ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA
Cada nuevo disco de Silvio Rodríguez es una confirmación de la elementalidad de quienes quieren —por ignorancia o ideología— confinar al cubano a un mero emblema castrista. Hace décadas que Silvio Rodríguez abandonó el rol de cantor urgente para profundizar una poética vinculada básicamente con la cotidianeidad, la psicología de las relaciones humanas, los relatos fantásticos y, sí, el comentario social.
En las antípodas de Expedición —su anterior álbum, realizado con formato orquestal—, Cita con ángeles tiene una austeridad de guitarra acústica apenas matizada por flautas, clarinetes, bongoes, algún teclado. El tema que abre el álbum determina su espíritu. Mi casa ha sido tomada por las flores es la canción que celebra una casa llena de hijos y hasta nietos. Así, reposado y feliz se lo escucha a Rodríguez que, incluso, se permite una mirada irónica y piadosa sobre sí mismo en frases como “… quien antes me daba un beso / ahora me trata de usted” (Alabanzas). O la lisa y llana duda, tan atípica en la militancia marxista: “No soy otra cosa que uno del montón / que un día desconfió del rebaño (…) Pudiera ser… o acaso ser… No sé…. Puede ser…. Qué se yo” (Qué sé yo).
El apunte político aparece en la canción Cita con ángeles (que relaciona los asesinatos a García Lorca, Luther King, Lennon y Allende con la bomba de Hiroshima y los atentados a las Torres Gemelas) y en Sinuhé, una bella canción de amor a la Bagdad de Las Mil y Una Noches.
Con invitados como Chucho Valdez, Leo Brower, Juan Formell, Noel Nicola, Cita con ángeles retoma la economía de recursos y el espíritu autobiográfico de la trilogía Silvio, Rodríguez, Domínguez. Con barba blanca y sonriente se lo ve en la contratapa, debajo de una leyenda ubicada arriba a la izquierda que dice, blanco sobre celeste, A mi hija Malva y a mi nieto Diego.
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