“Fueron unos minutos de granizo, pero parecieron una eternidad”
Testimonio de vecinos de San Jerónimo Sud, una de las localidades más afectadas por el temporal del miércoles. El pueblo no salía de su asombro. Unas 600 viviendas fueron afectadas.
“Fueron apenas unos minutos, pero me parecieron una eternidad”. Las palabras de Patricia Kaufeller quizás resumen lo que vivieron los habitantes de San Jerónimo Sud el miércoles por la tarde, cuando un violento granizo cayó sobre el pueblo y causó destrozos prácticamente en todos lados. Una de las localidades más afectadas por la tormenta, y donde el Consejo Joven tenía contabilizadas alrededor de 600 viviendas afectadas. Un pueblo que no sale de su asombro por lo vivido, según sus habitantes, totalmente inédito por su magnitud.
La Capital recorrió ayer este pueblo de unos tres mil habitantes, ubicado a 35 kilómetros de Rosario, y recogió testimonios de los damnificados. La misma entrada la localidad parecía mostrar un anuncio: un silo bolsa estaba totalmente deshecho, y sólo se veía el maíz que alguna vez había estado resguardado en su interior. Después, las calles estaban alfombradas de ramas y hojas, muchas de plátanos, abundantes en el lugar. Y las casas iban mostrando una a una los efectos de la tormenta.
“Me quedaron solamente los tirantes, la piedra destrozó el techo de los galpones”. Oscar Aguilar, un artesano que trabaja en hierro detrás de su casa de Estrasburgo 37, trataba de entender lo que habían vivido. Los tres galpones del fondo fueron el blanco de la tormenta. Todos perdieron los techos. “Esto no tiene nombre”, dijo Aguilar mientras sostenía el rastrillo con el que trataba de recoger todas las hojas de la vereda. “La piedra me rompió hasta la cortadora de césped. Pensé que un galpón se había salvado, pero cuando entré por el otro lado me di cuenta de los destrozos. En la casa, me rompió la galería que hacía poquito habíamos terminado de pagar”. Su esposa, Liliana, se lamentaba desde adentro de la vivienda. “No puede ser que el Señor esté tan enojado”, dijo, mientras le contaba al esposo que el gato, de tan asustado que había quedado, no salía de su escondite.
Cerca de allí, sobre la ruta 9, la concesionaria Renault tenía los amplios vidrios del showroom totalmente destruidos. Paneles enteros de seis milímetros de espesor habían sido atravesados por el granizo, que impactó sobre los autos que estaban adentro. Un Sandero tenía todo su costado derecho abollado. En el galpón de atrás podía verse un Corsa y un Clío con los parabrisas rotos, debajo de un techo con paneles de policarbonato que dejaban entrar la luz… y la piedra. “Yo estaba adentro del galpón. Una mujer pudo resguardar su auto aquí. No se podía escuchar nada del ruido que había. Fue impresionante”, narró Víctor Vergara, mecánico del taller.
El panorama era más desolador en el galpón de accesorios para carpintería de aluminio de la firma Litoral Accesorios. Su encargado estaba tan amargado que no quiso hablar. “Por favor, hoy no”, se excusó, con la cara realmente desencajada. El techo de fibrocemento se cayó por completo. Un grupo de empleados, todos jóvenes, limpiaba los destrozos. El silencio con el que trabajaban sólo se rompía por el ruido de las chapas que iban apilando unas sobre otras en el suelo.
Casi enfrente, el personal del Centro Integral de Rehabilitación Aprepa limpiaba los despojos de la tormenta y agradecía que no hubiera ocurrido nada con los pacientes. Es que en la pileta del complejo, donde había personas en pleno ejercicio de rehabilitación, el granizo rompió el doble vidrio hermético que deja ver desde la piscina el parque: dos placas de vidrio de seis milímetros cada una, con un espacio vacío en el medio. “Esto está preparado para soportar vientos de 120 kilómetros por hora, y para el granizo, pero no para uno de estas características”, contó Carlos Longoni, gerente médico del centro. “Afortunadamente, teníamos mucha gente para evacuar rápidamente la pileta y hacer todo el trabajo de apoyo para restablecer la situación, pero recuperarnos de esto va a costar”, razonó.
Patricia Kauffeler estaba sola en su vivienda de Estrasburgo 85 cuando se desató la pedrea. “Fueron unos minutos, pero me parecieron una eternidad, jamás vi una cosa así, era una nube blanca, no podía ver ni siquiera la casa de enfrente. Esto es inexplicable”, contó ayer la mujer, mientras la familia sacaba en carretillas las tejas rotas del techo. Cerca de allí, en avenida de las Américas, dos muchachos juntaban las ramas y hojas caídas.
Todos estos lugares, cercanos entre sí, se levantan en la zona surdeste del pueblo, una de las más castigadas, aunque la tormenta se ensañó prácticamente con toda la localidad.
Operativo
La vieja estación ferroviaria se convirtió en cuartel general para todo lo que fue la organización de la emergencia, en la que trabajaron bomberos, agentes de Protección Civil, empleados comunales y hasta el Consejo Joven, un organismo que realiza distintas tareas culturales y sociales, y que desde la tormenta inició los trabajos de relevamiento en la localidad.
El secretario de Gobierno de la comuna, Adrián Pereyra, recordó que venía desde Rosario con el presidente comunal, Marcelo Cisana, cuando ya percibieron desde la ruta un cielo amenazante. “Cuando llegamos, minutos antes de las 16 del miércoles, comenzó el granizo. Lo más llamativo fue que hoy —por ayer— eran las 10 y todavía estaban las piedras sin derretir”, contó. “Llegaron a pesar una de 1,7 kilo”.
El funcionario explicó que se está haciendo un relevamiento casa por casa para mesurar los daños y trabajar en la ayuda social y la reconstrucción. “El miércoles a la noche asistimos lo más urgente, que eran las casas con techos de fibrocemento, que se rompieron todas. Teníamos a disposición el ferrocarril para traer evacuados, pero no fue necesario porque la gente se autoevacuó en otras casas”.
Afuera, los chicos y chicas del Consejo Joven venían de hacer los trabajos de relevamiento. Aunque no podían dar una cifra exacta, sus cálculos les decían que unas 600 viviendas quedaron afectadas por el temporal. A la mayoría se les rompieron las membranas y techos, por eso estamos llevando nylon, para que al menos no estén a la intemperie”, explicó Rocío Capelli. A su lado, Camila San Juan abundó: “Lo que tratamos es que la gente esté seca y adentro de las casas”.
Desde la misma noche del miércoles, la comuna comenzó a trabajar con Protección Civil de la provincia, los bomberos, y ayer mismo recibieron el compromiso del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación de que enviará insumos para ayuda.
Con la cabeza rota
Carlos Suárez tenía una venda en la cabeza. Habían tenido que suturarlo por una piedra que le cortó el cuero cabelludo. Pero lo más increíble fue que le ocurrió cuando estaba adentro de la Ford Ranger de la empresa donde trabaja. “Yo estaba en la chata. Primero empezó a caer un granizo normal, después ya parecían pelotitas de ping pong, pero de repente empezaron a ser muy grandes, y con puntas. Una me perforó el capó, otra me rompió el parabrisas, pero no sé de dónde salió la que me dio en la cabeza. Mirá que he visto tormentas, pero como ésta, ninguna”, contó este hombre conocido en la localidad como Batunga, y locutor no oficial del pueblo.
En la calle, María del Luján y Gisella Casas volvían en sus bicicletas con bolsas llenas de ropa que venían de buscar de la parroquia, donde se organizó también la ayuda con prendas y comida. Ambas viven en la zona norte, María del Luján con su esposo y tres hijos de tres, cinco y ocho años; Gisella, con su marido y sus cuatro hijos de siete, cuatro, dos años y un bebé de seis meses. A las dos se les cayeron los techos de las casas. Se las veía humildes, y muy entristecidas. “Fue terrible, los chicos estaban desesperados y tratábamos de salvarlos, mientras todo se rompía”, contó una de ellas. Las ropas y los colchones quedaron empapados. Ahora tienen que ver cómo saldrán adelante.
Desde la parroquia
En la parroquia San Jerónimo, unos 15 voluntarios de Cáritas Parroquial, la Pastoral de la Salud y de Animación Litúrgica trabajaban seleccionando ropa y alimentos para entregar a los damnificados. Patricia Süss y Blanca Casas llevaron la vos cantante. “Ayudamos con lo que la gente fue trayendo, seleccionamos y ahora están viniendo a buscar ropa, porque se les mojó todo”, contaron. Los voluntarios abren todos los martes y jueves, de 16 a 18, para recibir donaciones, y una vez al mes entregan los bolsones. “Entregamos ropa y alimentos, San Jerónimo es un pueblo muy generoso”, contaron, mientras los damnificados iban llegando para recibir la ayuda solidaria.
San Jerónimo Sud, un pueblo tranquilo, prolijo, un lugar para vivir, pero que viene castigado. Todavía resonaba el lamentable incendio, producido el sábado pasado, de la aceitera Martínez, que daba trabajo a 127 empleados, 35 de ellos de esta localidad. Y trascartón, la piedra, que todavía no deja de asombrarlo.
Fuente: La Capital
Este contenido no está abierto a comentarios

