Garaycochea: “Poder crear es sentirse vivo”
-Carlos ¿Podrías contarnos cómo fue tu infancia? ¿Había antecedentes artísticos en tu casa?
-Mi infancia fue muy buena. Yo tuve muchos años a mis padres, lo que significó un tesoro. Mi padre era un gran trabajador, un vasco puro, por eso yo firmo con todas las letras del apellido, estoy orgulloso de ser vasco. Y mi madre era maestra. Yo nací es Casbas, un pueblo chiquito de la provincia de Buenos Aires. Un lugar donde nace poca gente. Cuando yo tenía 2 años, toda la familia se fue a vivir a la ciudad de Buenos Aires porque mi padre pensó que tendría más posibilidades de enfrentar la crisis del 30’. Yo traté de heredar de mi padre el tesón por el trabajo, la idea de que hay que hacer cosas, nuca detenerse, no pararse a llorar, porque la vida finalmente lo recompensa a uno. Y de mi madre, quien me regaló el primer libro de Saul Steimber, el Picasso del humor gráfico, traté de heredar todo lo que sea cultura. Por ejemplo, yo empecé a escucharlo a Bach, el padre de la música, y me aburría como loco, luego, he llegado a escuchar una suite de Bach y se me ha caído una lágrima. Por lo tanto, ser cabeza dura no es malo y llorar con Bach tampoco. He tratado de unir las dos cosas.
-Por lo tanto, los libros no faltaron en su casa.
-No, el primer libro que me dio mi madre fue “Demian” de Herman Hesse. No solo la obra de un premio Nobel sino también un canto a la amistad. Creo que empecé bien en la lectura. Muchas enseñanzas de mi madre las tengo presente como si fueran hoy. Era una gran mujer.
-Carlos ¿Cómo nació la pasión por el dibujo?
-Esto venía desde la escuela primaria. Yo tenía un amigo que dibujaba mejor que yo y esto me daba mucha bronca. Pero éramos los que nos quedábamos en el recreo a dibujar la Casa de Tucumán en el pizarrón, cuando venían los aniversarios patrios. Así que desde pequeño venía queriendo dibujar. Luego de la escuela primaria, hice un año en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Uno ha tenido fracasos en su vida, pero como aquel nunca hubo uno tan perfecto. De aquel colegio me echaron, llegué a tener 0 en botánica. Esto es un verdadero mérito, nadie tiene un 0. Recuerdo que mi madre lloraba y decía: “He perdido un hijo”. Por aquellos días, un tío mío le dijo a mi madre que me mandara a bellas artes. Ella le preguntó si allí se recibían de algo y él le dijo que de profesor de bellas artes. Entonces, me mandaron. Cuando entré a bellas artes y vi la carbonilla, la arcilla, los tableros, los sellos, sentí que esta era mi casa. Debo reconocer que terminé los 7 años como si hubiese pasando por una cancha de bocha. Después, llegó a mis manos el primer libro de Steimber, “Todo es línea” y dije: “este me ganó de mano”. Fue una gran influencia para mí como para otros dibujantes como Osky, Basurto, etc. Todos hemos tomado alguna cosa de Steimber.
-Carlos ¿Recuerda cuál fue la primera publicación en una revista importante?
-La primera publicación siempre es gratis, en algún periódico estudiantil. Pero es la primera vez que uno ve lo de uno impreso, entonces es una emoción. Recuerdo que comencé a trabajar en la revista “Qué” y uno días después en “Esto es”. “Que” fue la revista que le hizo la campaña a Frondizi, y “Esto es” era una revista de interés general, que se vendía muchísimo. En “Esto es” lo conocí a Quino. Y estas dos empresas, que nada tenían que ver una con otra, no querían desprenderse de ninguno de nosotros dos. Entonces, la semana que Quino salía en “Esto es”, yo lo hacía en “Que”, y viceversa. Recuerdo que nos mandábamos mensajes en los chistes que hacíamos. En aquellos años pasaron muchas cosas paralelas. Otra publicación importante la hice en la revista “Paturuzú”. En aquellos tiempos, “Paturuzú” hacía el libro de oro, que tenía una tira impresionante, pilas y pilas de libros había en las esquinas. Yo llevé algunos trabajos míos a la revista y me atendió Ferro, una de las glorias vivas del humor gráfico en Argentina. Aquel día me atendió muy bien, y le dejé cuatro chistes en color. Publicar en el libro de oro era la consagración total, sobre todo para un tipo joven como yo. Hablé a los 15 días y me dijeron que habían decidido hacer una página completa con los cuatros chistes míos. Esto me lo dijo en agosto y se publicó en diciembre, imagínense que me pasé muchas noches sin dormir. Un día me levanté, compré el libro de oro y encontré mis chistes, eso fue increíble. Además, cuando fui a cobrar el trabajo, Ferro me devolvió solo tres originales porque uno le había gustado a Dante Quinterno y se lo había quedado. Que un dibujo mío le interese a Dante Quinterno era casi tan importante como publicar en el libro de oro.
-Carlos, usted participó en muchas publicaciones prestigiosas, en otras muy populares, pero me gustaría preguntarle por su trabajo en la revista Humor.
-Cuando salió Humor, mi hija, que era adolescente, me dijo: “viejo, si sos piola tenés que trabajar en Humor”. Y al tiempo, me lo encuentro a Cascioli, y me ofreció trabajar en la revista y acepté. Cuando llegué a mi casa, le dije a mi hija: “sabes una cosa, tu papá es piola, va a trabajar en Humor. En aquel momento, creo que no me daba cuenta de la trascendencia que tenía esa revista, ya que era la única publicación que enfrentaba la situación, con los riesgos que significaba. Fue un período de mi carrera del cual me siento orgulloso. Creo que el dibujante, además de hacer reír, en el momento que tiene que criticar o decir algo lo tiene que hacer. Fue un trabajo muy lindo, porque había una selección de dibujantes. Cada vez que me sentaba en el tablero para hacer una página pensaba… al lado mío va a estar Tabaré, del otro lado Izquierdo Brown, abajo Nine, eran todos grandes del humor gráfico.
-Antes de hacerse muy popular en la televisión trabajó en la radio.
-Sí, así es. Empecé en la radio municipal de Buenos Aires. Era una radio que me ponía muy orgulloso porque allí había pasado Borges. Un día, voy a la radio y me encuentro en el café, que era un bolichón de morondanga, a Sabato con Edmundo Rivero. Como yo lo conocía a Sabato le pedí permiso para poner el grabador y grabé el diálogo del escritor con el cantor, quien le preguntaba a Rivero sobre su primer viaje a Japón. Esta grabación la puse en un programa que yo tenía y ese día me di cuenta de lo que significa hacer radio: abrirle el micrófono a la gente que tiene cosas importantes para decir. Luego, me llamó Larrea para participar de su programa “Rapidísimo”, que recién empezaba, y trabajé con él.
-Y algunos años después llegó la posibilidad de trabajar en la televisión.
– Sí, yo había hecho algunas cosas en “Buenas tardes, mucho gusto” pero empecé a trabajar seriamente cuando junto a un equipo comenzamos a pensar “La matraca”, que luego se transformó en “La tuerca”, cuando pasó a canal 13. Recuerdo que debutamos en Canal 13 con una responsabilidad grandísima porque era EL CANAL, más que esto no había. Hay algo que no me voy olvidar jamás, al otro día del debut salió un artículo en “La Razón” que decía: “el poco eficaz programa La Tuerca sería levantado y cambiado por tal programa…”. Guardé durante mucho tiempo esa crítica, porque La Tuerca duró 14 años al aire. Nunca pude encontrar a ese periodista, pero me dejó una enseñanza. Si yo creo una cosa y el periodista cree otra él se puede equivocar y yo no. No sé porque la gente se pasa todo el tiempo echándose la culpa cuando puede ser del otro. Esto la aprendí de Verdaguer algunos años después. Dicen que un día Verdaguer termina de dar un recital y no pasa nada con la gente, solo dos personas lo aplauden. Y un periodista le pregunta: “Verdaguer, ¿esto ha sido un fracaso?”. Y le respondió: “No, yo hace 30 años que vivo de esto y siempre me aplaudieron. Fracasó el público, no yo. Este es un fracaso del público”.
Y después vinieron muchísimos trabajos. Todos los trabajos que hice fueron muy lindos, cuando son feos yo me encargo que duren poco, aunque me paguen mucho. Es tan importante irse a dormir tranquilo todas las noches, despertarse y decir: “este nuevo día lo voy a transformar en una obra maestra. Poder crear es sentirse vivo”.
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