Goles que son amores
Quizás fue ese el día en que Cielo se enamoró de Gustavo. A lo mejor ella estaba en la cancha o acaso leyó al otro día, en el diario, que con un gol de él, el modesto equipo de Los Andes de Los Sarmientos había vencido nada menos que a Atlético Chilecito, el más grande de la región. Centro de “Cachavacha” Valverdi y gol de “Papilo”. “Atlético no pudo cruzar Los Andes”, tituló el diario.
Romance de pueblo entre el goleador y la piba bonita a la que se le ilumina la carita adolescente pensando en un hijo. Casi una novela, protagonizada por el pibe que debutó en primera a los 15, que tenía condiciones en el área rival y que, con tal de jugar siempre, hasta se defendía si lo mandaban al arco. Los Sarmientos tenía a Gustavo Olmedo, “Papilo”, el centrodelantero goleador de físico privilegiado y futuro prometedor, a Cielo, la mocosa que lo hacía suspirar y no tantos otros habitantes.
Serían doscientos más allí por los comienzos de la década del ’70. Es que el riojano pueblo de Los Sarmientos está muy influenciado por Chilecito, la segunda ciudad de la provincia, con quien la une un río de montaña que trae poco agua y mucha piedra desde lo alto del cerro, donde el nevado de Famatina deja caer su barba de eterna nieve blanca.
En Los Sarmientos los días se contaban hasta el otro domingo, cuando jugaba Los Andes, para esperar los goles de Papilo y alimentar el sueño de campeón que a los más pequeños pocas veces se les concede. Hasta que Papilo llegó a la mayoría de edad y se fue a estudiar a Córdoba, a cumplir con el mandato familiar de ser Ingeniero, como el viejo Tomás, o como los hermanos que ya estaban en la Docta.
Y Papilo no volvió más al pago. Cielo lo miraba desde aquel recorte del diario, cuando le ganaron a Atlético, los amigos se preguntaban en qué cuadro cerraban los puños para gritar los goles de Papilo y algunos chismosos repetían con necedad que podría estar en México o el Caribe.
27 años pasaron y Papilo no volvía.
Hasta que llegó una tarde, una inolvidable tarde de jueves, el 23 de octubre de 2003. Volvió así, como llegaba Pichuco al barrio haciendo roncar el bandoneón y clamando que nunca se había ido, o como vuelven los poetas que regresando a la querencia quieren recuperar la infancia. Sólo que Papilo ya no era Papilo, ni el goleador que prometía, ni el ingeniero que quiso ser, ni el padre de los hijos que Cielo soñó. Nada de eso.
Gustavo “Papilo” Olmedo llegó hecho jirones, maniatado en sus manos y en sus pies, muerto en una urna gigante, baleado en la espalda por una jauría del Tercer Cuerpo de Ejército que en Córdoba conducía el genocida Luciano Benjamín Menéndez.
A las puertas de Los Sarmientos, más de 100 personas fueron a recibirlo.
“Cachavacha” Valverdi, el wing derecho, corrió por la punta a invitar a todos. Una bandera argentina rodeó los restos, los pibes de la escuela Pizzurno gritaron fuerte ¡presente! al paso de la caravana, un caja chayera improvisó sentidas coplas, los pibes de las divisiones inferiores de Los Andes, enfundados en la camiseta rojiblanca del cuadrito del pueblo, le hicieron un respetuoso cordón de aplausos, un ser querido gritó “llegaste a casa, Papilo, volviste y ya nadie te podrá hacer daño” y Cielo derramó algunas lágrimas, corroborando en ese instante el injusto paso del tiempo por su vida.
El 26 de marzo de 1976, un grupo de militares rodeó una casa del Barrio Altamira, en la capital cordobesa, evacuó las zonas aledañas sigilosamente y cortó las luces. Cerca de las diez de la noche, una tanqueta del ejército argentino fusiló a José Luis Nicola, a Vilma Ethel Ortiz y a Gustavo Olmedo, que tenía 20 años, cursaba el tercer año de Ingeniería y recién empezaba su vida como militante universitario.
“Papilo” tenía dos tiros de gracia y muchos orificios de bala por la espalda. Es que la muerte lo sorprendió salvando una vida. Ante la furia asesina, atinó a cubrir a Fausto, el bebé de 9 meses que tenían sus amigos. Saciada la sed caníbal de la tropa de Menéndez, se olvidaron a Fausto pero se llevaron para siempre a José, a Vilma y a Papilo.
El cuerpo fue encontrado en una fosa común del Sector C del Cementerio de San Vicente, tras un trabajo realizado por Arhista, Antropología Forense y las Abuelas de Plaza de Mayo de Córdoba.
Durante la investigación para dar con el cuerpo de Gustavo, sus familiares tuvieron acceso a un radiograma de época, con la firma de Menéndez, en la que recomendaba la apropiación de niños como un modo de dominación sobre el enemigo. El chacal decía que “los escandinavos mataban al primogénito de sus adversarios y se tomaban su sangre, como símbolo”. Como él era “cristiano”, decía que no se permitía tanto, pero quedarse con los hijos de sus víctimas lo hacía verdaderamente vencedor y feliz.
Ahora Gustavo “Papilo” Olmedo está sepultado en el Cementerio de Los Sarmientos. Luciano Benjamín Menéndez anda en silla de ruedas, pero anda, indultado por otro riojano, Carlos Menem. Fausto, el pibe cubierto por la espalda de “Papilo” milita junto con las Abuelas cordobesas. “Cachavacha” sobrevive con un plan de Jefe de Hogar. Y dicen que Cielo, que no pudo tener ningún Fausto, pasa todos los días por una calle de Los Sarmientos que antes se llamaba Gendarmería Nacional y que, desde el 23 de octubre de 2003, se llama Gustavo “Papilo” Olmedo.
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