ENTRE BUENAS COMPAÑÍAS
La guitarra de Esteban Morgado anduvo por los cuartos de un conservatorio en Villa Luro, por la espesa oficina de un teniente Coronel en 1977, por el humo de los café concert de Andrés Perciavalle y por el comedor de un hotel en Tokyo donde tocaba sólo los días de semana. Hubo cambios y búsquedas estilísticas, del jazz al folclore hasta desembocar finalmente en el tango. Pero si hay una constante en el guitarrista es un orgulloso y crónico repliegue como “acompañante”.
Una parábola lo llevó como ladero en los últimos días de la deshilachada voz del Polaco Goyeneche (en el intento trunco de un disco con temas inéditos de Enrique Cadícamo que, finalmente, registró Adriana Varela (Tangos de lengue) a realizar una guitarreada de fogón con los tarareos de los más diversos invitados en Letra y música —el programa de Canal á que hizo junto a Silvina Chediek—. En el medio ganó el premio como Mejor Artista Masculino de Tango, en la última edición de los Gardel, por Esteban Morgado en 36 Billares.
“Es un disco que surgió después de hacer más de cien shows en el bar, desde julio del 2002, con invitados como Susana Rinaldi, Horacio Fontova y muchos otros. Los recitales fueron una especie de delivery musical: alguien del público pide el tema que quiere y a cambio sólo les pido que todos canten”. Luego de unas presentaciones en el Museo del Tango, donde repasó material de todos sus discos (El sueño del duende, Cuesta arriba y Endemoniado), Morgado espera volver al 36 Billares, su reducto desde la época en que estudiaba en el Colegio Nacional de Buenos Aires. El bar, que por estos días se encuentra en plena remodelación, aguarda ser habilitado para shows en vivo. “Este año cumplo treinta años de dar clases de guitarra. Empecé a los 17. A partir de ahí, todos los laburos de mi vida tuvieron que ver con la música”.
-Colgaste la carrera de psicología y arrancaste enseguida con el café concert, ¿cómo fue ese comienzo?
-Me quedaron siete materias de psicología y nunca quise terminarla. Me enganché con Piazzolla después de escuchar Buenos Aires 8, tenía 13 años y con mi hermano (Claudio) empezamos a sacar los temas en piano y guitarra. Después entré a la colimba, en pleno año 77, donde fui asistente de un teniente coronel en el Primer Cuerpo del Ejército. De ahí salté al café concert por la recomendación de un compañero de colimba que tocaba la batería en un show. El necesitaba un pianista para una obra, entonces le recomiendo a mi hermano (Claudio Morgado), que entra a trabajar en un show de Amelita Baltar y Jorge Luz. Al poco tiempo me sumo y acompaño a Carlos Perciavalle y a Cipe Lincovsky, hasta que parto a Japón para tocar con Arturo Schneider, flautista de Piazzolla. Y ahí arranca otra historia de proyectos personales.
-¿Te cuesta el lugar de solista?
-Me sorprendió verme como concertista estos últimos años. Al principio fue muy raro porque nunca había pensado que podía tocar solo. Me di cuenta de cosas que antes no había detectado, por ejemplo que toco con los ojos cerrados. Pero no considero que lo hecho en mi carrera haya sido ocupar un segundo lugar; tocar con otro es una suma donde suele desaparecer el plano de protagonismo.
-A pesar de ser premiado, ¿qué falta para llegar a tu reconocimiento?
-Hay un desdén por el tango y los géneros populares en general que va más allá de lo que yo produzca. En los Gardel, por ejemplo, no se televisó entera la entrega de premios importantes del tango. Mereceríamos más difusión después de tanto remar con producciones independientes.
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