Esa monjita
Esta historia pudo no ser. No, si la Triple A callaba para siempre la voz de estruendo de la hermana Guillermina. Esta historia pudo no ser contada. No, si Guillermina Hagen –la monjita del Chaco- no viviera para hacerlo en un paraje mendocino llamado El Carrizal, lejos del Impenetrable donde todavía la nombra el monte, cerca del calor de una familia que construyó cuando “la Iglesia se alejó del cristianismo”.
Esta historia parió en General Madariaga, en la provincia de Buenos Aires, y se le escapó tanto, incluso a la misma Guillermina, que se desparramó por toda la América Latina ardiente; viajó a Chaco o a la cuña boscosa santafesina con los aborígenes, se exilió en Lima, se metió en el nordeste brasileño o en la frontera entre Bolivia y Perú. Esta historia pudo morir muchas veces pero no, está acá vestida de memoria.
Esta historia ya no es de Guillermina Hagen, la monja de familia de linaje de oligarquía vacuna que abrazó la causa de los oprimidos, sino que se la han apropiado los habitantes del Impenetrable, que no la olvidan, que la tienen como bandera y que, en las noches donde la brisa del monte les recuerda que fueron derrotados, se aferran a aquella monjita hasta convertirla en mito, sabedores de que con ella el tiempo y la vida fueron diferentes.
Guillermina está ahora al amparo del calor de un hogar que quema leña para combatir el frío y de una mente que recupera recuerdos para no quemar la memoria. Frente a sí tiene las fotos de sus hijas mayores, que estudian en Cuba: Micaela, que se llama así como la mujer de Tupac Amaru, y Laura, que se llama así, como se llamaba ella cuando la querían matar los milicos.
A un costado de Guillermina están Lautaro –su hijo- y el Negro, su compañero de la vida y de la lucha. Y en la mesa aparecen varios recortes de los medios de comunicación de la época: “La monja subversiva”, “La monja guerrillera”, dicen las hojas amarillentas. Entre ellas se destaca una, a títulos catástrofe, “Guillermina libre”, el 25 de octubre del 73, en la tapa del Diario Norte, de Resistencia.
Como miembro de la Congregación de Hermanos del Niño Jesús, Guillermina llegó a la Misión Nueva Pompeya en 1969. A ese lugar habían arribado los Franciscanos 70 años antes. Pero ahora el lugar era un chiquero donde un patrón de la zona criaba sus chanchos y les daba un trato similar a los matacos que habitan un lugar de dolor y olvido que hasta hoy sigue siendo un emblema de la Argentina que no se mira.
Por entonces, los aborígenes caminaban hasta 300 kilómetros para los tiempos de cosecha y muchos ni volvían a sus casas, muertos de hambre o de peste, lo mismo da, en medio de caminos de picadas, de tiempos de esclavitud y de trabajo infrahumano. Y Guillermina, que dormía en una hamaca paraguaya, que soportó el Chagas y la tuberculosis, no aguantó más y se hizo “guerrillera”.
O sea, organizó una cooperativa de aborígenes, la primera de esas características en la zona, consiguió que pronto aparecieran los dividendos del trabajo de todos para repartirlo entre todos, logró que los wichís dejaran de ser animales domésticos de los terratenientes, obtuvo el cariño de toda la comunidad trabajando a la par de los hombres y evitó siendo madre, médica, partera, odontóloga o psicóloga que la muerte fuera un número de lotería próximo a salir, cada día, asomando por el monte.
Fue demasiado. Lejos, en Buenos Aires, se empezó a oír que la monja subversiva estaba revelando a la indiada. Cerca, en el Chaco que ya había matado a los tobas de Napalpí o que silenciosamente gestaba la masacre de Margarita Belén, no se lo perdonaron. Guillermina fue a la cárcel primero, acusada de instigar un levantamiento de aborígenes, y luego se tuvo que ir con su cuerpo a Perú, al exilio, llevada hasta el aeropuerto por sus matacos, a los que ella les había enseñado a manejar, en el camión de la cooperativa.
La monja ya no era monja. El obispo de la zona la negaba y ella tampoco quería ser de una Iglesia que se había alejado de los pobres, si es que alguna vez estuvo cerca. En Perú se casó y tuvo hijos. Siguió cerca de Cristo, ya sin los hábitos. Y volvió a la Argentina de la democracia para radicarse en Mendoza, donde el pelo se le ha puesto cano pero la rebeldía le sigue brotando de raíces firmes.
Fue dirigente de Apyme, oradora por la columna de Cuyo en la Marcha Federal que le llenó la plaza al menemismo entreguista y cortadora de rutas a tractorazo limpio contra los gobiernos que atacan a la pequeña producción. No hace tanto, volvió a estar en los medios de comunicación cuando denunció a Piero por corrupción en la Fundación Buenas Ondas, donde el autor de Para el Pueblo la había llevado a trabajar.
Ésta historia, la que pudo no ser, es la historia de una mujer, monja, ingeniera agrónoma, piloto de avión, madre, tiradora, presa política, exiliada, militante, dirigente, luchadora, combatiente, que da la sensación de haber vivido muchas vidas en una sola. Ésta historia es y, aunque pueda parecer que se termina acá, renace todos los días en el Impenetrable chaqueño, con el hacha de la conciencia talando las mentes breves de los que no pudieron matarla.
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