GUSTAVO SANTAOLALLA, CADA VEZ MÁS METIDO EN EL CINE
Es una mañana ajetreada en el estudio de grabación de Gustavo Santaolalla, donde el músico argentino le da los últimos toques a la música de Diarios de motocicleta, la película del director de Estación Central, Walter Salles, que habla del Che en sus años de estudiante antes de que se convirtiera en un revolucionario.
Las imágenes del estudio muestran a un Guevara protagonizado por el actor Gael García Bernal que visita una aldea de leprosos. Santaolalla maneja la gigantesca consola y un majestuoso crescendo de sonidos lúgubres, exóticos y orquestales llena la sala. El paisaje sonoro de la escena es una combinación de guitarras procesadas y la extraña música que Santaolalla crea encerrándose en la cabina de grabación y soplando en tubos de PVC, la clase de hardware que puede hallarse en una construcción y no en un estudio.
La escena termina. Santaolalla, un hombre de 51 años y carácter efervescente, cambia el programa en su computadora y vemos en el monitor una escena de otra película. Es 21 gramos, la película del mexicano Alejandro González Iñárritu que le siguió a Amores Perros. Un casi irreconocible Sean Penn yace en una cama de hospital, luchando por su vida. La música de esta escena es igualmente intensa pero de un tono radicalmente distinto. Así como Diarios de motocicleta tiene un aire tribal que combina raíces andinas con patetismo rockero, la música de 21 gramos nos remite a la muerte y a la llegada al paraíso, con unas guitarras lánguidas que ilustran el oscuro paisaje de la película.
Santaolalla sonríe con orgullo. Está escribiendo la música de las películas latinas más esperadas del año. Por ahora, es relativamente desconocido para la gran masa de los Estados Unidos. Pero su prestigio es casi legendario dentro del campo de la música latina, donde se lo reverencia como un productor discográfico visionario. Ex estrella de rock de su Argentina natal, Santaolalla se mudó a Los Angeles en los años noventa. Fue allí cuando formó una sociedad artística con un amigo rockero y compatriota, Kerpel. Armaron un estudio donde vivía Kerpel en Echo Park y empezaron a grabar a los grupos más prometedores del floreciente género conocido como rock en español o rock latino.
A fines de los noventa, Santaolalla era solicitado por casi todos los artistas de rock latino más importantes. Se definió como compositor de bandas sonoras en 1999, cuando recibió un llamado para hacer la música de Amores Perros.
En ese momento, el músico estaba ocupado escribiendo la música de otra película (Plata Quemada de Marcelo Piñeyro) e inicialmente decidió no hacer Amores Perros. Pero justo antes de rechazar el trabajo, experimentó una manifestación. “Me desperté sudando en la mitad de la noche —recuerda— y pensé que, cómo podía decirle que no a un filme que ni siquiera había visto”. La mañana siguiente llamó a la gente de Iñárritu diciéndoles que tomaría el proyecto si estaban dispuestos a venir a Los Angeles a mostrarle la película.
El corte inicial de Amores Perros tenía tres horas de duración. Santaolalla y Kerpel se sentaron en silencio a ver la película que resucitaría de los muertos al cine mexicano. Después de quince minutos de rodaje, se miraron y decidieron trabajar en ella. “Su obra en este filme fue extraordinaria —dice Iñárritu—. Trabajar con él fue muy divertido. Tuvimos una conexión inmediata, esa clase de comunión creativa que no es fácil de encontrar en Hollywood”.
Tal vez fue ese enfoque moderado de la música de Santaolalla lo que ganó el corazón del director. El tema principal de la película es una melodía de dos notas repletas de tensión y sentimientos melancólicos. “Cuando salís de la sala de cine y no te quedás pensando en la música, significa que el compositor trabajó bien”, explica Santaolalla. “Si la música está en primer plano, hay algo que no funciona”.
La música de 21 gramos es fiel a esos parámetros. Su paleta de sonidos incorpora guitarra, violines, bandoneón y un aparato poco común llamado armónica de cristal. Esta vez, la colaboración entre compositor y director empezó durante las primeras etapas de la producción.
Santaolalla leyó el guión y grabó algunos partes antes de que empezara el rodaje. Iñárritu tocó una de ellas en el set cuando filmaba una escena especialmente desgarradora. Finalmente ese tema se transformó en el corte final de esa escena.
Cuando habla de sus primeros recuerdos del cine, cuenta que iba solo al cine en Ciudad Jardin, donde nació.. “Estaba la sala que se llamaba Helios”, dice. “Los miércoles pasaban westerns y películas de aventura. Ya en ese tiempo me fascinaban los aspectos visuales del cine”.
Después de una colaboración con el conjunto clásico Kronos Quartet en un álbum de música con matices mexicanos, Nuevo, está ansioso por escribir música de películas utilizando un cuarteto de cuerdas. Pero la perspectiva de escribir para una orquesta con todas las de la ley le parece una tarea de proporciones. “Encaro los proyectos con una mezcla de inocencia y miedo”, admite. “La verdad es que cada vez que empiezo a trabajar en una nueva grabación me tiemblan las rodillas”.
No obstante, hoy por hoy, Santaolalla disfruta la emoción de trabajar en Hollywood. Cuando visitó este año el set de 21 gramos en Memphis, alquiló por una tarde el mítico Sun Studios, lugar donde Elvis Presley, Carl Perkins y Jerry Lee Lewis hicieron grabaciones históricas. “Estaba ahí, en la cuna del rock and roll, grabando —dice Santaolalla—. Definitivamente fue uno de los momentos más impresionantes de toda mi vida”
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