Filipinas espera un milagro
Timbang, que vino lo más pronto posible desde Londres, donde trabaja como niñera, no pudo evitar el llanto mientras buscaba con desesperación a sus 19 familiares: sus padres, tres hermanos y sus esposas y 11 sobrinos. "Miren la montaña colapsada, miren el barro", decía ante los periodistas. "¿Creen que alguien puede haber sobrevivido a esta catástrofe?".Cientos de socorristas filipinos y extranjeros continúan buscando a las más de 1.300 personas que se estiman aún enterradas bajo el fango en Guinsaugon, en la provincia de Leyte del Sur, 675 kilómetros al sureste de Manila. Los socorristas, que remueven el barro con palas y sus propias manos, han rescatado hasta ahora 72 cadáveres y 65 supervivientes del lugar.Mientras muchos de los que buscan a los desaparecidos se resignan a aceptar el destino de sus familiares, el milagro que sobrevino a una tragedia similar hace dos años da esperanza a algunos socorristas.En 2004, mineros rescataron a cuatro sobrevivientes diez días después de que deslizamientos de barro enterraran un edificio de dos pisos en la provincia de Quezon, 75 kilómetros al este de Manila y dos semanas antes de Navidad.En la catástrofe de Quezon murieron 775 personas, y más de 700 siguen desaparecidas. En aquella ocasión, María Tanares fue rescatada junto a su nieta y otros dos niños. La mujer afirmó que se mantuvieron con vida gracias a sus plegarias y bebiendo el agua que se filtraba por las grietas del edificio sepultado. "Mi nieta me decía que no quería morir aún", dijo entonces a la prensa.Los mismos mineros que rescataron a Tanares se dirigen ahora a Guinsaugon. El ministro de Defensa Avelino Cruz y otras autoridades han citado la experiencia de Quezon para fortalecer el ánimo de los que esperan noticias de sus amigos y familiares. Pero Irenea Velasco, de 59 años, dice saber en lo profundo de su corazón que sus siete nietos, su hijo y sus dos hijas no tienen esperanzas de sobrevivir 48 horas después del devastador deslizamiento.Velasco fue rescatada del fango acuoso tres horas después de la tragedia. Inmediatamente después del desprendimiento, la mujer intentó detener a sus tres hijos cuando se dirigían a la escuela primaria que quedó sepultada con 253 alumnos y docentes. "Mientras el barro me llevaba a través de los escombros, pedí a Dios que salvara mi vida. Pero quizás habría sido mejor que la tierra simplemente me tragara", aseguró.
Este contenido no está abierto a comentarios

