FIESTA TANGUERA EN EL BORDA
Dolores Solá entonaba La patota, con La Chicana sonando a pleno, después de la presentación de Omar Viola, que tiene la chapa de haber generado el Parakultural en los ochenta y que ahora organiza las milongas más genuinas de Buenos Aires. En el escenario, bailaban María y Carlos Rivarola, que pasaron por Tango Argentino, y también hacían sus dibujos Graciela González, recién llegada de dar clases en Italia, junto a Juan Manuel Fernández, milonguero y profesor de la Escuela Argentina de Tango. La escena bien podría haber sucedido en el Tasso o La Viruta, pero era el Borda, en el cuarto piso del hospital, con un teatro lleno de internos que vivieron, ayer, una mañana distinta.
La movida surgió de Tiempo de Tango, espacio de difusión y enseñanza que funciona los segundos y cuartos jueves de cada mes, a las 11 horas, en el Servicio de Resocialización Terapia Regular B3. “Lo hacemos en el marco del programa de descronificación y rehabilitación, Arte, Cultura, Psicoanálisis y Trama Social, porque el tango, se sabe, apunta a la identidad y a la historia de cada uno de nosotros”, explicó la Licenciada Cristina Gartland, al frente del servicio.
“No me acuerdo cómo se marca el cruce”, se lamentaba Pablo, un interno con ocho años en el Borda, en el pasillo del teatro, sin animarse a entrar. La psicóloga Silvana Perl, concurrente del Borda y que lleva adelante, junto a Juan Manuel Fernández, las clases de los jueves, le ofrece la clave justo un momento antes de que empiece a sonar La Chicana. Dolores Solá llegó con fiebre al lugar, envuelta en bufandas, con anginas. Hasta anoche no podía asegurar que se iba a levantar de la cama. De todas formas, antes de la función, El Gitano, un paciente que animó por su cuenta el encuentro, le puso la mano en la frente y convocó a Jehová. “Todo va a andar bien”, le aventuró. Pero no fue gratis. “Tenés que cantar Tinta roja”, la apuró.
“Habíamos venido el año pasado y, la verdad, es uno de los mejores públicos que conocemos. No hay impostura de ellos, no hay impostura nuestra. Aquí, el escenario no es más que un poco de madera para que nos vean de lejos”, explicó, con cara de madrugada, Acho Estol, letrista y director musical del grupo.
La japonesa Yukiko Niki, que estudia tango y castellano en la UBA, la inglesa Maggie, la italiana Mónica Spanu que también subió a bailar y el periodista irlandés Tom Hannigan, que escribe en The Times, eran sólo algunos de los extranjeros. “Vengo a las clases de los jueves, porque aquí se enseña sin ninguna solemnidad”, sorprendió Tom.
Con musicalización de Damián Boggio, se festejó a varios pacientes que, permiso mediante, suelen ir a milonguear algún domingo a la Glorieta de Barrancas de Belgrano: Alejandro, José, Alfredo, Carlos y Pablo. Fue muy buena la performance del interno José Rodríguez. “Nací en Ciudadela y bailé mucho en La Tierrita, en Mataderos. Pasé doce años sin pisar una pista. Anduve bien, pero tengo los pies algo duros de tanto cigarro”, canchereó, con tono indeleble de milonguero.-
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