EN SU PEOR MOMENTO, LULA ENFRENTA UNA SEMANA DECISIVA
Brasil se prepara para una semana de tensión e incertidumbre que pondrá a prueba la habilidad política del gobierno de Luiz Inacio Lula da Silva.
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Turbulencia, una palabra que había quedado archivada durante los primeros meses del gobierno Lula, volvió a protagonizar los análisis sobre el rumbo de Brasil.
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El viernes, los mercados financieros terminaron alterados como no se los veía desde el primer tramo de la campaña electoral, cuando se temía una política de ruptura total del Partido de los Trabajadores.
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En la recta final de las negociaciones en el Congreso para que sea aprobada la reforma del sistema de jubilaciones y pensiones, Lula tuvo que cancelar una gira oficial a Africa para utilizar todo su carisma político en las últimas negociaciones aquí, en Brasil. Y también para contener la tensión social generada por un aumento desenfrenado de las demandas sociales.
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El clima de frustración e indignación de los movimientos sociales, que esperaban el paraíso tras la victoria de Lula, es el centro de la crisis del gobierno.
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La lista de antiguos aliados que se transformaron en críticos del gobierno no tiene fin: sindicatos se quejan de los 460.000 desempleados generados durante seis meses de gobierno Lula; empresarios e industriales critican la falta de crecimiento del país, producto de una política recesiva implantada por el gobierno para contener la inflación; dirigentes de los movimientos Sin Tierra y Sin Techo radicalizan sus reivindicaciones y multiplican las tomas de haciendas en el interior y de edificios abandonados en las ciudades; y empleados públicos, el blanco de la reforma jubilatoria, están en pie de guerra contra la intención del gobierno de recortarles privilegios.
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Como muestra elocuente de esto, durante una protesta, la semana pasada, empleados públicos desfilaron con un ataúd y un muñeco de Lula adentro.
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Como si esto fuera poco, las dos reformas constitucionales que pretende aprobar en las próximas semanas en el Congreso le generaron al gobierno enemigos poderosos. Los jueces vienen amenazando con paralizar el Poder Judicial si el gobierno intenta reducir su jubilación futura, mientras que los empresarios y los gobernadores se quejan de las pérdidas que les causaría a unos y a otros la reforma tributaria.
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Obligado a negociar para no enfrentar una oposición insoportable de los corporativismos organizados de Brasil, Lula se enfrenta ahora con las críticas de economistas y del mercado financiero, que consideran que el gobierno está cediendo demasiado a las presiones.
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En la encrucijada
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La administración Lula se enfrenta a su momento más difícil: si meses atrás agradaba a la izquierda y a la derecha, ahora la izquierda lo considera traidor a sus viejas consignas progresistas, y la derecha se queja de una supuesta falta de autoridad del gobierno para controlar las manifestaciones cada vez más osadas de los movimientos sociales.
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Un capítulo aparte es el clima de turbulencia interna del gobierno. En el gabinete, la disparidad de orígenes de los 32 ministros de Lula genera también opiniones encontradas. Mientras un ministro defiende la represión legal a los campesinos sin tierra, otro los justifica. Mientras el ministro de Hacienda, Antonio Palocci, explica que las tasas de interés permanecen altas por necesidad, el vicepresidente del país, José Alencar, reclama que las tasas sean reducidas urgentemente, como un empresario más. Esta realidad, difícil y con visiones bien diferenciadas, es la que Lula, el ex tornero mecánico, tiene entre sus manos.
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