FENÓMENO ARGENTINO: GINÓBILI.
El semicírculo tiene cuatro filas de periodistas que miran hacia abajo. Sus ojos apuntan al protagonista que está sentado en la primera hilera de butacas del estadio SBC Center. Trece horas antes, en el mismo escenario, Emanuel Ginóbili festejaba el triunfo de San Antonio Spurs en la primera final de la NBA.
Se acerca el mediodía del jueves. Manu no da abasto. Toda la prensa latinoamericana e italiana, y gran parte de la estadounidense, quiere escuchar al argentino. Porque él habla siempre con franqueza, sin problemas. Pasó el debut en la instancia decisiva, con un aporte de 7 puntos, 7 rebotes y 3 asistencias en 28 minutos. Pasó la noche cargada de emociones. Pasó el sonido de ese despertador que lo conminó a presentarse a a las 10.30 en el estadio. Pero lo que no puede pasar de largo es la importancia de lo que vivió en la noche del miércoles. Y el diálogo con Clarín gira en torno a ello.
—Dentro de 50 años, cuando se repase la historia del deporte argentino, va a perdurar lo que viviste. ¿Percibís la importancia de tu logro?
-No. Mirá si esto le pasa diez años seguidos a distintos jugadores… Va a ser un hito si se gana, si se llega a un buen final. Y eso es en lo único que pienso. Después, lo que venga, halagos, premios, reconocimientos, bienvenidos sean. Lo que me llena de orgullo es el sentimiento de terminar la temporada, consagrar el sueño del equipo, saber que trabajaste tanto para esto y que lo lograste.
—¿Se te cruza pensar que los exitistas no valorarán lo que hiciste si no salís campeón?
—Sé que el argentino es exitista. Yo soy exitista. Si no gano esta temporada, con las posibilidades grandes que tengo, voy a estar totalmente desilusionado. No me va a importar si jugué bien. Aunque a la larga se valora igual el esfuerzo y lo difícil que es llegar a esta instancia. Pero no hay duda de que llegar hasta acá y no dar ese paso final, haría todo muy distinto.
—¿Sos el deportista argentino del momento?
—No sé si lo soy realmente. Los chicos del tenis están bárbaros y el fútbol siempre es el fútbol. Me halaga que digan que soy “el” más importante, pero más importante es que a varios argentinos les esté yendo muy bien en distintas especialidades. Más allá del orgullo personal, al país le viene muy bien.
Y a Manu también, claro. El se ganó el corazón del pueblo latino de San Antonio, tan grande como el anglosajón. Para ellos, Manú —así, con acento— es el representante de la garra y la pasión americana. La de la América continental, claro, no la de esta autodenominada America (sin acento, porque la lengua inglesa no lo admite).
Fue intensa la noche de anteanoche para el bahiense de 25 años. Porque la prensa mundial lo acosó en el vestuario, sin interrupción. Porque de allí se fue con dos amigos y su novia Marianela, quien lucía una camiseta de los Spurs especialmente diseñada, con “Ginóbili” en la espalda y la leyenda “MVP”, que pasó de ser “Jugador (Player) Más Valioso” a ser “Compañero (Partner) Más Valioso”.
El hogar es zona vedada para el basquetbol. No es cuestión de saturarse. Por eso, a dormir para reponerse. Ayer aún tenía un tremendo arañazo en el hombro derecho. Es que tomar rebotes se paga en el cuerpo. Más aún si son siete, como los que capturó en el debut, una cifra que no conseguía desde hacía 14 partidos, en el quinto encuentro contra Phoenix, por la primera ronda de los playoffs.
“Manu fue uno de los que contribuyeron a frenar la transición ofensiva de Nueva Jersey para que diéramos vuelta el partido”, lo elogió el ala pivot Malik Rose, al que el argentino vuelve loco con el apodo de Cabezón. Suerte que el morocho se sacó los aparatos de sus dientes. Si no, las cargadas hubieran sido mayores…
Manu sabe que cumplió en su aparición en la final. Hizo su juego, sin tomar tantos tiros y ajustando la marca para contribuir a la estricta defensa que realiza San Antonio.
Pasó el debut. Pero hoy, a las 19.30 (las 21.30 de la Argentina), se viene la segunda contra New Jersey Nets. Emanuel Ginóbili tiene la cabeza fría e intenta abstraerse del clima de fiesta que anima a los fanáticos de los Spurs. Los grabadores y las cámaras lo buscan, pero Manu frena la pelota, mira el reloj de posesión y arma la jugada con paciencia: “Yo sé de dónde vengo, sé quién soy, sé que soy nuevo y que tengo que aprender mucho. Estoy jugando la final de la NBA. No me puedo quejar”.
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