ESTRÉS: LA MARCA INVISIBLE DEL AGUA
María entra a su casa y no la reconoce: los muebles nuevos no registraron todavía ninguna historia y ella da vueltas por las habitaciones tratando de reconocer su hogar, ganado por el agua del Salado el 28 de abril por la noche. La pintura hizo desaparecer esas típicas aureolas que dejan los cuadros y adornos en las paredes; el problema es que tampoco están los cuadros y los adornos. Graciela, en cambio, no quiere volver a su casa, no soporta la idea de revivir aquello que (ya lo sabe) la marcó a fuego de por vida.
Juan soportó la invasión del agua aferrado a un alambrado y salvó su vida por milagro. Para Julia la tragedia fue doble: perdió a su madre el mismo día en que el agua invadió la casa. Lucía encontró refugio durante una noche entera sobre el techo y no deja de soñar con el agua. Edit no sabe si alegrarse por su flamante árbol de Navidad o seguir llorando por el que se llevó el río. Son nombres ficticios, pero historias verdaderas.
¿Qué tienen en común? Como otros santafesinos que padecieron de manera directa el desborde del Salado, comparten síntomas asociados a una situación extrema de estrés: fobia social, angustia, insomnio, miedo al agua, pérdida de la seguridad, terrores nocturnos. Y así como algunos pudieron borrar las marcas materiales del agua con pintura y revoque, la inundación dejó una huella en quienes la padecieron que podrá atenuarse pero no desaparecer.
UNA MARCA INDELEBLE
“Estamos frente al análisis de una catástrofe de dimensiones enormes, no solamente por el impacto que generó en su momento, sino porque sabemos que en la vida de una persona un trauma de estas características deja una marca para toda la vida”, asegura el médico psiquiatra Rubén Pancaldo.
“Mi vida cambió después”, dicen muchos. Ese cambio tiene que ver con la imagen que queda en la mente del hecho traumático. A partir de entonces, va a ser punto de referencia para todo lo que la persona haga o deje de hacer.
A ocho meses de la peor catástrofe hídrica, hay personas que siguen soñando con agua o que reviven una y otra vez el momento en que debieron abandonar sus viviendas: “Son imágenes centinela que acompañan a la persona a lo largo de su vida”.
Laura Catalán, psiquiatra y directora médica del sanatorio ubicado en 3 de Febrero al 3700, habla de flashback y de un estado de desasosiego que caracteriza a la persona cuando revive lo que ocurrió.
ESTRÉS POSTRAUMÁTICO
¿Por qué volver sobre el tema? Los especialistas observan que, desde hace algunos meses, pasada la primera etapa de shock, contención y solidaridad, se abrió una nueva instancia que se conoce como de estrés postraumático, en que la persona comienza a pensar en lo que ocurrió, a asimilar sus consecuencias y a revivir una y otra vez el hecho.
“Desde junio se están recibiendo consultas por primera vez por casos de estrés postraumático: un trastorno de ansiedad en el que la persona, aparte de presentar síntomas típicos (insomnio, angustia, preocupaciones excesivas), empieza a tener miedo de que la situación se repita, aun cuando no la haya vivido en forma directa”, informa Catalán.
Y Pancaldo aporta: “Lo que hace mal del trauma es eso, lo sorpresivo, lo inesperado, enfrentarse a algo para lo cual uno no está preparado y la sensación de que uno no puede hacer nada para modificarlo”. Esa definición se aplica en forma directa a lo ocurrido en Santa Fe, donde la inundación no fue como las otras que llegan de a poco, dan tiempo para refugiarse y recibir ayuda. “Fue un verdadero cataclismo en forma de aluvión y por eso las consecuencias no son las mismas”.
HABLAR, POR SOBRE TODO
¿Cuánto tiempo dura el estado de estrés postraumático? “Algunos hablan de meses y hasta dos años y lo plantean como un problema benigno. No creo que sea así -aclara Pancaldo-; creo que, si bien es cierto que en ese período puede haber una buena superación, la marca va a permanecer durante toda la vida”.
Catalán coincide y suma: “Las experiencias traumáticas no se olvidan jamás; se pueden superar de tal forma que se les dé un destino de utilidad al sufrimiento”.
En todo caso, tiene que ver con la historia previa de la persona, si ha tenido tendencia a la depresión, si ya era ansiosa, o si presentaba conflictos a nivel socio-familiar. En general, la gente más afectada es la más vulnerable por problemas emocionales previos o por una sensibilidad especial.
De lo que no hay dudas es de la importancia de hablar sobre lo que ocurrió y de la contención como primera terapia. Pero también es fundamental la consulta especializada para evitar consecuencias más graves.
El silencio, se sabe, lo único que logra es que el dolor cale cada vez más hondo. Catalán advierte que “estamos viendo que la gente vuelve a su casa, se le paga un subsidio y aparentemente todo está bajo control. Es como que el tema se enfrió y se hace un silencio, no sólo comunitario, sino también individual. Y la persona debe hablar de lo ocurrido, tantas veces como sienta que debe hacerlo”.
La frase
“Ponerle palabras a cualquier situación traumática, aún cuando no sea catastrófica, disminuye la intensidad del trauma, aunque éste no desaparezca”. Laura Catalán, médica psiquiatra.
Enfoque integral
En medicina se está estudiando el enfoque psiconeuroinmunoendrócrino de la persona, es decir un abordaje integral y unicista. “Ya no hay dudas de que cualquier cosa que pase en uno de estos subsistemas repercute en los otros como si todos fueran uno solo”, expone Pancaldo.
Está comprobado que en el mismo momento en que se vive un hecho traumático el sistema inmunológico es informado y responde de diferentes maneras: en forma exagerada desatando alergias o inhibiéndose. Es cuando se desarrollan infecciones a repetición o cánceres por estrés o enfermedades cardiovasculares. “El desajuste -concluye- es a todo nivel”. Por eso recomienda estar atentos a otros síntomas: infecciones a repetición, afecciones endócrinas o glandulares, alergias, enfermedades sistémicas o insomnio.
En carne propia
Eduardo Goldberg es residente en psiquiatría en el sanatorio La Merced, y estaba de guardia el 29 de abril. Ese centro médico también se inundó.
“A media tarde vimos que la gente salía a la calle y decía que ya había cuadras inundadas y que el agua se venía rápido”, recuerda ahora más tranquilo después de pasar por una experiencia extrema que, asimiló después, lo puso en riesgo de muerte.
Ese día, había 80 pacientes internados, hubo que dar de alta a algunos y trasladar a otros. Pero nada era fácil: no había luz ni teléfonos y las calles comenzaron a bloquearse por el agua, así que el acceso se volvió complicado para ambulancias y familiares.
Ahora admite que aun sin que su propia vivienda se haya inundado, la experiencia lo afectó en lo personal y, después de unas horas de descanso y recuperación, admitió el riesgo al que se había expuesto ese trágico día, cuando saber nadar fue útil pero no garantizaba supervivencia.
Sobre aquella experiencia y sus secuelas en el sanatorio se habló y se sigue hablando. No podría ser de otra manera: muchos empleados se inundaron y buscaron refugio en su lugar de trabajo que, poco después, también fue ganado por el río.
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