GIMNASIA NO PUDO QUEBRAR AL TIBIO RIVER
Hubo una lectura confusa para River, en ese final, tras el cero compartido frente a Gimnasia: River se quedó con la ambigüedad entre ese punto que rescató sin suficientes méritos y la chance deshecha de quedar a un punto. Y allí entre las caras de incertidumbre de Leonardo Astrada y los suyos quedó flotando la pregunta: ¿habrán sido demasiada concesión aquellas derrotas seguidas frente a Lanús, Almagro y San Lorenzo?
El empate del ex líder Estudiantes ante Boca fue un inequívoco condicionante para ese River feliz por su triunfo superclásico y para ese Gimnasia entusiasmado con la posibilidad de treparse al tren del Apertura y de bajar el domingo a Estudiantes, en 1 y 57. No era un partido más, ordinario. Tenía carácter de relevante, casi de final. Quizá por eso, al cabo del primer tiempo, quedó una impresión de desencanto: ninguno de los dos se animó a más. Tal vez porque no pudieron, pero también porque no quisieron exponerse ni un poco en nombre de la chance de sumar de a tres.
Entonces, no resultó casual, sino sintomático que hubiera apenas una llegada al arco en esos 45 minutos iniciales: una tapada decisiva de Franco Costanzo a Sebastián Romero, a los 38.
El ímpetu y la osadía de River duraron lo que uno o dos suspiros. Después de esos primeros diez minutos en los que el equipo de Astrada se adueñó de la pelota, Gimnasia —sin demasiado brillo, con tenacidad— se fue haciendo patrón del encuentro. Porque la gallardodependencia fue una constante, porque Víctor Zapata es más vértigo que juego, porque Luis González apareció casi nada, porque los laterales no fueron alternativas de ataque, porque los delanteros —esta vez el dúo Gastón Fernández-Maximi liano López— siguieron presos del síndrome de la irregularidad.
Así, Gimnasia se fue agrandando. Y con un recurso previsible y repetido lo complicó a River: centros, centros y más centros para los dos lungos que puso en el área, Federico Turienzo y Nicolás Frutos. Con ellos, más la lucidez de Lucas Lobos, fue mejor.
Lo del complemento tuvo algo más de ritmo. Pero las cuestiones generales no variaron. Gimnasia volvió a ser más ante un River tibio, demasiado tibio. Con un agravante para los de Astrada: con Gallardo y con Lucho González perdidos en acción, River no tuvo la pelota. Nunca.
Pudo haber sido de Gimnasia también en el complemento. Lo tuvo dos veces Nicolás Frutos, pero las desperdició. También coquetearon con el gol Gustavo Bartelt y Lucas Licht, pero el grito no llegó. No hubo desahogo para ese Gimnasia que mereció más que ese punto módico.
Al margen del resultado y de que la punta está a sólo tres unidades con cuatro fechas por delante, el fútbol de River es más preocupante que su realidad numérica. Tras el entusiasmo del triunfo ante Boca y la sensación creciente de que el título no era un horizonte lejano, la impresión se modificó: este River no juega para ser campeón. Y algo peor: no se preocupa demasiado por hacerlo. Por eso, las incógnitas con relación a sus posibilidades de gloria en el Apertura siguen sin respuestas…
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