se desprende que la edad de inicio en el consumo en los sectores más vulnerables viene en picada: el promedio, hoy, ya llega a los 13 años.
El estudio se realizó el año pasado a partir de 200 entrevistas (189 a usuarios de drogas y 11 a informantes clave, incluyendo dealers o vendedores) y 200 cuestionarios a consumidores en situación de pobreza crítica. Esto es, habitantes de villas de emergencia, personas en situación de calle y otros contextos de riesgo.
“Las sustancias de acceso más fácil en el mercado y las más baratas parecen ser las más usadas en los contextos de pobreza”, afirma el estudio. Por eso, las drogas protagónicas hoy son los inhalantes y en especial los pegamentos, que consumen sobre todo los más jóvenes. Para tener una idea: el 65 por ciento de quienes recurren a estas sustancias tienen menos de 18 años.
Justamente, la edad aparece como uno de los problemas álgidos: en contextos de pobreza, cada vez es más temprana la edad de inicio en el consumo de drogas, al punto de oscilar entre los 10 y los 17 años, con un promedio en los 13. Y en lo que hace al consumo de alcohol, se empieza aún antes: entre los 5 y los 13 años.
Después de las sustancias inhalantes (conocidas como “poxi” y “solución”, entre las más comunes), en los inicios del uso de drogas aparecen los psicofármacos (“pepas”) y recién en tercer lugar la marihuana (“porro” o “faso”), seguidos de cerca por la cocaína (“merca”).
Policonsumo
Una vez cotidianizado el consumo, las sustancias ya no se cuentan de a una, sino que se mezclan. Con la pobreza como marco, la regla es el “policonsumo”. Por ejemplo, psicofármacos con inhalantes o cocaína y, de hecho, cualquiera de ellas con el alcohol, lo que suele potenciar los efectos en forma de sinergia: “En vez de sumarlos, los multiplica”.
Los lugares de consumo que aparecen mencionados en el estudio son diversos, pero llama la atención la frecuencia con que se eligen los espacios públicos (básicamente, porque es donde los jóvenes pobres pasan más tiempo), como plazas, esquinas, palieres de monoblocks y pasillos de las villas. En el caso de drogas más duras, aparecen las “casas de inyección”: viviendas abandonadas donde se suelen compartir jeringas y consumo.
El informe también consigna que entre las tendencias visualizadas en los últimos tiempos aparecen sustancias que “plantean nuevos desafíos”. Por ejemplo, la inhalación de calmantes usados en lesiones deportivas (Algispray), una “experiencia” que hace un mes causó la muerte de un chico de 14 años en la zona oeste de la ciudad. O el uso de la ketamina, un anestésico para caballos con efectos disociativos, e incluso la inyección de sustancias como jugos de fruta y alcohol.
Entre las personas más pobres que se inyectan drogas, los riesgos asociados por el uso compartido de jeringas siguen siendo escalofriantes. Para dimensionar el problema: 8 de cada 10 han usado las mismas agujas que sus compañeros. Y del total de encuestados, el 17 por ciento ya sabe que es HIV positivo y el 22 por ciento, hepatitis C positivo.
Por supuesto, esos riesgos también se expresan en el campo de la sexualidad, ya que sólo el 13 por ciento de los jóvenes encuestados admitió usar “siempre” preservativos”, el 42 por ciento ” a veces” y el 29 restante “nunca”.
Algunas de las conclusiones del informe llevaron a la directora del Ceads, Silvia Inchaurraga, a plantear que en los sectores sociales más golpeados por la “pobreza crítica” se está frente a “nuevos desafíos”, esto es, ante la necesidad de diseñar nuevas formas para intervenir en el abordaje de las adicciones y en los intentos por reducir daños.
“Este estudio dio resultados muy significativos para pensar cómo orientar nuevos tipos de intervención”, afirmó Inchaurraga, y no se cansó de remarcar que se trata de un universo social de “gran vulnerabilidad, con bajo acceso al sistema de salud pero altísima disponibilidad en el acceso a ciertas drogas”.
También resaltó que la población estudiada pasa “la mayor parte del tiempo en la calle” y se encuentra “muy desprotegida”, con escasa contención familiar y de otras instituciones del medio. Para muestra, recordó que más de la mitad estuvo alguna vez detenida y el 40 por ciento no terminó la primaria.
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