Es cierta tanta hermosura
Hay dos lugares para tener cara a cara el esplendor de la Quebrada de Humahuaca. Uno es el que la atraviesa por la ruta 9, aquella que sube desde Buenos Aires hacia los confines del norte argentino. La otra es llegar desde la ruta 53, de oeste a este, como quien viniera del paso de Jama, camino de Atacama, la puna chilena.
Un amigo español que se ha subido unos días al derrotero del periodista ambulante pide testigos para que él, sin ser tomado por loco o mitómano, pueda explicar en su patria tanta belleza. Pero es cierta esta naturaleza hecha montaña de colores, que alimenta su esplendor dejando filtrar rayos de sol, golpeando con su viento o haciendo hielo los rincones donde la luz jamás llegará.
Técnicamente la Quebrada de Humahuaca no es más que eso, un accidente geográfico a los costados del río Grande, que corcovea como una mujer erotizada, sube a las nubes como quien entra en éxtasis o baja a la tierra como quien cobra su salario magro a fin de mes. Sin embargo, es tanto más que no se puede contar.
Su valle de 150 kilómetros vio pasar en el siglo XVI a los conquistadores españoles que bajaban desde el Perú imponiendo su impronta para edificar el pasado y sus picos más atentos hicieron la vista a gorda a los contrabandistas que traían o llevaban mercaderías al paso con Chile.
Alguien fuera de sus cabales supuso que allí la mano del hombre podría hacer un camino. Y lo hicieron. El auto lo sufre. Hace ronronear su motor como si quisiera expresar su descontento o preguntarle a su conductor por qué no fue por propia cuenta a esas alturas imposibles o a esos descensos hacia donde las montañas ya dibujan los cuernos del mismísimo Satanás, ya proponen creer en Dios.
El cielo se pone azul para montar complicidad con los cerros y acaricia a los más altos que derriten lágrimas de nieve. Se transita a 4.170 metros sobre el nivel del mar, en pleno ascenso. Apenas aparecen cementerios de lo que alguna vez fueron pueblos o pastores coyas que buscan a sus llamas con una paciencia sabia de la que no nos podemos contagiar.
A diferencia de las montañas “normales”, las de la Quebrada de Humahuaca cambian de colores y forman arco iris de piedra a cada paso, contagiando las construcciones precarias de su hermosura y endosándole su policromía. Donde mande el rojo serán rojizos los ladrillos de adobe y lo propio sucederá con el predominio del azul o del verde, del violeta o del cobrizo.
La Organización de las Naciones Unidas le pone motes pomposos a los lugares. “Patrimonio de la Humanidad” le empezaron a llamar, como para que los países que tienen peso fuerte en la misma ONU no se entrometan en la belleza con su brazo desmontador y sanguinario. Los coyas de la Puna no necesitan que les categoricen su terruño. La Quebrada de Humahuaca fue siempre patrimonio de ellos, aunque la ONU muchas veces no los considere “humanidad”.
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