ESTAFAS EN LA ERA DEL DINERO VIRTUAL
Dinero plástico, banca telefónica, pagos por Internet, depósito de sueldos en cuentas bancarias. La gente se maneja cada vez menos con efectivo y más con plata virtual. Y los estafadores, siempre a la búsqueda del dinero ajeno, van reciclando sus técnicas. Hoy, la caza de información es fundamental para mantener rentable su “negocio”.
Tarjetas. Entre las de débito (11 millones) y las de crédito (12 millones), hay alrededor de 23 millones de tarjetas plásticas en el país. La información grabada en sus bandas magnéticas es codiciada por los estafadores, sobre todo para fraguar tarjetas “mellizas”.
En el caso de las tarjetas de débito, los lugares en que hay que tomar más precauciones son los cajeros automáticos. El primer riesgo puede aparecer en la puerta del cajero: cuando pueden, los ladrones colocan un capuchón, similar al abrepuertas del cajero, pero más grande. El aparato deja abrir la puerta, pero a la vez lee y graba los datos de la tarjeta.
Es el primer paso, porque el estafador precisa el PIN o clave del usuario. Para eso hay muchas técnicas: cámaras espías del usuario (se neutralizan si con la mano libre se cubre a la que tipea la clave); o teclados truchos que se encajan sobre el original (habitualmente se distinguen porque no están bien encajados en su lugar).
Otro truco usado por los estafadores es introducir una vaina plástica en la ranura del cajero para impedir que lea las tarjetas. Cuando un usuario quiere hacer una operación y no puede, aparece un comedido que ofrece ayuda y llama con su celular a la compañía de cajeros. En realidad, disca el teléfono de un cómplice, al que el usuario incauto le da todos sus datos. Los expertos de Delitos Económicos de la Policía Federal recomiendan: “Si el teclado u otro elemento parece raro, es mejor buscar otro cajero automático; si se tiene más de una tarjeta, conviene abrir la puerta con una y operar el cajero con otra; y nunca hay que darle el PIN a un desconocido, ni por teléfono.”
En el caso de las tarjetas de crédito, el primer paso de la duplicación es pasarla por un chupete, un aparatito que cabe en un bolsillo y, en manos de un empleado infiel, puede copiar hasta 300 tarjetas. Los datos son vendidos después a falsificadores de tarjetas “mellizas” a 50 pesos cada una. Lo recomendable es pagar directamente en la caja, y no perder de vista nunca la tarjeta.
Otros lugares donde hay que cuidarse son terminales como la de Retiro: “Los descuidistas aprovechan para robar tarjetas porque saben que el viajero difícilmente se dé cuenta del robo mientras está sobre el micro; eso les da varias horas de ventaja para gastar con el plástico”.
Internet. “Los sitios de los bancos son muy seguros; el riesgo suele estar en la computadora desde la que el usuario hace pagos o transfiere dinero”, dicen los expertos de la Federal. Si el estafador consigue los datos de una cuenta, puede pagar servicios, hacer transferencias, etc.
La recomendación en este caso es no usar servicios de home banking desde locutorios, cibercafés y lugares donde las computadoras son usadas por desconocidos. Otra medida de seguridad es impedir que programas espías se infiltren en la PC hogareña, algo más complicado para el usuario poco experto.
E-mail. Un método copiado a los estafadores estadounidenses ya empezó a detectarse en la Argentina. El usuario recibe un e-mail, supuestamente enviado por un banco conocido (suele incluir el logo del banco), en el que se le dice que, por cuestiones de seguridad, debe confirmar todos sus datos ingresando a un sitio de Internet que se le indica, o no podrá seguir usando su cuenta.
Estos mensajes se mandan de a miles, y algunos llegan a personas que son clientes del banco invocado. Si el usuario “cae”, les entrega todos sus datos a los estafadores. El antídoto es ignorar esos e-mail. Si al cliente le queda alguna duda, lo mejor es sacársela consultando en su sucursal.
Teléfono. Hay estafadores que, siempre con el objetivo de buscar datos, hacen llamadas como si fuesen empleados de compañías de servicios públicos u ofrecen en venta distintos productos.
“Por más que insistan, nunca hay que darles datos por teléfono a desconocidos”, es el consejo de los investigadores. Pero hay que estar atento. Un truco de moda es averiguar el teléfono de una persona, llamarlo y decirle que alguien está intentando hacer una compra con su tarjeta de crédito (o cuenta bancaria). El estafador le dice al cliente que llame al 0-800 de su banco. El usuario lo hace, pero no sabe que el estafador no cuelga la comunicación, con lo cual la víctima terminará hablando con un cómplice que tratará de “sacarle” información de sus cuentas.
Sorteos truchos. Ciertas encuestas y sorteos callejeros son trampas para que una persona responda su nombre, DNI, domicilio, teléfono, etc. Los datos, muchas veces, van a manos de organizaciones que, por ejemplo, arman juegos de documentación falsa con los que piden créditos, compran mercadería a pagar, etc. Lo mejor es abstenerse de encuestas y sorteos callejeros, salvo que se conozca a la firma organizadora.
Jubilaciones. Esta treta es menos “virtual”; el estafador la prepara ganándose la confianza de un jubilado en la cola del banco donde cobra. Mediante una conversación intencionada, consigue los datos clave para armar un poder trucho. Al mes siguiente, va a cobrar bien temprano para “madrugar” a la víctima. Otra vez el antídoto es simple: desconfiar de desconocidos que piden el número de documento, o ver el recibo.
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