Extraño visitante
Es de manuales de periodismo que situarse en el centro de la escena al narrar una historia, abusar de la primera persona, no es conveniente. Pues bien, no obstante, haciendo la salvedad del caso, voy a emplearla valiéndome de una situación que –creo- es habilitante, en virtud de que no es común que a un caballero, por despreciable que fuere, se le quede a vivir con él un gusano. Como ha sido eso lo que me sucedió, aún a riesgo de aparecer como petulante, lo contaré.
Con militantes pretensiones podría afirmar que cientos de niños del noreste, todos los días, son invadidos por gusanos de toda laya, parásitos u otros males, que los conducen a la muerte o a la desnutrición en el mejor de los casos, y que al menos uno tiene la chance de contarlo. Pero no, seré franco y diré que lo narro nomás por la impresión que a todo ser humano le causa extraerse un gusano de 2 cm. de una de sus piernas.
La historia del ura, un gusanillo que se cría en las heridas y llega a poner allí sus huevos, me fue revelada en la selva de Misiones. Sin embargo, allí sólo lo utilicé para bromas de ocasión, máxime teniendo en cuenta que después de un tiempo en el noreste, entre tanto mito y tanta leyenda, uno no sabe bien qué de lo que le están diciendo es cierto y en el caso de que se pudiera comprobar, entonces uno se pregunta para qué existen los médicos.
En tierras coloradas advierten que hay que cuidarse del ura. Dicen que si se mete en la cabeza puede provocar la muerte y que la única manera de quitarlo es que algún conocedor de la zona le meta a uno los dedos (en el lugar de la herida, claro) hasta hacer saltar al gusano y convencerlo de mal modo que deponga su parásita actitud. Tras haber sido picado por mosquitos extra large, hormigas atómicas e insectos de diversa índole, no le he prestado mayor atención a una picadura que comenzó a hincharse a un costado de mi rodilla izquierda. No, hasta que comenzó a dolerme como si algún duende endiablado se hubiera metido allí a darle más torpeza a mi pierna menos hábil.
Pero, se sabe, si no se puede elegir, hay que acostumbrarse. De modo que me acostumbré a vivir con la hinchazón y acordé con ella que no más de tres veces por día me diera esa estocada que me llegaba hasta la espalda y me hacía perder noción de donde estaba localizado el dolor. Hasta entonces, seguía diciendo que podía tener un ura en mi cuerpo, en solfa siempre, y llegué a pensar para adentro que podría llamar Menem a mi gusano.
Con hábito de monje, cada tres o cuatro horas al principio, o tres o cuatros veces por hora con el devenir de los días, me quité la pus que supuraban las dos heridas y pensé en víboras que nunca he visto o en hormigas mortales y gusanos mal llevados. Sin embargo, nada de eso aparecía y me convencí luego que eso de que un habitante extraño se monta en tu cuerpo y vive allí hasta que se le antoje no fue más que otra leyenda misionera.
Hasta que hoy, a la salida de una ducha de esas de agua tibia y bañera humeante que en el norte no abundan, apretando la pus mía de cada día comenzó a asomar tímidamente de la herida una manchita blanca, algo babosa por fuera pero compacta en su interior, que tendía a salir pero no del todo convencida. Entonces pedí a la casera una pincita para las cejas y, sin higienizarla debidamente por temor a que la manchita que ya era un cuerpecito se volviera hacia dentro, pasé a extraerla.
Pronto la manchita se mostró en toda su dimensión. Era un gusano de dos centímetros, entre blanco y transparente, con tres rayitas blancas alrededor como la camiseta de El Porvenir y un ojo sólo como si además de gusano, fuera pirata. Al salir Menem de mí tuve una doble sensación. Por un lado experimenté la idea de que si hasta los gusanos me abandonan, no debo ser una persona al menos amigable. Por el otro creí que finalmente iba a evitarme la molestia de hablar con él todos los días mientras me saco la pus.
Al fin y al cabo, no ha sucedido ni una cosa ni la otra. Menem murió en la pileta de un baño de un hotelucho de mala muerte, aplastado por una pincita de depilar, sin siquiera pedir clemencia y mi rodilla siguió supurando, ahora sin hinchazón y mejorando día a día. De todos modos, esta noche, mi primera noche sin Menem en mi cuerpo, pienso que soy un asesino de gusanos, porque los gusanos tienen la virtud de joderte la vida y encima hacerte creer que las víctimas son ellos.
Como si fuera poco, pregunta en las noches tucumanas si alguien sabe que le pasa a quien acaba con un ura y por respuesta tengo sonrisas socarronas y un piadoso que me explica que aquí, la ura es la vagina.
Además, siento que –aunque me ha jodido bastante- me falta algo. Y –a esto sí que no lo puedo soportar- me carcome la conciencia el hecho de comprobar que hasta un gusano como mi Menem me ha abandonado. Mejor me voy a comprar un perrito Labrador o un Boxer, que esos sí son los verdaderos amigos del hombre.
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