Escala impensada
Río Turbio, la próxima meta, habrá de verse demorada. No será por contingencias esta vez, sino por un paseo breve por territorio chileno, en zonas donde los límites son difusos no sólo en los mapas, sino también por el intercambio permanente de trabajadores chilenos que llegan para desarrollarse en la Argentina o, a la inversa, de los de este lado que suelen elegir vivir del otro lado de la cordillera.
Así, además de los pasos internacionales más conocidos, existen otros por los que se practica ese intercambio familiar y cotidiano. Por ejemplo, en la provincia de Santa Cruz, en la parte sur, hay por lo menos cinco o seis cruces cordilleranos sin tanta “propaganda”. Uno de ellos es el de Cancha Carrera, 40 kilómetros antes de llegar a Río Turbio, por la Ruta 40.
El día no es el mejor. Llovizna y un frío seco se empecina en hacernos saber que este es el sur del mundo. Una oferta tentadora podría ser visitar las Torres del Paine, geográficamente ubicadas al otro lado del ventisquero Perito Moreno. Pero justamente el tiempo –que muchas veces acaba por determinar las rutas- acaba por llevarnos a otra parte: hacia el sur, hacia Puerto Natales.
Parece mentira pero el paisaje ha cambiado, como si se hiciese cargo de señalar que ya hemos entrado a otro país. El gris que era predominio en Argentina se hace verde intenso. Los cerros, más bajos, anticipando que a la Cordillera de los Andes no le quedan muchos kilómetros antes de meterse al mar, ladean espejos de agua que –uno supone- han de volcar sus aguas en el Pacífico.
El camino conduce a Puerto Natales, el pintoresco pueblo de pescadores vecino a Río Turbio, que por obvios mandatos de la geografía y del cambio monetario, siempre está ligado a nuestro país. Y Puerto Natales se parece a un Quinquela gigante, con techos de distintos colores y casas de chapas pintadas que le dan un aspecto entre lo simpático y agraciado que lo hacen merecedor por lo menos de un paseo breve.
La tonada y el olor a mariscos frescos no mienten: en efecto, estamos en Chile. Igualmente, la liga con Argentina es fluida, sobre todo ahora que el cambio monetario favorece a los chilenos. Todos coinciden en que la carga de combustible, la compra de alimentos y otros artículos se hace en nuestro país, donde se paga menos que la mitad. Por eso, la aduana de Dorotea, camino a Río Turbio, tiene siempre colas de autos trasandinos que van por su provista.
Natales se promociona en los folletos turísticos como “Patagonia Chilena” y ofrece paseos en catamarán por sus intricados fiordos. Que se pesca se palpa en la calle. Los puestos de mariscos al paso le dan una fisonomía particular al lugar, una suerte de identidad que la hermana con otros pueblos pesqueros pero que, a su vez, los distingue perfectamente.
Cuando cae la tarde, sabedores de que nuestra misión es otra, la emprendemos hacia la cola del cruce de Dorotea. Quizás como parte de la rivalidad folklórica entre dos pueblos hermanos, no hay ningún cartel que anuncie que allí, bien cerca, está la República Argentina. Igual, todos por aquí conocen bien el camino porque ya se los ve regresando a la pintoresca Natales con sus compras bajo el brazo.
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