“ESE ARGENTINO CULTO, ESTUDIOSO Y EXIGENTE ME DABA UN POCO DE MIEDO”
Un encuentro dedicado a bucear en el humanismo, en la apuesta por la vida, en la arcilla de la mujer y del hombre que permite superar derrotas y aprender para convertirlas, en logros para unos, en victorias para otros. Una jugosa, inquieta reflexión sobre la solidaridad, el internacionalismo, los movimientos que trabajan por un futuro distinto – sobre todo en los pueblos de América latina y el Caribe-, el Che y la revolución cubana y la perspectiva socialista actual se instaló en Rosario desde la noche del jueves en el marco del Seminario Internacional Ernesto Che Guevara. Hace 75 años el Che nacía en esta ciudad, en el departamento de Urquiza y Entre Ríos y el homenaje es motivo para que muchísimos jóvenes y también adultos analicen su pensamiento, se apasionen y aplaudan hasta que las manos queden rojas en la Facultad de Humanidades y Artes de la UNR. Entre muchas presencias internacionales (ver aparte) la de Orlando Borrego, ex guerrillero y economista colaborador del Che, hoy asesor del Ministerio de Transporte en su país y catedrático en la Universidad de La Habana, prendió fuerte al hablar en el salón de actos de la facultad.
Borrego tiene 67 años, ojos azul intenso, inquietos como el discurso que desgrana rápido, al ritmo del título de su libro y de su experiencia guerrillera en la lucha contra el dictador Fulgencio Batista. En Recuerdos en ráfaga, así se llama el libro que presentó el miércoles pasado en el Centro Cultural Bernardino Rivadavia, habla de Guevara sin almidones. Este hombre que a los 27 años fue ministro de la industria azucarera de su país y que trepó la sierra de Escambalay a los 21 años para sumarse a la columna que comandaba Ernesto Guevara habló con Rosario/12 de las “casualidades” que lo fueron ligando al Che.
“Primera casualidad: me pidieron que en lugar de ir con Camilo fuera con el Che”, cuenta. De allí hasta el combate de Santa Clara y el fin de la guerra se quedó junto al argentino. Tenía preocupación por el primer encuentro porque en 1958 la imagen de Guevara ya era fuerte, “ese argentino culto, estudioso, exigente, me daba un poco de miedo”, recuerda. Después vino la montaña, una casa campesina y el primer encuentro en el que no hubo “muy buena química”. El que ya era el primer comandante del ejército rebelde de Cuba le preguntó si estudiaba y además le soltó que los estudiantes no habían probado ser buenos combatientes. “Algo irónico, como para probarme”, dice ahora Borrego que en 1958 era casi contador público.
–¿Soberbio?
–Para nada, lo que no tenía era la imagen de un comandante. Yo pensaba en otro porte, andaba muy mal vestido, había otros oficiales que tenían botas pero el estaba desaliñado, con un ‘jackesito’ muy pobre y su boina sin estrella de comandante. Pero me impresionó su cultura.
Orlando Borrego pasa a la “segunda casualidad”, en realidad habla de lo que nunca había pensado o diagramado, cuando después de la guerra, en el Regimiento de La Cabaña se hizo cargo de la economía para sustituir a un general de Batista y fue por pedido de Guevara. Desde allí fue el vínculo diario hasta que Ernesto Guevara se marchó de Cuba al Congo, en abril de 1965.
Aptitudes, obsesiones, capacidades. El Che dejó impresiones en Borrego que coinciden con la literatura sobre los años de este argentino en Cuba pero aparecen cálidas y cercanas cuando las cuenta quien estuvo mucho tiempo a su lado: “Me impresionó su capacidad de análisis y la disciplina que tenía para atender las cuestiones económicas y administrativas, la moral administrativa, la austeridad en el mando de manera que no hubiese aprovechamiento de los recursos del estado, el hacer que el país y el presupuesto fueran administrados con meticulosidad…”. A esta enumeración de las preocupaciones guevaristas desde el triunfo de la revolución, Borrego le suma la de tratar de producir, de que el ejército rebelde se autoabasteciera, por eso cuenta que en La Cabaña comenzó a “organizar fábricas, ya lo había hecho en Sierra Maestra” con talleres para reparar armas y zapaterías para las tropas. “La Cabaña libre” fue el nombre de las primeras conservas de frutas, y siguió con una tabaquería y carnicería “para que el presupuesto estatal no tuviera que mantener al que había sido un ejército parasitario”.
“Este que es médico, comandante guerrillero, cómo tiene capacidad de atención para atender y entender en estos temas”. El cubano-contador mira sus propias preguntas de tantos años atrás. De ahí Ernesto Guevara iba a estudiar gestión de empresas, los clásicos de organización industrial y contabilidad, “llegó a aprender desde un asiento de diario hasta un balance, siguió con costo estándar, matemáticas…la característica era la superación personal permanente y el valerse de las herramientas que hacen falta para dirigir”.
Las intervenciones que ubican el pensamiento y la acción de Guevara como un paradigma no son nuevas. Las representaciones internacionales y nacionales marcaron entre muchas otras, esta costumbre del Che: la del estudio permanente. “Esto influyó tanto en nosotros –cuenta Borrego– lo veíamos a él y era una atracción lateral, si él lo hace nosotros también”.
Al Che le “pesaban” sus recorridos por América latina –dice Borrego mientras rememora charlas– y a cada caso recordaba a los mineros bolivianos o surgía la época que estuvo en el leprosario, en Perú o Guatemala o México, eso cubría muchas partes de su referencia pero su objetivo era el de “volver a la Argentina a luchar por un cambio social. Cuando se entrevistó por primera vez con Fidel, en México, y ya estaba seguro que se iba en el Granhma, él le aclaró a Fidel que tan pronto como triunfara la revolución cubana no tendría ninguna atadura para volver a su país y todo lo que el Che hizo posteriormente fue una etapa previa, incluso la del Congo, de entrenamiento y de organización para llegar a la Argentina… Fidel lo explicó varias veces… Y lo cuidaba, lo cuidaba porque era tan audaz.. Cuando él habló de hacer muchos Vietnam de América latina pensaba en la Argentina como segundo paso”.
Vestido. “En el 58 lo que no tenía era la imagen de un comandante. Andaba muy mal vestido, había otros oficiales que tenían botas pero el estaba desaliñado”.
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