FIEL A SUS CONVICCIONES
Fiel a su estilo, impredecible como siempre, Marcelo Bielsa presentó su renuncia a la conducción técnica de la selección nacional de fútbol en el momento en el que comenzaba a recuperar la confianza de la gente, por la reciente obtención de la medalla de oro en los Juegos Olímpicos y su gran actuación en la Copa América.
En estos últimos dos meses, el entrenador había vuelto a atraer el interés de los hinchas argentinos por el excelente rendimiento futbolístico mostrado en los dos torneos y, a la vez, acallado las feroces críticas que partían desde los medios de comunicación más poderosos, que reclamaban resultados o un cambio inmediato de rumbo para el equipo.
Precisamente son ellos, los representantes del establishment del fútbol, los que anuncian sonrientes la dimisión del “Loco” y empiezan a festejar la llegada de su reemplazante, seguramente menos reacio a la hora de dar notas exclusivas, anticipar convocatorias u otorgar preferencias a los medios más poderosos.
Ellos, los mismos que protestaron con la designación de Bielsa por sobre Bianchi y debieron resignarse a elogiarlo ante los resultados obtenidos por el técnico en la brillante etapa previa al mundial de Corea y Japón.
Ellos, los mismos que en apenas tres segundos, el tiempo que tardó aquel fatídico tiro libre de Svensonn en clavarse en el ángulo derecho del arco argentino, en cambiar drásticamente su opinión del seleccionador.
Ellos, los mismos que elogiaban su innumerable colección de videos, a la que luego tildaron de inservible; los mismos que destacaban su orden táctico para después calificarlo de obsesivo; los mismos que aprobaban el trato distante con sus dirigidos y pasaron a acusarlo de no saber manejar grupos.
Ellos, los mismos que reclamaban la designación en el cargo de sus compañeros de trabajo, Carlos Bilardo y Oscar Ruggeri, y ante la poca aceptación de la gente se sumaron al pedido de Carlos Bianchi y, en segundo lugar, Héctor Cúper, más cercanos a sus gustos futbolísticos de “equipos prácticos” y resultadistas.
Ellos, Niembro, Araujo, Vilouta, Liberman y todos los demás empleados de los dueños del fútbol argentino, a quienes poco les importa el futuro de la selección mientras puedan mantener sus negocios en torno a ella.
Seguramente festejarán su triunfo y ridiculizarán la decisión de Bielsa, pero acaso demasiado contagiados de la vara que se usa para medir en estos tiempos las victorias y las derrotas, no llegarán a comprender la grandeza de alguien que jamás traicionó sus convicciones y prefirió dar un paso al costado en un momento de gloria, antes de seguir sumergido en un juego que lo desgastó y ya no le interesa.
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