FIESTA DE CLAUSURA DEL FESTIVAL DE SAN SEBASTIAN
La bonhomía vasca llegó a su punto culminante anteanoche, cuando la película alemana Miedo a disparar obtuvo la Concha de Oro a la mejor película del Festival de San Sebastián. Una señora, desde lo que llamaríamos el pullman del Kursaal, había llegado preparada. Hizo sonar su pito y fue acompañada por muchos que, no tan prevenidos sobre quién ganaría, la apoyaron con sus silbidos y abucheos, y no sólo desde la platea alta…
La delegación alemana en la sala estaba compuesta por cinco personas, y una de ellas estaba en el escenario recibiendo el premio. Así que cuando el director Dito Tsintsadze agradeció, los únicos que aplaudían eran los cuatro que estaban sonrientes en la fila cinco. A un costado del escenario, nuestro Leonardo Sbaraglia, coconductor de la ceremonia de clausura, hablaba en “español” y también leía en vasco lo que debía decir. El hombre no desentonó.
Como tampoco lo hizo Kevin Costner, la máxima estrella presente en la sala, que ya sin sus gafas oscuras —lo cual permitió ver el increíble estado de su ojo izquierdo— dijo al público que “había prometido volver, luego de dos años, y aquí estoy”.
Luego hubo que aguantar —ya no en el Kursaal, donde la ceremonia fue austera pero emotiva, con Ana Torrent, protagonista de El espíritu de la colmena, treinta años mayor, cerrando la misma, y posando al lado de todos los ganadores— que cierta prensa dijera de Open Range, el filme de Costner que se exhibió a sala ya no tan llena, que es un “western a la argentina”, porque los personajes se la pasan hablando bonito. Ostia.
La posterior fiesta en el Palacio Miramar, aquél en el extremo oeste de la Concha de San Sebastián, donde los reyes pasaban sus vacaciones veraniegas, no empezó hasta pasada la medianoche. Costner y los ganadores tuvieron acceso a un exclusivo sector VIP, donde comieron foie de pato, salmón ahumado, queso idiazábal, bacalao y huevas de trucha, pimientos rellenos de rabo de buey y otras delicias que el común de los invitados vieron sólo en el menú. Sí hubo abundante cava (champagne), cerveza y vino Rioja, por lo que los ánimos comenzaron a alentarse y a eso de las tres de la mañana, cuando las luces que iluminan la Catedral y aquéllas que están en la isla de enfrente se apagaron, comenzó el descontrol.
Un descontrol controlado que se descontroló del todo en Bataplán, la disco de moda de San Sebastián, a la que se llegó prácticamente rodando, ya que queda bajando la colina donde está el Miramar.
Antes, Gastón Biraben contaba cómo se había enterado de su premio en la sección Horizontes, que lo hizo acreedor a 12.000 euros “que ya me los girarán”. En verdad, llegó engañado hasta el Kursaal. “Me dijeron que tenía una entrevista con una agencia de noticias, que era muy importante y no me podía negar. Cuando arribé, me dijeron que no encontraban al periodista, me llevaron a otra sala y noté que algo raro sucedía, porque todos me miraban distinto, hasta que un hombre me llevó a la sala donde los jurados daban a conocer los premios a la prensa. Y cuando me dijeron “siéntate aquí”, y en la silla decía ganadores…”
En Bataplán todos se sentían ganadores. La barra era tanto o más concurrida que el sector VIP. La música, como en todas las fiestas en Donostia, era un remix de clásicos de los años 80. Como había llovido durante buena parte de la noche, en los jardines del Palacio Miramar la hierba —el pasto— desprendía un aroma extraño. En Bataplán los olores eran otros.
El festival había llegado a su fin, pero no los festejos. “Se acabó”, soltó un exultantemente medido Mikel Olaciregui, director de la muestra, a algunos miembros de su comité de dirección.
Salvo los silbidos por la Concha de Oro, la deserción de Chazz Palminteri como presidente del Jurado, la ausencia de representantes de la norteamericana Verónica Guerin y la huelga en el Hotel María Cristina, todo había salido como Dios manda. Aunque por esa hora, ya se habría ido a descansar.
Este contenido no está abierto a comentarios

