“ESPERANDO LA CARROZA ES AL CINE LO QUE CAMBALACHE AL TANGO”
-Luis, ¿Cómo nació su vocación por el teatro?
-No sé como nació, pero tengo algunos recuerdos de cómo fue haciéndose evidente. Debe haber empezado cuando yo era muy pibe, porque escuchaba mucha radio y la cabeza me volaba con los radio teatros, los programas para chicos, el radio cine de los sábados a la noche. Ese programa de los sábados a la noche, se llamaba radio cine luxe y pasaba la versión radial de la película más importante que se estrenaba los jueves. También alguna vez fabriqué un teatrito de títeres. Pero a los once años llegó a mi escuela una invitación para participar de un grupo infantil que hacía teatro y radio para chicos. Me anote en ese teatro, que se llamaba teatro infantil Pancho, y estuve casi un año andando por el gran Buenos Aires con ellos. A pesar de que tengo recuerdos muy borrosos de aquella experiencia me acuerdo que interpreté al General San Martín. Después abandoné este grupo y la necesidad de hacer teatro volvió a aparecer cuando terminaba el secundario. Tuve la suerte de que un compañero de mi curso me dijo: “Mirá yo estoy aprendiendo trompeta en el conservatorio nacional de música y arte escénico, creo que en ese lugar enseñan teatro”, allí fui y entré al conservatorio.
-En algunas entrevistas leí que tuvo grandes maestros.
-Sí, grandes maestros como Néstor Nocera, María Rosa Gallo, Osvaldo Bone, Nilo Lapasan. En las materias de lengua y de historia tuve a cuatro catedráticos de la lengua como fueron Raúl Castagnino, Ángel Batistesa, a Juan Carlos Ghiano y a Alfredo de la Guardia, nada más ni nada menos. La verdad es que tuve un cuerpo de profesores extraordinarios.
-Luis, ¿Recuerda cual fue la primera obra en la que se sintió actor profesional y se dio cuenta de que el resto de su vida se iba a dedicar al teatro?
-En realidad esa sensación la tuve bastante antes de entrar al conservatorio nacional. Ojo, no en relación a sentirme un actor profesional pero si a que mi profesión sería el teatro. En mi barrio, que está cerca de la cancha de River, apareció un muchacho que era miembro de un teatro independiente muy importante como fue el Fray Mocho y me invitó a participar. Esto fue un año antes de entrar al conservatorio. Y esa noche que salí de la casa de un amigo, que era Ulises Dumont, sentí que mi vida había tomado un rumbo. Eso sí lo recuerdo con bastante nitidez.
-¿Qué obras dramática que le tocó interpretar lo marcó en su juventud?
-Mientras era estudiante del conservatorio hice una obra de Noel Coward, titulada “Vidas privadas”, pero fue durante muy poco tiempo, porque el director del conservatorio se enteró y me dio a elegir entre la temporada o el conservatorio. Estaba prohibido en ese momento mientras uno era alumno hacer teatro. Sabia decisión, porque uno ahí empieza a tomar algunos vicios, de los cuales no se va a desprender el resto de su vida. Poco después de salir del conservatorio hice el Enrique IV de Pirandello, pero la más importante fue trabajar con Pedro López Lagar en un gran obra de Arthur Miller que se llama “Panorama desde el puente”, que el la hizo como nadie jamás la volvió hacer, y ahí tuve un papel de cierta responsabilidad.
-En los años 70’ el cine argentino lo convocó para interpretar un papel muy importante en aquella gran película de Héctor Olivera titulada “La patagonia Rebelde”. ¿Le gustaría contarnos como se gestó aquel film? ¿Como fue que lo convocaron?
-Bueno en aquel momento yo ya era un actor profesional, tenía unas cuantas películas hechas, en el teatro había hecho unos cuantos protagónicos e incluso ya había trabajado con Aries, que fue la empresa cinematográfica que realizó la película. Nos convocaron como se llama normalmente a los actores para este tipo de proyectos, del cual yo era conciente de la importancia, incluso yo acababa de leer “Los vengadores de la patagonia trágica” de Bayer. La película tuvo una producción bastante importante y se hizo de la manera más seria que se podía hacer. Fue una gran película, con un guión muy bueno, creo que tenía un buen elenco, y ocurrió lo que todos recordamos. Tuvo muchas dificultades para su estreno, duró muy poco en cartelera y fue levantada porque en el país mandaba la triple A. Creo que duró ocho semanas por las mismas amenazas por la cual me tuve que exiliar.
-Me imagino que en esas ocho semanas la película tuvo una gran repercusión.
-Enorme repercusión. Pero de todas maneras no fue tan grande como la que tuvo en 1984 cuando se reestrenó y fue el estreno más importante de la historia del cine argentino. Fue un momento espectacular.
-Recién hablaba del exilio. Usted como tantos argentinos tuvo que marcharse a México. ¿Cómo vivió aquella experiencia?
-Muy mal, razón por la cual mi exilio duró unos pocos meses. A los diez meses volví, cuando nada indicaba que era prudente volver. Pero en eso hay una gran desinformación. Recuerdo que cuando volvió la democracia un taxista me decía: “Me alegro que este de vuelta”, y yo no había estado todos esos años afuera, estaba en el exilio interno, claro. La verdad es que yo volví en el 75 y me quedé, siendo dirigente gremial.
-En el año 81’ usted participó de “Teatro Abierto” con una obra de “Tito” Cossa llamada “Gris de ausencia”, ¿Recuerda quien lo convocó?
-Sí, a mi me la trajo Tito Cossa, era unos pocos papelitos, duraba treinta minutos, en el libro creo que lleva siete páginas, pero fue una obra extraordinaria. Yo tuve la sensación el día que hicimos el ensayo general, en el teatro “El picadero”, que estaba estrenando un clásico del teatro argentino. Y así fue.
-Usted sabe que el año pasado tuvimos la suerte de dialogar con Tito Cossa y el nos contaba que para encarnar a sus personajes tiene dos actores favoritos, Ulises Dumont y Luis Brandoni. ¿Qué siente cuando un dramaturgo tan importante como Tito Cossa lo elogia de esta manera?
-La verdad es que a mí nunca me lo dijo, pero nunca es tarde cuando la dicha es buena. Son palabras que me hacen sentir muy bien, pero también lo podían haber dicho otros dramaturgos nacionales, porque yo debo ser el actor que más títulos nacionales estrenó, de los que estamos en actividad. Yo en 1971 decidí hacer autores nacionales, desde entonces hasta ahora con dos solas excepciones yo estrené autores argentinos. Estrené “La nona”, “Made in Lanus”, “Segundo Tiempo”, “Chúmbale”, en fin, es muy larga la lista en treinta y cinco años de trabajo. De modo que me hace sentir muy bien y muy orgulloso de lo que hice.
-En los 80’ participó de otra película del cine argentino que quedó grabada en nuestra memoria como fue “Esperando la carroza”. Usted sabe que hace unos meses tuvimos la suerte de dialogar con Juan Manuel Tenuta y el nos recordaba que Julio De Gracia, él y usted estaban un poco en desacuerdo con Doria, porque el quería profundizar el grotesco y ustedes le temían a la sobreactuación. ¿Que recuerdos tiene de la filmación de aquella obra maestra del cine nacional?
-No recuerdo la discusión, pero al estilo lo elige el director y tiene todo el derecho de imponerlo. Pero una cosa es el grotesco y otra cosa es la crispación y el grito, me parece que hay matices, yo hago un personaje que es grotesco pero no está crispado. Lo que pasó es que era muy impresionante ver eso mientras se estaba filmando y nadie sabía que iba a pasar cuando se pegaran todos los pedacitos de película. Y lo cierto es que nadie imaginó nunca que iba a resultar lo que fue. Yo creo que “Esperando la carroza” es al cine lo que “Cambalache” al tango. El tango de Discépolo y esta película de Doria se han constituido en una obra de culto, porque nos reflejan de la peor manera. Así como desgraciadamente cada vez que termina “Cambalache” decimos que es el himno nacional, cuando vemos el espectáculo de “Esperando la carroza”, ese acto de sinvergüenzas, repugnantes y corruptos, nosotros como sociedad nos reconocemos con alegría y con cierto orgullo. No es fantástico.
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