FESTEJÓ BOCA POR LA REACCIÓN
En cierta forma, este superclásico compensó la frustrada posibilidad de que hubiera tres choques de haber avanzado River en la Copa Libertadores. Porque en los 90 minutos de ayer hubo más de un partido, demasiados contrastes futbolísticos y sensaciones cambiantes como para encerrarlas en apenas una hora y media. Por aquello de que la última imagen es la que pega más fuerte y marca el clima dominante, Boca fue el que encontró más motivos para festejar por el empate. Porque llegó a la igualdad tras el 0-2 y la parálisis que acusó en el primer tiempo. Porque River era el más urgido por un triunfo que le sirviera para pasarlo en las posiciones y demostrar que había asimilado el colapso ante América. Porque mentalmente volvió a ser más consistente para soportar el peso psicológico de un clásico.
Hasta ahí, las conclusiones básicas. Pero el partido también aportó varias lecturas intermedias, un segundo vistazo que tampoco es para despreciar. Pues River, tras la amargura primaria por la victoria parcial que no supo conservar, bien puede tomar el empate como el mal menor, ya que Boca, que alcanzó la igualdad en siete minutos y por delante tenía otros veinte, parecía en condiciones de arrollar a un rival que estaba con un jugador menos y que en los tres mimutos finales se quedó con nueve. Sin embargo, Boca bajó las revoluciones, no tuvo ese último empuje, no acompañó al liderazgo de Barros Schelotto en la recuperación.
El empate, bastante lógico y ajustado al desarrollo, más que un reparto –escaso para los dos al cotejarlo con la victoria de Vélez– entrega una enseñanza aplicable para los dos: lo mal que les fue cuando se dejaron llevar por una excesiva cautela, cuando el amarretismo y la avaricia no les sirvieron para blindarse y los alejaron demasiado del arco rival. Boca cayó en ese error en el primer tiempo, al entrar con una actitud muy pasiva y replegada, como creyéndose en exceso que bastaba con el acto de presencia para salir adelante. Subestimó las exigencias de un encuentro de este tipo, quizá pensando que un alicaído River iba a hacer el trabajo por él.
El equipo de Pellegrini plegó las velas luego de su muy buena primera etapa. La coartada de tener un jugador menos no es justificativa para retrasar tanto las líneas. Se quiso aferrar al 2-0 por la vía especulativa, olvidándose de la iniciativa y el control de la pelota que había ejercido casi sin intermitencias. No tuvo pragmatismo ni seguridad para echarle el cerrojo al partido.
Así como River había sido una armoniosa fuerza colectiva en el período inicial, el que mejor sacó la cara por Boca en la adversidad fue el mellizo Guillermo, que cada vez exige un lugar más destacado en la galería de los grandes delanteros de la historia xeneize. En el área, allí donde parece que no hay espacio, Barros Schelotto encuentra resquicios; en la zona caliente, su frialdad en la definición resultó vital. Si el fútbol tiene mucho de picardía y viveza, nadie mejor que el Mellizo para personificarlas. Dentro de un equipo con varias deserciones individuales en cuanto a rendimiento, Barros Schelotto resolvió por cuenta propia.
Antes de que el Mellizo se convirtiera en figura, River llevaba las riendas, con un medio campo que hacía circular bien la pelota y sumía en la impotencia a los volantes locales. Toques, aperturas a los costados, combinaciones y movilidad componían el libreto de River, que se puso en ventaja con un gol de D’Alessandro bien urdido por Fuertes, Claudio Husain y Coudet. Boca no reaccionaba, inconexo y muy impreciso. Se produjo la expulsión de Demichelis y River igual sorprendió con un contraataque que derivó en el penal de Abbondanzieri sobre Coudet. Convirtió Cavenaghi y Pellegrini se apuró en rearmar la defensa con el ingreso de Zapata. Era evidente que Bianchi debía producir un shock en su conjunto y dispuso los ingresos del Equi González (se notó su falta de fútbol) y Estévez para que éste armara una línea de tres atacantes con Delgado y Barros Schelotto.
River hizo del partido una prueba de aguante y mucho no duró. Boca se le vino encima con todas sus filas, a punto tal que Clemente Rodríguez asistió al Mellizo en los dos goles. River parecía groggy, pero Boca se quedó sin pegada, un poco porque el ingreso de Ludueña le dio el aire y la salida que ya no encontraba con D’Alessandro y Coudet. Ludueña demostró que estaba para un lapso más extenso que los últimos quince minutos. En definitiva, a Boca le faltó decisión para redondear una tarde inolvidable y River abandonó el convencimiento del arranque. Y no está mal que tanta inconstancia compartida los haya hecho retroceder de lo más alto de la tabla.
Este contenido no está abierto a comentarios

