Fin del mundo
Mientras uno recorre los 200 kilómetros que unen a Río Grande con Ushuaia, es inevitable pensar que estamos próximos a llegar al extremo sur de la Argentina, casi 9 meses después de haber salido desde Santa Fe. Si no fuera que la ruta intrincada no lo permite, la ansiedad haría subir la velocidad. Es factible que además, los ojos quieran mirar más lejos y se pierdan un paisaje estupendo a la vera del camino.
Sin embargo, Ushuaia –de la que ya nos ocuparemos- no es la meta final. Hay un más allá cercano, pero más allá al fin, que es el Parque Nacional Tierra del Fuego. Allí, entre la vegetación exuberante que por primera vez nos hace olvidar la estepa patagónica, hay un mojón, un punto obligado, donde un cartel señala “el fin del mundo”, el último metro de la Ruta Nacional 3, el principio del fin de nuestra excursión.
Nadie va acelerado por un Parque Nacional, donde se siente la naturaleza como en ninguna otra parte, donde las rocas de la Cordillera se vuelven piedras mansas que se arrojan al océano y donde los caminantes empedernidos despuntan el vicio de andar rumbo a la nada mirando un todo que nunca es abarcable. Igualmente, la procesión va por dentro. Uno quisiera estar ya en ese punto simbólico y extremo. Ya mismo. Aunque haya luego que dejar de ver el resto.
Los turbales, humedales de flores rojas, su contraste con el verde musgoso que desciende de las montañas bajas, el cielo siempre de nubes insurgentes, conforman una policromía natural a la que solo le falta que algún Dios baje a explicarnos que hemos alcanzado el paraíso. Pero el paraíso para un periodista ambulante que casi ha recorrido 26 mil kilómetros, es apenas un cartel de madera de lenga, con letras amarillas, que anuncia que por este país ya no hay nada más que recorrer.
El Parque ofrece otras alternativas. Lagos de agua glaciar y verdosa, ríos que se retuercen como gusanos de parque de diversión, acampe libre para el roce con una lluvia casi siempre presente o con un pasto irremediablemente húmedo. También la fauna es excluyente allí. Un ejército de conejos que se mueven sin leyes, zorros confianzudos que se acercan a los turistas o cormoranes chismosos que sobrevuelan para enseñar quiénes son los dueños del lugar.
Sin embargo, sólo cuenta ese cartel, el que sabemos que está allí, aunque todavía falten unos pocos kilómetros de camino angosto y a paso de hombre, por puentes de madera y arboledas milenarias resecas. El que nos ha tenido pensando desde que salimos de La Quiaca que un día, un buen día, o un lluvioso día como este, llegaríamos después de contar tantas historias, para no saber ahora que decir. Finalmente, después de la última curva, el camino se abre hacia un estacionamiento natural y estamos en el confín del mundo.
No hay otro lugar continental más austral que pueda pisar el hombre que no sea este. “Fin del mundo”, dice la inscripción. Quizás como un desafío de intrépidos o para dejar por sentada la lejanía, también se anuncia la distancia que separa ese punto recóndito de otro, más al norte: Alaska. En auto, hasta allí llegamos. No obstante, hay unas pocas cuadras, unos centenares de metros que es factible recorrer a pie, por una pasarela nueva siempre pisada por cientos de turistas.
Allá vamos. La bahía Lapataia se aparece en toda su dimensión. Algo más lejos, ahora sí definitivamente inaccesible, se ven las aguas del Canal de Beagle en su curso mayor, que hacen su aporte a la rada del fin del mundo. Congeladas ellas, casi como la bandera argentina que flamea porfiando en el mástil para no ser arrastrada por el viento sur. Llegamos. Las montañas forman como un portón de acceso hacia el polo que uno codicia temiendo que sea mucho pedir. En adelante, todo será empezar a volver.
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